Por fin, cuando estaba a punto de tirar la toalla y pensaba
que sería imposible conseguirlo, logró que el pequeño Bruno sonriera.
Tras intentarlo de mil maneras distintas, algo tan simple
como aquella piruleta hizo que se dibujase una sonrisa en el rostro del pequeño.
Pese a que sólo duró un instante, fue suficiente para que todo
a su alrededor se bañase de color.
Hacía tanto tiempo que vivían en aquel mundo gris, monocromático
y triste, que ese repentino e inesperado estallido de color le hizo cerrar los
ojos.
Allí estaban los dos, bajo aquel árbol gris lleno de esferas
negras que, gracias a la sonrisa de Bruno, durante ese corto lapso de tiempo
volvió a ser de nuevo un manzano colmado de frutos color carmesí, tal y como lo
recordaba Martín.
La magnitud del estallido de color llegó hasta donde les
alcanzaba la vista.
El gris ceniciento de los prados viró a un intenso verde, moteado por el rojo de las amapolas, el amarillo de los dientes de león, y el morado de los cardos en flor.
El azul del cielo sustituyó al oscuro manto
que los cubría.
El rostro del pequeño Bruno, asustado por el repentino
cambio que sucedió a su alrededor, volvió a su rictus habitual, y el intenso brillo
que durante ese instante bañó sus ojos, volvió a desaparecer.
El color volvió a desaparecer.
çMartín miró a su alrededor, y tras comprobar que todo había
vuelto al monocromo, miró esperanzado al pequeño.
Quedó boquiabierto al observar como la piruleta que sostenía el pequeño Bruno en su mano aún conservaba el intenso color rojo.
Justo cuando se la quitaba de las manos para envolverla con
mimo e impedir que nadie la viese a su regreso al poblado, vio a lo lejos cómo
un extraño objeto se acercaba a ellos surcando el cielo a toda velocidad.
Sólo cuando casi tuvieron encima al zeppelín, Martín fue
consciente del peligro que corrían.
Hacía tanto tiempo que no veía uno de esos aparatos, que
casi se había olvidado de ellos, pero al verlo flotando cada vez más cerca, las
imágenes que conservaba desde su niñez, volvieron a su cabeza.
Los recuerdos comenzaron a golpearle en forma de imágenes
inconexas… casas en llamas, cuerpos por
todas partes, su padre abrazándole por última vez instantes antes salir al
encuentro de las bestias mientras él huía por las alcantarillas.
Como un resorte cogió en brazos a Bruno y salió corriendo
hacia la zona donde el bosque comenzaba a ser más frondoso, buscando guarecerse
de ellos.
Habían vuelto.
Cobijado entre los frondosos árboles y la espesa maraña de
arbustos, Martín comprobó horrorizado como del zeppelín, que se encontraba
suspendido en el aire justo sobre el árbol donde se encontraban hacía tan sólo un
instante, descendía un paracaídas negro del cual colgaba uno de esos extraños seres,
el cual sujetaba algo en sus brazos.
Apretó a Bruno contra su pecho cuando el miedo le atenazó al
ver lo que sujetaba aquel soldado.
Era un perro.
Su mente había bloqueado el recuerdo de aquellos engendros
mecánicos que eran infalibles a la hora de realizar la única tarea para la que
habían sido diseñados: encontrar y destruir.
Aumentó el zoom de sus prismáticos y los dirigió directamente
a la cara de aquel monstruo, mitad humano mitad cerdo que en esos momentos
miraba directamente hacia él, y le dedicó una sonrisa burlona que le mostraba
sus exagerados incisivos.
Acto seguido el ser se agachó y comenzó a tocar la pantalla
táctil del perro, el cual quedó inmediatamente encendido, pues una intensa luz
salía de sus ojos.
Sin tiempo que perder, apretó a Bruno contra su cuerpo y
comenzó a correr a toda velocidad hacia el interior del bosque. Sabía que la
ventaja que llevaba a sus perseguidores no se serviría de mucho, pero estaba
convencido de que si conseguían cobijarse en alguna cueva tendrían alguna
posibilidad de sobrevivir.
No sabía cuánto tiempo llevaba corriendo cuando, en un
pequeño claro, se paró a recuperar el aliento.
Dejó al pequeño Bruno en el suelo y le hizo un gesto
indicándole que se agachase y permaneciese totalmente quieto.
Mientras miraba a su alrededor intentando orientarse, pudo
escuchar cómo los chirridos del perro estaban cada vez más cerca.
Cuando dirigió su mirada a Bruno para indicarle que debían
apresurarse, las vio.
Junto a los pies del
muchacho vio unas huellas de animal que parecían recientes.
Decidió seguirlas con la esperanza de llegar a algún lugar
donde poder refugiarse de sus perseguidores.
Sentía los chirridos del engendro mecánico encima de ellos,
cuando vislumbró la madriguera.
Dejó al pequeño Bruno en la entrada de aquel estrecho agujero, y mediante gestos
se despidió de él dándole el pedazo de tela que envolvía la piruleta e indicándole que entrara dentro.
Dos lágrimas rodaron por las mejillas del niño que negaba
con la cabeza.
Justo cuando Martín le acariciaba las mejillas borrando las
dos lágrimas, y le empujaba dentro de la madriguera, el perro se abalanzó sobre él, haciendo que ambos rodasen por el
suelo.
Intentó protegerse de los mordiscos del animal, pero nada
podía hacer ante la ferocidad de sus embestidas.
Derrotado se resignó a su destino, pero justo cuando el
engendro abría sus fauces sobre la cara de Martín, el robot quedó paralizado y
sus ojos se apagaron.
Todo quedó en silencio.
Martín respirando con dificultad, como pudo se quitó a la
pesada máquina de encima y se incorporó.
Frente a él tenía al soldado que mirándole con gesto
divertido le volvió a saludar como hiciera antes.
Mediante gestos le indicó que le diera al niño.
El hombre negó con la cabeza.
El híbrido se quitó la guerrera y, acercándose hacia él
mientras crujía sus nudillos con gesto amenazador, volvió a repetirle que le
diese al niño, pero ante la nueva negativa de Martín, se dispuso a golpearle.
Martín cerró los ojos esperando el primer golpe, pero no
ocurrió nada.
Cuando los abrió pudo ver que todo volvía a tener color, y
vio como el híbrido caía arrodillado deshaciéndose en una nube de vapor grisáceo.
Ante él tenía a Martín, que le miraba sonriente mientras sostenía
la piruleta roja en sus manos. Entre sus piernas se encontraba el inquieto
zorro naranja cuyas huellas les había guiado hasta su madriguera y que ahora jugueteaba con los cordones de los zapatos del niño.
Toda la isla quedó de nuevo inundada de color.
Al pasar junto al manzano de camino a casa, pudieron ver los
restos humeantes del zeppelín.
Mientras Bruno jugueteaba con el pequeño zorro y reía a
carcajadas, Martín también sonrió satisfecho.

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