miércoles, 6 de junio de 2018

La escritora.



La lluvia arreciaba y los truenos parecían jalear la tormenta que golpeaba con furia a la ciudad y que según las previsiones no tenía intención de amainar un ápice, al menos hasta el día siguiente.

Con una sonrisa recordó los tebeos de Astérix que devoraba de pequeña, en concreto aquella frase que hacía referencia al único miedo que sentían los irreductibles galos que resistían los envites de los romanos.

-¡Que el cielo caiga sobre nuestras cabezas!- gritó con júbilo.

Pese a que pasaban escasos minutos del medio día, las nubes habían oscurecido el cielo de tal manera que parecía noche cerrada, por lo que Marisa, como buen ave nocturna, se encontraba como pez en el agua delante de su cuaderno mientras escribía las últimas líneas de su nueva novela.

Apuró con tanta fuerza el porro que se quemó, y  mientras sumergía sus doloridos dedos en el vaso de agua que tenía en la mesa, junto al tintero donde por fin descansaba la pluma tras la intensa jornada de aquella mañana, se prometió a si misma que el siguiente no lo apuraría tanto.

Tras comprobar la ligera rojez que tenía en los dedos, se desperezó, se aseguró de que la tinta estuviese seca, y cerró el cuaderno, para recoger la pluma y dejar el tintero junto a los demás.

Mientras se desnudaba para tomar una ducha, llamó por teléfono a Silvia, su editora, para darle la buena noticia, pero al cabo de siete tonos de llamada, saltó el buzón de voz.

-Hola guapa, acabo de terminarla. Cuando puedas llámame y buscamos un título.

Odiaba hablar con un contestador automático, pero la ocasión lo merecía, pues era su sexta novela y se había convertido en una tradición llamar a su editora el mismo día que las terminaba.

Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le acariciase la piel mientras intentaba relajar todo el cuerpo.

No recordaba la última vez que se sintió tan bien. Haber dado el paso y dejarlo todo para dedicarse a la que resultó ser su verdadera pasión fue la mejor decisión de su vida.

La mejor y la más dura, pues el giro que dio a su vida implicó dejar atrás todo para centrarse en escribir, y ese todo incluía a Borja.

Ese giro precisamente estuvo motivado por Borja.

Trató de borrar su recuerdo para no recovivirr las amenazas, las notas en el buzón de cada una de las casas donde se iba mudando para huir de él, pero sobre todo para no recordar ese escalofrío que sintió la primera vez que descargó su mano contra ella, justo el día que le anunció la ruptura, pues pese a que muchas otras veces había visto subir esa misma mano con gesto amenazante, y la había zarandeado como ese día, nunca antes había pasado esa línea.

Salió de la ducha y se puso el albornoz mientras modulaba su respiración para tranquilizarse, pues el fantasma de esa etapa de su pasado había vuelto a aparecer.

Al menos gracias a tantas sesiones de terapia y a las clases de yoga a las que se había apuntado, había conseguido aprender a tranquilizarse.

Una mirada fugaz al espejo le devolvió una imagen que nada tenía que ver con aquella belleza morena que había sido, y que hacía girarse a todos los que se cruzaban con ella, tanto hombres como mujeres.

Todo eso había cambiado y ya no era la misma.

Por suerte apenas le quedaron cicatrices en su bello rostro por el ácido que le había tirado la última vez que se vieron, incluso había conseguido superar el hecho de perder el ojo derecho tras el puñetazo que ese mismo día le propinó, pero ya no era la misma.

La chispa de alegría que siempre había tenido esos preciosos ojos negros, tan profundos que todo aquel que se asomaba se perdía en ellos, se había apagado para siempre.

En un primer momento esa alegría había sido sustituida por la losa del miedo, pero cuando Marisa tomó las riendas de su vida, esa losa se perdió y fue sustituida por el fuego, un fuego que prendió la chispa que provocó su purga en su interior y fue su fuente de inspiración para preparar su venganza y poder así acometer su obra.

Sonrió al recordar el día en el que acabó todo y empezó a escribir su historia.

Al fin y al cabo, tenía tanto que agradecer a quién había despertado a la nueva Marisa, que no encontró mejor manera de hacerlo que escribiendo esa historia con su sangre.

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