Esos momentos previos al amanecer en los que caminaba a buen
ritmo sumido en sus pensamientos y aislado del mundo a su alrededor gracias a
la lista de reproducción que metódicamente preparaba cada noche antes de
acostarse, eran los preferidos de Jaime para encontrarse consigo mismo.
Aprovechaba la tranquilidad que le ofrecían las desiertas
calles que atravesaba camino al trabajo mientras la ciudad aún dormía, para poner
en orden sus pensamientos al ritmo de Queen o The Police, o para fantasear mientras
sonaba la Banda Sonora de Supermán con la posibilidad de rescatar a alguien que
caía a las vías, o reducir a algún terrorista que osase intentar perturbar la
paz de su estación.
Llegó a la boca del metro de Nuevos Ministerios cuando
todavía faltaban tres cuartos de hora para que comenzase su jornada laboral,
por lo que tenía tiempo más que de sobra para tomarse el café junto a Pedro y
Carlos, los compañeros que finalizaban el turno de noche esa mañana, y por qué
no, flirtear con Elena, la taquillera que le volvía loco.
Entró en el minúsculo habitáculo del andén de la Línea 6 de
metro que hacía las veces de vestuario y que estaba ocupado únicamente por seis
estrechas taquillas y abrió la suya.
Mientras se cambiaba, su mirada se fijó en el reflejo que le
ofrecía el pequeño espejo que colgaba del interior de la desvencijada puerta
metálica. Pese a que el derrame que rodeaba el iris azul claro de su ojo
izquierdo aún estaba presente, el moratón que, desde la pelea con aquel maldito
inconsciente que había osado profanar los tornos de su estación, rodeaba su
maltrecho ojo, y que durante los primeros días tanto había llamado la atención debido
a la claridad de su tez y el amarillo pajizo de sus cejas, prácticamente había desaparecido.
Pese a que Jaime no era demasiado alto ni corpulento, no
dudaba un instante en enfrentarse a cualquiera que no cumpliese las normas,
pues él estaba allí para que todo funcionase en orden. Como ex policía se veía
en la obligación de actuar siempre, utilizando la fuerza si para ello era
necesario.
Cuando salió del vestuario, vio llegar corriendo a Carlos con la cara desencajada.
-¡Corre Jaime, están robando a Julián!- le dijo con un grito ahogado intentando
moderar la voz para que nadie le escuchase. –Pedro lo tiene reducido, es mejor que vengas a ver esto.
Julián era el vendedor de Cupones de la estación y algunos
días les acompañaba en su café matutino, pues vivía sólo y su única familia
eran los trabajadores de la estación.
Ambos llegaron corriendo al hall de la estación donde por
suerte aún no había nadie pues aún quedaba media hora para que la estación
abriese sus puertas al público.
Lo que vieron allí les dejó sin aliento, pues el pobre Julián
yacía en el suelo rodeado de un charco de sangre que se iba haciendo cada vez
más grande, mientras Pedro bufaba sentado sobre un joven con la cara
desencajada que se retorcía con los ojos desorbitados mientras la espuma
sanguinolenta que salía de su boca le cubría la barbilla.
-Este malnacido le ha mordido – dijo sin aflojar su presa. -Elena
ha ido corriendo a llamar al 112, pero parece estar bastante
jodido. ¡Le estaba mordiendo, me cago en la puta!, ¡Este hijo de puta le estaba
mordiendo!- dijo señalando al cuerpo que yacía tendido en la estación mientras
el joven al que tenía atenazado se intentaba liberar violentamente.
Jaime se acercó al cuerpo de Julián mientras Carlos ayudaba
a engrilletar al joven que cada vez se mostraba más agresivo.
Se agachó a tomarle el pulso en la muñeca pero no lo
encontró.
Respiró hondo, se frotó la mano, pues tenía los dedos
entumecidos y volvió a intentarlo.
Nada.
Asustado por la gravedad de la situación, se colocó para
comenzar a realizarle la maniobra de Reanimación Cardio Pulmonar tal y como le
habían enseñado en el curso de primeros auxilios al que, como todos los
vigilantes de seguridad, había asistido antes de empezar a ejercer.
-¡Carlos, se nos va! ¡Ayúdame, coño!- gritó Jaime mientras
colocaba el cuello y abría la boca de Julián para, tras comprobar que la lengua estaba obstruyendo las vías respiratorias, introducirle dos dedos para intentar sacársela tal
y como le enseñaron en la curso de primeros auxilios.
Todo ocurrió muy rápido.
Mientras la boca de Julián se cerraba repentinamente sobre
los dedos de Jaime, el joven descontrolado se retorció de la presa de Pedro y
de un mordisco seccionó su yugular.
El aullido de Pedro mientras soltaba al joven y se llevaba
las manos a la herida del cuello por donde se le escapaba la vida, se solapó
con el grito desgarrador de Jaime al ver cómo había perdido las dos últimas
falanges de ambos dedos.
Carlos se paró en seco en medio de ambos, y contempló
horrorizado el dantesco escenario que tenía ante sus ojos.
El joven sin nombre fuera de sí al que hacía unos segundos
Pedro parecía tener completamente controlado, se abalanzó sobre su captor mientras
lanzaba dentelladas como si de un perro de presa se tratase, mientras Jaime se
arrastraba de espaldas hacia él, huyendo de lo que hace unos minutos era Julián
y que en esos momentos comenzaba a levantarse entre terribles convulsiones.
Pedro cayó de rodillas mientras el joven desconocido se
abalanzó sobre él y con un frenesí inhumano comenzó a morderle la cara, por lo
que Carlos fue corriendo a ayudarle mientras sacaba la defensa del tahalí.
El monstruo en el que se había convertido Julián, estaba
cada vez más cerca. Caminaba de forma convulsa con su mirada salvaje clavada
en Jaime mientras su boca expulsaba una espuma sanguinolenta similar a la del ser
que estaba sobre Pedro sin inmutarse por los golpes que Carlos le estaba
propinando.
Cuando todo parecía perdido, la detonación que precedió a la
explosión que hizo desaparecer la cabeza de Julián detuvo el tiempo.
Sonaron otras dos detonaciones mientras exhausto Jaime se
tumbó en el suelo sujetando su maltrecha mano mientras su mirada se perdía en
los fluorescentes de la estación.
Una cabeza cubierta por un gorro negro y lo que parecía una
máscara antigas también negra con el logotipo del CCE ocupó su campo visual, y
los fríos ojos tras la máscara le miraron un instante a los ojos antes de
fijarse en su mano.
Jaime suspiró y le dedicó una leve sonrisa a su salvador.
-Señor, hay dos civiles que parecen estar bien, pero parece que ha mordido al otro.- dijo su salvador.
– Si señor… lo se señor… por supuesto, procederé según lo establecido. No
tenemos alternativa. Cambio y cierro.
El salvador apuntó con su fusil de asalto a la cabeza de
Jaime y lo último que vio fue el fogonazo que precedió a la cuarta detonación
que se escuchó aquella mañana y que por desgracia serían las primeras de
muchas.

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