Sentada en el suelo y abrazando sus rodillas, le vinieron a la cabeza todos esos años de trabajo y esfuerzo, y todo ese sacrificio que tardó pero que finalmente
logró dar sus frutos.
Atrás quedaron tantas lágrimas, las dificultades superadas y las trabas que pusieron en su camino por el mero hecho
de pertenecer al sexo débil.
Recordó la mañana del gran
día, y cómo miraba orgullosa la imagen que se alzaba ante ella. Miraba con atención el reflejo en el que comprobaba que el uniforme estuviera impecable, esa imagen en
la que veía satisfecha como el brillo de los zapatos sería capaz de deslumbrar
a los presentes, o cómo la gorra estaba correctamente colocada, y su larga melena
morena se encontraba perfectamente recogida en un moño. La camisa blanca almidonada planchada a conciencia resaltaba el moreno de su piel y esos preciosos ojos
verdes, algo cansados tras todas aquellas horas de estudio, pero que ahora volvían
a tener esa chispa de felicidad que creía haber perdido para siempre.
Parecía que que no había pasado el tiempo cuando tras comprobar que su hermana
estaba perfectamente uniformada, ella hizo lo propio revisando que no hubiese
ningún defecto en su uniforme para, tras ajustarle el nudo de la corbata, salir
juntas de la camareta donde el resto de las aspirantes se
disponían a pasar la última revista antes de la entrega de despachos.
No pudo reprimir que una lágrima cayese por su mejilla cuando
le vino a la cabeza la imagen de la Capitán Olalla, orgullosa de las dos por
haber acabado primera y segunda de la promoción, abandonando su rudeza habitual
y su seriedad, se acercó a ellas y con una sonrisa las regañó por no haberse cosido
su nombre en la solapa del uniforme, pues eran como dos gotas de agua y no era
capaz de distinguirlas, al tiempo que las abrazaba entre las risas y los
aplausos del resto de sus compañeras.
Apretó los puños con fuerza mientras un torrente de lágrimas
caía por sus mejillas al recordar la letra del himno a los caídos que entonaron
esa última vez y que siempre las había emocionado.
De eso había ya mucho tiempo.
Pero ya sólo quedaban recuerdos.
Vendería su alma al diablo por poder retroceder en el tiempo
y cambiar las cosas, aunque sabía en realidad que las dos almas eran una sóla y
que el diablo se acabaría llevando las dos, tal y como estaba convencida de que
había hecho, pero sin pacto de por medio.
Daría lo que fuese para volver a esa época en la academia en la las dos
estuvieron a punto de tirar la toalla, pero los ánimos que se daban una a otra, pese a sus diferencias, y el apoyo que se proporcionaron mutuamente logró que aguantasen.
Siempre habían estado muy unidas, a pesar de tener personalidades tan diferentes y le hubiese gustado que
las dos hubiesen acabado sus vidas de la misma manera, pero el destino quiso cebarse con ella y la
había dejado sola.
Maldijo a su hermana por haberse ido de aquella manera.
Llevaban toda la vida juntas, y así se lo hizo saber al jefe
del Centro de Control de Enfermedades, quien a pesar de las reticencias
iniciales, acabó cediendo y seleccionó a ambas para la unidad.
Ahora odiaba ese día con todas sus fuerzas.
Habían entrado en la unidad casi dos años después de aquel primer incidente en
Cartagena, la masacre en la que perdió
la vida, entre otros, el Sargento recién ascendido Javier Aguilera, compañero de promoción con el
que hasta entonces habían mantenían contacto.
Fue un hecho aislado, que taparon en los medios de
comunicación, pero que puso en alerta al Ministerio del Interior que tuvo que
preparar un plan urgente para poder afrontar con garantías los sucesos que se
venían encima y que acabaron por superar las previsiones más halagüeñas.
La creación del Centro de Control de Enfermedades fue vendida
a la sociedad como una especie de Unidad Sanitaria que se encargaba de
controlar brotes de Enfermedades Infecciosas como el Ébola, si bien detrás de
eso había una compleja estructura en la que además de una Unidad Sanitaria
había entre otros un Servicio de Acción Rápido nutrido con los mejores agentes
de los cuerpos de seguridad y del ejército.
Los golpes comenzaron de nuevo y la sacaron de su ensimismamiento, devolviéndola a la realidad.
Fue consciente de que todo había acabado y se puso en pie.
Un fuerte impacto logró astillar la puerta, y los gruñidos que
venían del otro lado comenzaron a oírse con mayor claridad.
Abrió el armario y sacó la pistola de su funda, quitó el
seguro y tiró de la corredera hacia atrás para que una bala quedase alojada en
la recámara y se miró con determinación al arma.
Un nuevo golpe y la puerta se partió en dos.
Cerró los ojos y levantó la Beretta 92 FS de su hermana.
El monstruo se avalanzó sobre ella.
-Perdóname hermana. Te quiero.
Y disparó.
El cuerpo del monstruo cayó desplomado al suelo.
Se escuchó una segunda detonación.
El diablo sonrió tras
llevarse dos almas por el precio de una.

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