domingo, 24 de junio de 2018

La novia.



La alfombra roja destacaba sobre el cuidado césped de aquel jardín de ensueño donde bajo la pérgola blanca, en la que cientos de rosas moradas resaltaban como si de pequeñas bombillas se tratase, aguardaba impaciente la llegada de Helena.

                El murmullo de los allí presentes, quedó silenciado de repente, anunciando que el momento tan esperado por todos había llegado por fin.

Con paso tembloroso y agarrada del brazo de su orgulloso padre, se acercaba hacia el altar entre lágrimas de emoción.

Su salvaje melena rojiza resaltaba sus vivarachos ojos azules, que no podían apartarse de su amor, quien aguardaba impaciente su llegada.

Cuando entrelazaron sus dedos, un nudo atenazó sus gargantas, pues nunca pensaron que aquel día llegaría. Jamás creyeron que se verían en aquella situación, pero la vida da muchas vueltas, y en uno de sus vertiginosos giros, hacía ya tres años, sus miradas se cruzaron, y el brillo de sus ojos al encontrarse por primera vez, como si de un conjuro se tratase, enlazó sus almas para siempre, hasta tal punto que pasaron a ser un solo ser.

Los poco más de cincuenta invitados a aquella íntima ceremonia, rompieron el protocolo con un caluroso aplauso mientras la pareja tomaba asiento sin soltar sus manos.

La ceremonia comenzó con la lectura del acta matrimonial, seguida de varios poemas que amigos y familiares de la pareja iban recitando, para terminar con la lectura de los artículos del Código Civil, que anunciaban los derechos y obligaciones a los que como matrimonio debían someterse.

Finalmente, el concejal anunció el momento clave de la ceremonia, en el que la pareja tomó la palabra para confirmar los sentimientos del uno hacia el otro, y a la pregunta para que diesen conformidad con el matrimonio, tanto Helena como Sandra dieron el sí quiero con una radiante sonrisa.

Tras el tierno beso que rubricó el enlace en medio de la gran ovación de los allí presentes, el concejal dio por finalizada la ceremonia.

Y entonces Sandra despertó.

Se secó las lágrimas que aún se deslizaban por sus mejillas y se levantó en silencio sentándose en su cama.

Desde la litera superior se escuchaba el suave ronquido de Rosa. 

Por suerte su compañera de celda seguía durmiendo.

Lo tenía todo, pero ese todo no fue suficiente, y escogió el camino equivocado.

Lo prohibido fue más fuerte que el amor, y volvió con su antigua compañera de viaje.

Recordó aquella primera vez que vio el brillo de los ojos de Helena en su consulta, y el flechazo fue instantáneo.

Sin embargo aquel mismo brillo se apagó ese maldito día, cuando Helena llegó del trabajo más temprano de la cuenta, y sorprendió a las dos viejas amigas reencontrarse sobre aquella mesa que habían escogido juntas cuando comenzaron a amueblar su casa.

La discusión llegó al límite, y de un manotazo el amor se convirtió en odio y el brillo se apagó.

            El día del juicio, volvió a buscar esa chispa en la mirada de Helena, pero no la encontró. Abatida, no le importaron los cuatro años de prisión a los que el juez la condenó, pues el gélido azul de su único ojo era la peor de las condenas.

            Cuando vio los dedos de Helena entrelazarse con los de aquella abogada, supo que cualquier condena que dictase el juez sería anecdótica.

            Deslizó sus manos tras el colchón y retiró las sábanas con sumo cuidado, el mismo que tuvo para no ser vista cuando volvió a aquel bar a comprar su veneno.

            Se enrolló la sábana al cuello con la misma fuerza con la que la droga la capturó por primera vez.

            Mientras exhalaba su último aliento, se lamentó de no haber sabido ser feliz junto a Helena, y sus dos últimas lágrimas la despidieron de este mundo.

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