La alfombra
roja destacaba sobre el cuidado césped de aquel jardín de ensueño donde bajo
la pérgola blanca, en la que cientos de rosas moradas resaltaban como si de
pequeñas bombillas se tratase, aguardaba impaciente la llegada de Helena.
El
murmullo de los allí presentes, quedó silenciado de repente, anunciando que el
momento tan esperado por todos había llegado por fin.
Con paso
tembloroso y agarrada del brazo de su orgulloso padre, se acercaba hacia el
altar entre lágrimas de emoción.
Su salvaje
melena rojiza resaltaba sus vivarachos ojos azules, que no podían apartarse de
su amor, quien aguardaba impaciente su llegada.
Cuando entrelazaron
sus dedos, un nudo atenazó sus gargantas, pues nunca pensaron que aquel día
llegaría. Jamás creyeron que se verían en aquella situación, pero la vida da
muchas vueltas, y en uno de sus vertiginosos giros, hacía ya tres años, sus
miradas se cruzaron, y el brillo de sus ojos al encontrarse por primera vez,
como si de un conjuro se tratase, enlazó sus almas para siempre, hasta tal
punto que pasaron a ser un solo ser.
Los poco más
de cincuenta invitados a aquella íntima ceremonia, rompieron el protocolo con
un caluroso aplauso mientras la pareja tomaba asiento sin soltar sus manos.
La ceremonia
comenzó con la lectura del acta matrimonial, seguida de varios poemas que
amigos y familiares de la pareja iban recitando, para terminar con la lectura
de los artículos del Código Civil, que anunciaban los derechos y obligaciones a
los que como matrimonio debían someterse.
Finalmente, el
concejal anunció el momento clave de la ceremonia, en el que la pareja tomó la
palabra para confirmar los sentimientos del uno hacia el otro, y a la pregunta
para que diesen conformidad con el matrimonio, tanto Helena como Sandra
dieron el sí quiero con una radiante sonrisa.
Tras el tierno
beso que rubricó el enlace en medio de la gran ovación de los allí presentes,
el concejal dio por finalizada la ceremonia.
Y entonces
Sandra despertó.
Se secó las
lágrimas que aún se deslizaban por sus mejillas y se levantó en silencio
sentándose en su cama.
Desde la
litera superior se escuchaba el suave ronquido de Rosa.
Por suerte su compañera
de celda seguía durmiendo.
Lo tenía todo,
pero ese todo no fue suficiente, y escogió el camino equivocado.
Lo prohibido fue
más fuerte que el amor, y volvió con su antigua compañera de viaje.
Recordó
aquella primera vez que vio el brillo de los ojos de Helena en su consulta, y el
flechazo fue instantáneo.
Sin embargo aquel mismo brillo se apagó ese maldito día, cuando Helena llegó del trabajo
más temprano de la cuenta, y sorprendió a las dos viejas amigas reencontrarse
sobre aquella mesa que habían escogido juntas cuando comenzaron a amueblar su
casa.
La discusión
llegó al límite, y de un manotazo el amor se convirtió en odio y el brillo se
apagó.
El día
del juicio, volvió a buscar esa chispa en la mirada de Helena, pero no la
encontró. Abatida, no le importaron los cuatro años de prisión a los que el
juez la condenó, pues el gélido azul de su único ojo era la peor de las
condenas.
Cuando
vio los dedos de Helena entrelazarse con los de aquella abogada, supo que
cualquier condena que dictase el juez sería anecdótica.
Deslizó
sus manos tras el colchón y retiró las sábanas con sumo cuidado, el mismo que
tuvo para no ser vista cuando volvió a aquel bar a comprar su veneno.
Se
enrolló la sábana al cuello con la misma fuerza con la que la droga la capturó por primera vez.
Mientras
exhalaba su último aliento, se lamentó de no haber sabido ser feliz junto a Helena,
y sus dos últimas lágrimas la despidieron de este mundo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Añadir comentario...