sábado, 9 de junio de 2018

El náufrago.




Despertó desorientado y entreabrió los ojos, pero la claridad era tan intensa que se vio obligado a cerrarlos con fuerza.

Cuando se acostumbró a la luz, no fue capaz de reconocer el lugar dónde se encontraba.

Sintió un nudo en el estómago, pues no recordaba cómo podía haber llegado hasta allí.

Mecido por el ligero oleaje, se encontraba dentro de una pequeña barca rodeado de agua por todas partes.

Junto a él había un pequeño bolso de viaje de color rojo.

Se pellizcó para comprobar que no se hubiera quedado dormido en su celda, y que todo eso no fuese más que fruto de su imaginación, pero el intenso dolor que sintió, hizo que sus dudas se disipasen.

Estaba despierto.

Se incorporó y colocándolo en su regazo abrió el bolso.

Lo que allí vio le heló la sangre, por lo que lo cerró inmediatamente y lo tiró al agua.

Estaba totalmente desorientado, y miró al cielo, pero en lugar del frío techo de hormigón lleno de desconchones que conocía perfectamente tras demasiado tiempo encerrado, había un cielo azul eléctrico en el que no se veía ni una sola nube, en cuyo centro se encontraba el sol.

Era un sol mucho más grande de lo que él recordaba, aunque hacía tanto tiempo que no lo veía, que no estaba seguro del tamaño que debía tener.

Se puso de pie y todo le empezó a dar vueltas. Notó un intenso dolor en la parte baja del cráneo.

Instintivamente se llevó la mano a la zona dolorida, y notó que tenía esa parte húmeda.

Al mirar su mano ensangrentada perdió el control de sus piernas y cayó de bruces sobre el suelo de la barca, donde quedó inconsciente.

Recuperó el conocimiento con el áspero tacto de la madera en su rostro.

Tras incorporarse, sin atreverse a abrir los ojos, volvió a pellizcarse, pues la situación le parecía tan irreal, que seguía convencido de que estaba soñando.

Volvió a sentir el dolor que le indicaba que todo era real.

Abrió los ojos y cuando de nuevo se acostumbró a la claridad, lo que vio le hizo contener el aliento.

No sabía cuánto tiempo había permanecido a la deriva, pero la barca ahora se encontraba reposando sobre una vasta extensión de arena blanca que llegaba hasta donde le alcanzaba la vista, rodeándole por todas partes.

Millones de cangrejos violinistas de todos los colores se desplazaban en la misma dirección dejando un reguero de pequeñas huellas a su paso. Toda la arena estaba cubierta de aquuellos pequeños crustáceos danzando  al mismo paso, como si desfilasen ante él.

Junto a la barca descansaba un bolso de viaje de color rojo idéntico al que juraría haber tirado al agua.

Miró al cielo y el sol se encontraba justo en la misma posición de antes.

Se puso en pie y, pese a que no sentía dolor, se llevó la mano a la nuca.

Las yemas de sus dedos tocaron una especie de tela suave que le rodeaba toda la cabeza.

Alguien le había vendado la herida que tenía, aunque el tacto no era precisamente el de las vendas que tantas veces se había visto obligado a utilizar.

Todo era cada vez más extraño.

Bajó de la barca y se acercó a aquel misterioso bolso.

Agachándose, pese a saber lo que contenía en su interior, volvió a abrirlo.

Horrorizado lo arrojó al suelo y salió corriendo en la misma dirección que seguían los cangrejos.

No supo cuánto tiempo estuvo corriendo, pero se paró en seco cuando llegó de nuevo a la barca junto a la que descansaba el bolso de viaje rojo, el cual se encontraba abierto, y miles de cangrejos estaban entrando en él.

Miró hacia atrás para comprobar sorprendido cómo únicamente quedaban sus huellas sobre la arena blanca, pues los cangrejos iban desaparecido a medida que entraban al bolso.

Miró en todas direcciones y ya no quedaba rastro alguno de los cangrejos.

Volvió a acercarse al bolso y sin mirarlo lo cerró y lo cogió para comenzar a caminar siguiendo sus propias huellas.

Había perdido la noción del tiempo, si es que alguna vez la tuvo desde que llegó a ese extraño lugar, y no sabía cuánto tiempo hacía que las huellas habían desaparecido, pero no había rastro alguno de la barca, y lo único que veía ante él era aquella infinita extensión de arena blanca.

Cansado de andar, dejó el bolso en el suelo y se dejó caer junto a él.

Meditando sobre lo extraño que era todo aquello, no se dio cuenta cuando cogió un puñado de arena y se lo acercó a la nariz distraído. Respiró y el aroma que desprendía esa arena le heló la sangre.

Tenía el mismo aroma del flan de huevo que le preparaba su abuela cuando no era más que un niño, mucho antes de que escogiese el camino equivocado y diese con sus huesos en aquella celda.

Sin dudarlo, se llevó la arena a la boca.

Cerró los ojos y dos lágrimas cayeron por sus mejillas cuando el sabor le trasladó a otra época, donde sentía el amor que le regalaba su abuela con cada flan que le preparaba, en un lugar muy lejano donde se sentía rodeado de una calidez y una seguridad que había olvidado hacía mucho tiempo.

Al abrir los ojos, el sol había desaparecido y la oscuridad reinaba a su alrededor.

No veía absolutamente nada con la excepción del resplandor palpitante que emitía el bolso de viaje rojo.

Al abrirlo, una intensa luz, acompañada de una cálida nube de vapor emergió de su interior, y sintió como el calor que emanaba de él le abrazaba.

Miró a través del bolso y vio pasar toda su vida como si de una película se tratase.

Se vio naciendo, y cómo su madre le abandonó con apenas unos días, dejándolo en la casa de una anciana, la que creyó durante toda su vida que había sido su abuela, y cómo creció feliz junto a ella.

Vio a la anciana enfermar y morir cuando él era todavía demasiado joven para poder asumirlo, y se vio rodeado de las sombras que le arrastraron a ese camino prohibido donde reinaba el caos, la maldad y donde había sembrado el terror allá por donde pasaba.

Se vio con las manos llenas de sangre tras matar a aquel pobre hombre de un fuerte golpe en la nuca para robarle la cartera.

Vio pasar sus años de condena donde se vio a sí mismo cada vez más gris en su celda.
Se vio rodeándose el cuello con su propia sábana enrollada.

Tras ver pasar toda su vida ante sus ojos, comprendió dónde se encontraba.

Se quitó la sábana que tenía enrollada en la cabeza a modo de venda y cerró el bolso, dejándolo de nuevo en el suelo de aquella barca donde volvía a estar, y que se mecía sobre el mar del Purgatorio, mientras se rodeaba el cuello con la sábana enrollada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Añadir comentario...