Cuando el agua empezó a hervir, Luis añadió el contenido del
sobre de sopa de ave con fideos y comenzó a remover. Durante esos días era un
privilegio comer algo caliente, y más en el refugio de Coma de Vaca tras la copiosa
nevada que acababa de caer.
Al desatarse la pandemia, huir de Ripoll se convirtió en su
prioridad absoluta, y lo hizo abandonándolo todo: la tienda, su casa, sus dos
coches. Nada importaba ya.
Tras su ruptura con Susana pocos días antes de que el mundo
cambiara, y cuando todo parecía abocado al caos y lo más fácil hubiese sido
dejarse arrastrar por la espiral de decadencia en la que se había convertido la
sociedad, pues no tenía nada que perder, el instinto de supervivencia le empujó
a ir al único sitio donde creía que estaría seguro y que conocía perfectamente:
la montaña.
Cuando la sopa comenzó a hervir de nuevo, la removió con la
cuchara que había encontrado en uno de los cajones del carcomido armario del
refugio. Se sentía agotado y consternado por el camino que había recorrido
hasta allí, pero sobre todo por lo que había presenciado horrorizado: saqueos,
familias aniquiladas, unas veces por los infectados, otras por los saqueadores.
Mujeres, hombres e incluso niños se encontraban tirados como juguetes rotos por
todas partes con signos claros de haber sido utilizados por algún monstruo para
descargar brutalmente su apetito sexual.
Durante los días que duró su viaje por el infierno, llegó a
plantearse que lo que estaba sucediendo no era más que una purga que estaba
sufriendo el planeta para librarse de la peor de las plagas que había sufrido a
lo largo de la historia.
Probó la sopa y tras comprobar que los fideos casi habían
alcanzado el punto óptimo, apagó la bombona del camping gas. Calculaba que
estaba a la mitad de su capacidad, y no podía permitirse el lujo de malgastarlo,
pues tenía la intención de quedarse en el refugio el mayor tiempo posible.
No había encontrado nada para poder poner el cazo
directamente sobre el fuego de la chimenea, por lo que después de comer saldría
a buscar un par de piedras para ponerlas en la chimenea.
De su bolsillo sacó una petaca plateada y le dio un largo
trago al Whisky que contenía.
La había cogido de una casa que se encontraban en las
afueras de Queralbs, el último pueblo que había antes de comenzar el ascenso al
Santuario de Vall de Nuria.
Decidió entrar en aquella casa para coger lo que pudiera
serle de utilidad, como ya había hecho en otras que había encontrado a su paso.
Normalmente los saqueadores solían adelantarse, pero esta
vez fue diferente. En la cocina encontró la alacena llena de latas de conserva
y sobres de sopa, por lo que hizo acopio de todas las que le cabían en su
mochila.
Mientras comprobaba el salón y llenaba la petaca con un whisky
escoces de 15 años, escuchó un ruido en la parte superior de la vivienda.
Se quedó quieto, hasta que se dio cuenta de que el ruido que
escuchaba se trataba de un llanto.
Haciendo caso omiso a la parte racional de su cerebro, que
le decía que saliese de aquella casa, subió las escaleras con sus cinco
sentidos trabajando al máximo.
Por suerte, todavía era de día y la luz le permitía ver con
claridad todo lo que tenía delante.
Por desgracia esa luz también le permitió ver la horrible
escena que se encontraba tras la puerta desde donde parecía venir el llanto.
En la cama de matrimonio había una pareja de mediana edad.
Al parecer el marido, que tenía la marca de un mordisco en la mano le había
pegado un tiro a la mujer, que presentaba rasgos claros de estar infectada,
antes de quitarse la vida, pues a poco más de un metro del pie descalzo del
hombre se encontraba la escopeta con la que había cortado de raíz el brote que
había aparecido en su casa, y que seguramente era la que había mantenido a raya
a los saqueadores.
Junto al cuerpo de la madre, sentado en el suelo y agarrando
su mano, un niño lloraba.
Luis tragó saliva y se acercó al pequeño.
-Hola, me llamo Luis, ¿Tú cómo te llamas?- susurró.
El pequeño se sobresaltó y se revolvió asustado, tratando de
meterse debajo de la sábana ensangrentada que colgaba de la cama.
-¡Shhhhhhh!, tranquilo, no voy a hacerte daño.- Intentó
tranquilizarle Luis.
Se acercó al niño lentamente y en silencio se sentó a su
lado.
Durante unos minutos que parecieron eternos, un incómodo
silencio se apoderó de la estancia, que impregnada por el metálico olor de la
sangre comenzaba a ser bastante agobiante.
-David.- Dijo por fin el pequeño.- Me llamo David y tengo
siete años.
-Vaya, siete años… pues eres muy grande para tu edad.-
contestó Luis. –Ven conmigo, este lugar no es seguro.- continuó tras escuchar
el ruido que hizo un cristal al romperse en la parte de debajo de la vivienda,
sin ser consciente de las consecuencias que eso iba a tener.
-¡Luis, tengo hambreee!- la voz de David le sacó de sus
pensamientos.
-Vaya, ya estás despierto.- Le dijo mientras acercaba el
cazo con la sopa a la mesa que había junto a la chimenea donde el fuego
terminaba de consumir lo que quedaba de un par de troncos de los
muchos que
había en la leñera del refugio.
Desmontó los dos platos de su cantimplora, y vertió el
contenido de ambos en ellos.
No sabía muy bien lo que harían mañana, pero lo que tenía
claro es que ahora tenían que comer.
Comer y sobrevivir.

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