sábado, 9 de junio de 2018

El náufrago.




Despertó desorientado y entreabrió los ojos, pero la claridad era tan intensa que se vio obligado a cerrarlos con fuerza.

Cuando se acostumbró a la luz, no fue capaz de reconocer el lugar dónde se encontraba.

Sintió un nudo en el estómago, pues no recordaba cómo podía haber llegado hasta allí.

Mecido por el ligero oleaje, se encontraba dentro de una pequeña barca rodeado de agua por todas partes.

Junto a él había un pequeño bolso de viaje de color rojo.

Se pellizcó para comprobar que no se hubiera quedado dormido en su celda, y que todo eso no fuese más que fruto de su imaginación, pero el intenso dolor que sintió, hizo que sus dudas se disipasen.

Estaba despierto.

Se incorporó y colocándolo en su regazo abrió el bolso.

Lo que allí vio le heló la sangre, por lo que lo cerró inmediatamente y lo tiró al agua.

Estaba totalmente desorientado, y miró al cielo, pero en lugar del frío techo de hormigón lleno de desconchones que conocía perfectamente tras demasiado tiempo encerrado, había un cielo azul eléctrico en el que no se veía ni una sola nube, en cuyo centro se encontraba el sol.

Era un sol mucho más grande de lo que él recordaba, aunque hacía tanto tiempo que no lo veía, que no estaba seguro del tamaño que debía tener.

Se puso de pie y todo le empezó a dar vueltas. Notó un intenso dolor en la parte baja del cráneo.

Instintivamente se llevó la mano a la zona dolorida, y notó que tenía esa parte húmeda.

Al mirar su mano ensangrentada perdió el control de sus piernas y cayó de bruces sobre el suelo de la barca, donde quedó inconsciente.

Recuperó el conocimiento con el áspero tacto de la madera en su rostro.

Tras incorporarse, sin atreverse a abrir los ojos, volvió a pellizcarse, pues la situación le parecía tan irreal, que seguía convencido de que estaba soñando.

Volvió a sentir el dolor que le indicaba que todo era real.

Abrió los ojos y cuando de nuevo se acostumbró a la claridad, lo que vio le hizo contener el aliento.

No sabía cuánto tiempo había permanecido a la deriva, pero la barca ahora se encontraba reposando sobre una vasta extensión de arena blanca que llegaba hasta donde le alcanzaba la vista, rodeándole por todas partes.

Millones de cangrejos violinistas de todos los colores se desplazaban en la misma dirección dejando un reguero de pequeñas huellas a su paso. Toda la arena estaba cubierta de aquuellos pequeños crustáceos danzando  al mismo paso, como si desfilasen ante él.

Junto a la barca descansaba un bolso de viaje de color rojo idéntico al que juraría haber tirado al agua.

Miró al cielo y el sol se encontraba justo en la misma posición de antes.

Se puso en pie y, pese a que no sentía dolor, se llevó la mano a la nuca.

Las yemas de sus dedos tocaron una especie de tela suave que le rodeaba toda la cabeza.

Alguien le había vendado la herida que tenía, aunque el tacto no era precisamente el de las vendas que tantas veces se había visto obligado a utilizar.

Todo era cada vez más extraño.

Bajó de la barca y se acercó a aquel misterioso bolso.

Agachándose, pese a saber lo que contenía en su interior, volvió a abrirlo.

Horrorizado lo arrojó al suelo y salió corriendo en la misma dirección que seguían los cangrejos.

No supo cuánto tiempo estuvo corriendo, pero se paró en seco cuando llegó de nuevo a la barca junto a la que descansaba el bolso de viaje rojo, el cual se encontraba abierto, y miles de cangrejos estaban entrando en él.

Miró hacia atrás para comprobar sorprendido cómo únicamente quedaban sus huellas sobre la arena blanca, pues los cangrejos iban desaparecido a medida que entraban al bolso.

Miró en todas direcciones y ya no quedaba rastro alguno de los cangrejos.

Volvió a acercarse al bolso y sin mirarlo lo cerró y lo cogió para comenzar a caminar siguiendo sus propias huellas.

Había perdido la noción del tiempo, si es que alguna vez la tuvo desde que llegó a ese extraño lugar, y no sabía cuánto tiempo hacía que las huellas habían desaparecido, pero no había rastro alguno de la barca, y lo único que veía ante él era aquella infinita extensión de arena blanca.

Cansado de andar, dejó el bolso en el suelo y se dejó caer junto a él.

Meditando sobre lo extraño que era todo aquello, no se dio cuenta cuando cogió un puñado de arena y se lo acercó a la nariz distraído. Respiró y el aroma que desprendía esa arena le heló la sangre.

Tenía el mismo aroma del flan de huevo que le preparaba su abuela cuando no era más que un niño, mucho antes de que escogiese el camino equivocado y diese con sus huesos en aquella celda.

Sin dudarlo, se llevó la arena a la boca.

Cerró los ojos y dos lágrimas cayeron por sus mejillas cuando el sabor le trasladó a otra época, donde sentía el amor que le regalaba su abuela con cada flan que le preparaba, en un lugar muy lejano donde se sentía rodeado de una calidez y una seguridad que había olvidado hacía mucho tiempo.

Al abrir los ojos, el sol había desaparecido y la oscuridad reinaba a su alrededor.

No veía absolutamente nada con la excepción del resplandor palpitante que emitía el bolso de viaje rojo.

Al abrirlo, una intensa luz, acompañada de una cálida nube de vapor emergió de su interior, y sintió como el calor que emanaba de él le abrazaba.

Miró a través del bolso y vio pasar toda su vida como si de una película se tratase.

Se vio naciendo, y cómo su madre le abandonó con apenas unos días, dejándolo en la casa de una anciana, la que creyó durante toda su vida que había sido su abuela, y cómo creció feliz junto a ella.

Vio a la anciana enfermar y morir cuando él era todavía demasiado joven para poder asumirlo, y se vio rodeado de las sombras que le arrastraron a ese camino prohibido donde reinaba el caos, la maldad y donde había sembrado el terror allá por donde pasaba.

Se vio con las manos llenas de sangre tras matar a aquel pobre hombre de un fuerte golpe en la nuca para robarle la cartera.

Vio pasar sus años de condena donde se vio a sí mismo cada vez más gris en su celda.
Se vio rodeándose el cuello con su propia sábana enrollada.

Tras ver pasar toda su vida ante sus ojos, comprendió dónde se encontraba.

Se quitó la sábana que tenía enrollada en la cabeza a modo de venda y cerró el bolso, dejándolo de nuevo en el suelo de aquella barca donde volvía a estar, y que se mecía sobre el mar del Purgatorio, mientras se rodeaba el cuello con la sábana enrollada.

miércoles, 6 de junio de 2018

La escritora.



La lluvia arreciaba y los truenos parecían jalear la tormenta que golpeaba con furia a la ciudad y que según las previsiones no tenía intención de amainar un ápice, al menos hasta el día siguiente.

Con una sonrisa recordó los tebeos de Astérix que devoraba de pequeña, en concreto aquella frase que hacía referencia al único miedo que sentían los irreductibles galos que resistían los envites de los romanos.

-¡Que el cielo caiga sobre nuestras cabezas!- gritó con júbilo.

Pese a que pasaban escasos minutos del medio día, las nubes habían oscurecido el cielo de tal manera que parecía noche cerrada, por lo que Marisa, como buen ave nocturna, se encontraba como pez en el agua delante de su cuaderno mientras escribía las últimas líneas de su nueva novela.

Apuró con tanta fuerza el porro que se quemó, y  mientras sumergía sus doloridos dedos en el vaso de agua que tenía en la mesa, junto al tintero donde por fin descansaba la pluma tras la intensa jornada de aquella mañana, se prometió a si misma que el siguiente no lo apuraría tanto.

Tras comprobar la ligera rojez que tenía en los dedos, se desperezó, se aseguró de que la tinta estuviese seca, y cerró el cuaderno, para recoger la pluma y dejar el tintero junto a los demás.

Mientras se desnudaba para tomar una ducha, llamó por teléfono a Silvia, su editora, para darle la buena noticia, pero al cabo de siete tonos de llamada, saltó el buzón de voz.

-Hola guapa, acabo de terminarla. Cuando puedas llámame y buscamos un título.

Odiaba hablar con un contestador automático, pero la ocasión lo merecía, pues era su sexta novela y se había convertido en una tradición llamar a su editora el mismo día que las terminaba.

Se metió en la ducha y dejó que el agua caliente le acariciase la piel mientras intentaba relajar todo el cuerpo.

No recordaba la última vez que se sintió tan bien. Haber dado el paso y dejarlo todo para dedicarse a la que resultó ser su verdadera pasión fue la mejor decisión de su vida.

La mejor y la más dura, pues el giro que dio a su vida implicó dejar atrás todo para centrarse en escribir, y ese todo incluía a Borja.

Ese giro precisamente estuvo motivado por Borja.

Trató de borrar su recuerdo para no recovivirr las amenazas, las notas en el buzón de cada una de las casas donde se iba mudando para huir de él, pero sobre todo para no recordar ese escalofrío que sintió la primera vez que descargó su mano contra ella, justo el día que le anunció la ruptura, pues pese a que muchas otras veces había visto subir esa misma mano con gesto amenazante, y la había zarandeado como ese día, nunca antes había pasado esa línea.

Salió de la ducha y se puso el albornoz mientras modulaba su respiración para tranquilizarse, pues el fantasma de esa etapa de su pasado había vuelto a aparecer.

Al menos gracias a tantas sesiones de terapia y a las clases de yoga a las que se había apuntado, había conseguido aprender a tranquilizarse.

Una mirada fugaz al espejo le devolvió una imagen que nada tenía que ver con aquella belleza morena que había sido, y que hacía girarse a todos los que se cruzaban con ella, tanto hombres como mujeres.

Todo eso había cambiado y ya no era la misma.

Por suerte apenas le quedaron cicatrices en su bello rostro por el ácido que le había tirado la última vez que se vieron, incluso había conseguido superar el hecho de perder el ojo derecho tras el puñetazo que ese mismo día le propinó, pero ya no era la misma.

La chispa de alegría que siempre había tenido esos preciosos ojos negros, tan profundos que todo aquel que se asomaba se perdía en ellos, se había apagado para siempre.

En un primer momento esa alegría había sido sustituida por la losa del miedo, pero cuando Marisa tomó las riendas de su vida, esa losa se perdió y fue sustituida por el fuego, un fuego que prendió la chispa que provocó su purga en su interior y fue su fuente de inspiración para preparar su venganza y poder así acometer su obra.

Sonrió al recordar el día en el que acabó todo y empezó a escribir su historia.

Al fin y al cabo, tenía tanto que agradecer a quién había despertado a la nueva Marisa, que no encontró mejor manera de hacerlo que escribiendo esa historia con su sangre.

domingo, 3 de junio de 2018

En el refugio.



Cuando el agua empezó a hervir, Luis añadió el contenido del sobre de sopa de ave con fideos y comenzó a remover. Durante esos días era un privilegio comer algo caliente, y más en el refugio de Coma de Vaca tras la copiosa nevada que acababa de caer.

Al desatarse la pandemia, huir de Ripoll se convirtió en su prioridad absoluta, y lo hizo abandonándolo todo: la tienda, su casa, sus dos coches. Nada importaba ya.

Tras su ruptura con Susana pocos días antes de que el mundo cambiara, y cuando todo parecía abocado al caos y lo más fácil hubiese sido dejarse arrastrar por la espiral de decadencia en la que se había convertido la sociedad, pues no tenía nada que perder, el instinto de supervivencia le empujó a ir al único sitio donde creía que estaría seguro y que conocía perfectamente: la montaña.

Cuando la sopa comenzó a hervir de nuevo, la removió con la cuchara que había encontrado en uno de los cajones del carcomido armario del refugio. Se sentía agotado y consternado por el camino que había recorrido hasta allí, pero sobre todo por lo que había presenciado horrorizado: saqueos, familias aniquiladas, unas veces por los infectados, otras por los saqueadores. Mujeres, hombres e incluso niños se encontraban tirados como juguetes rotos por todas partes con signos claros de haber sido utilizados por algún monstruo para descargar brutalmente su apetito sexual.

Durante los días que duró su viaje por el infierno, llegó a plantearse que lo que estaba sucediendo no era más que una purga que estaba sufriendo el planeta para librarse de la peor de las plagas que había sufrido a lo largo de la historia.

Probó la sopa y tras comprobar que los fideos casi habían alcanzado el punto óptimo, apagó la bombona del camping gas. Calculaba que estaba a la mitad de su capacidad, y no podía permitirse el lujo de malgastarlo, pues tenía la intención de quedarse en el refugio el mayor tiempo posible.

No había encontrado nada para poder poner el cazo directamente sobre el fuego de la chimenea, por lo que después de comer saldría a buscar un par de piedras para ponerlas en la chimenea.

De su bolsillo sacó una petaca plateada y le dio un largo trago al Whisky que contenía.

La había cogido de una casa que se encontraban en las afueras de Queralbs, el último pueblo que había antes de comenzar el ascenso al Santuario de Vall de Nuria.

Decidió entrar en aquella casa para coger lo que pudiera serle de utilidad, como ya había hecho en otras que había encontrado a su paso.

Normalmente los saqueadores solían adelantarse, pero esta vez fue diferente. En la cocina encontró la alacena llena de latas de conserva y sobres de sopa, por lo que hizo acopio de todas las que le cabían en su mochila.

Mientras comprobaba el salón y llenaba la petaca con un whisky escoces de 15 años, escuchó un ruido en la parte superior de la vivienda.

Se quedó quieto, hasta que se dio cuenta de que el ruido que escuchaba se trataba de un llanto.

Haciendo caso omiso a la parte racional de su cerebro, que le decía que saliese de aquella casa, subió las escaleras con sus cinco sentidos trabajando al máximo.

Por suerte, todavía era de día y la luz le permitía ver con claridad todo lo que tenía delante.

Por desgracia esa luz también le permitió ver la horrible escena que se encontraba tras la puerta desde donde parecía venir el llanto.

En la cama de matrimonio había una pareja de mediana edad. Al parecer el marido, que tenía la marca de un mordisco en la mano le había pegado un tiro a la mujer, que presentaba rasgos claros de estar infectada, antes de quitarse la vida, pues a poco más de un metro del pie descalzo del hombre se encontraba la escopeta con la que había cortado de raíz el brote que había aparecido en su casa, y que seguramente era la que había mantenido a raya a los saqueadores.

Junto al cuerpo de la madre, sentado en el suelo y agarrando su mano, un niño lloraba.

Luis tragó saliva y se acercó al pequeño.

-Hola, me llamo Luis, ¿Tú cómo te llamas?- susurró.

El pequeño se sobresaltó y se revolvió asustado, tratando de meterse debajo de la sábana ensangrentada que colgaba de la cama.

-¡Shhhhhhh!, tranquilo, no voy a hacerte daño.- Intentó tranquilizarle Luis.

Se acercó al niño lentamente y en silencio se sentó a su lado.

Durante unos minutos que parecieron eternos, un incómodo silencio se apoderó de la estancia, que impregnada por el metálico olor de la sangre comenzaba a ser bastante agobiante.

-David.- Dijo por fin el pequeño.- Me llamo David y tengo siete años.

-Vaya, siete años… pues eres muy grande para tu edad.- contestó Luis. –Ven conmigo, este lugar no es seguro.- continuó tras escuchar el ruido que hizo un cristal al romperse en la parte de debajo de la vivienda, sin ser consciente de las consecuencias que eso iba a tener.


-¡Luis, tengo hambreee!- la voz de David le sacó de sus pensamientos.

-Vaya, ya estás despierto.- Le dijo mientras acercaba el cazo con la sopa a la mesa que había junto a la chimenea donde el fuego terminaba de consumir lo que quedaba de un par de troncos de los 
muchos que había en la leñera del refugio.

Desmontó los dos platos de su cantimplora, y vertió el contenido de ambos en ellos.

No sabía muy bien lo que harían mañana, pero lo que tenía claro es que ahora tenían que comer. 

Comer y sobrevivir.

Almas gemelas.



Sentada en el suelo y abrazando sus rodillas, le vinieron a la cabeza todos esos años de trabajo y esfuerzo, y todo ese sacrificio que tardó pero que finalmente logró dar sus frutos.

Atrás quedaron tantas lágrimas, las dificultades superadas y las trabas que pusieron en su camino por el mero hecho de pertenecer al sexo débil.

Recordó la mañana  del gran día, y cómo miraba orgullosa la imagen que se alzaba ante ella. Miraba con atención el reflejo en el que comprobaba que el uniforme estuviera impecable, esa imagen en la que veía satisfecha como el brillo de los zapatos sería capaz de deslumbrar a los presentes, o cómo la gorra estaba correctamente colocada, y su larga melena morena se encontraba perfectamente recogida en un moño. La camisa blanca almidonada planchada a conciencia resaltaba el moreno de su piel y esos preciosos ojos verdes, algo cansados tras todas aquellas horas de estudio, pero que ahora volvían a tener esa chispa de felicidad que creía haber perdido para siempre.

Parecía que que no había pasado el tiempo cuando tras comprobar que su hermana estaba perfectamente uniformada, ella hizo lo propio revisando que no hubiese ningún defecto en su uniforme para, tras ajustarle el nudo de la corbata, salir juntas de la camareta donde el resto de las aspirantes se disponían a pasar la última revista antes de la entrega de despachos.

No pudo reprimir que una lágrima cayese por su mejilla cuando le vino a la cabeza la imagen de la Capitán Olalla, orgullosa de las dos por haber acabado primera y segunda de la promoción, abandonando su rudeza habitual y su seriedad, se acercó a ellas y con una sonrisa las regañó por no haberse cosido su nombre en la solapa del uniforme, pues eran como dos gotas de agua y no era capaz de distinguirlas, al tiempo que las abrazaba entre las risas y los aplausos del resto de sus compañeras.

Apretó los puños con fuerza mientras un torrente de lágrimas caía por sus mejillas al recordar la letra del himno a los caídos que entonaron esa última vez y que siempre las había emocionado.  

De eso había ya mucho tiempo.

Pero ya sólo quedaban recuerdos.

Vendería su alma al diablo por poder retroceder en el tiempo y cambiar las cosas, aunque sabía en realidad que las dos almas eran una sóla y que el diablo se acabaría llevando las dos, tal y como estaba convencida de que había hecho, pero sin pacto de por medio.

Daría lo que fuese para volver a esa época en la academia en la las dos estuvieron a punto de tirar la toalla, pero los ánimos que se daban una a otra, pese a sus diferencias,  y el apoyo que se proporcionaron mutuamente logró que aguantasen.

Siempre habían estado muy unidas, a pesar de tener personalidades tan diferentes y le hubiese gustado que las dos hubiesen acabado sus vidas de la misma manera, pero el destino quiso cebarse con ella y la había dejado sola.

Maldijo a su hermana por haberse ido de aquella manera.

Llevaban toda la vida juntas, y así se lo hizo saber al jefe del Centro de Control de Enfermedades, quien a pesar de las reticencias iniciales, acabó cediendo y seleccionó a ambas para la unidad.

Ahora odiaba ese día con todas sus fuerzas.

Habían entrado en la unidad  casi dos años después de aquel primer incidente en Cartagena, la masacre en la que perdió la vida, entre otros, el Sargento recién ascendido Javier Aguilera, compañero de promoción con el que hasta entonces habían mantenían contacto.

Fue un hecho aislado, que taparon en los medios de comunicación, pero que puso en alerta al Ministerio del Interior que tuvo que preparar un plan urgente para poder afrontar con garantías los sucesos que se venían encima y que acabaron por superar las previsiones más halagüeñas.

La creación del Centro de Control de Enfermedades fue vendida a la sociedad como una especie de Unidad Sanitaria que se encargaba de controlar brotes de Enfermedades Infecciosas como el Ébola, si bien detrás de eso había una compleja estructura en la que además de una Unidad Sanitaria había entre otros un Servicio de Acción Rápido nutrido con los mejores agentes de los cuerpos de seguridad y del ejército.

Los golpes comenzaron de nuevo y la sacaron de su ensimismamiento, devolviéndola a la realidad.

Fue consciente de que todo había acabado y se puso en pie.

Un fuerte impacto logró astillar la puerta, y los gruñidos que venían del otro lado comenzaron a oírse con mayor claridad.

Abrió el armario y sacó la pistola de su funda, quitó el seguro y tiró de la corredera hacia atrás para que una bala quedase alojada en la recámara y se miró con determinación al arma.

Un nuevo golpe y la puerta se partió en dos.

Cerró los ojos y levantó la Beretta 92 FS de su hermana.

El monstruo se avalanzó sobre ella.

-Perdóname hermana. Te quiero.

Y disparó.

El cuerpo del monstruo cayó desplomado al suelo.

Se escuchó una segunda detonación.

El diablo sonrió tras llevarse dos almas por el precio de una.

sábado, 2 de junio de 2018

El primer ataque.



Esos momentos previos al amanecer en los que caminaba a buen ritmo sumido en sus pensamientos y aislado del mundo a su alrededor gracias a la lista de reproducción que metódicamente preparaba cada noche antes de acostarse, eran los preferidos de Jaime para encontrarse consigo mismo.

Aprovechaba la tranquilidad que le ofrecían las desiertas calles que atravesaba camino al trabajo mientras la ciudad aún dormía, para poner en orden sus pensamientos al ritmo de Queen o The Police, o para fantasear mientras sonaba la Banda Sonora de Supermán con la posibilidad de rescatar a alguien que caía a las vías, o reducir a algún terrorista que osase intentar perturbar la paz de su estación.

Llegó a la boca del metro de Nuevos Ministerios cuando todavía faltaban tres cuartos de hora para que comenzase su jornada laboral, por lo que tenía tiempo más que de sobra para tomarse el café junto a Pedro y Carlos, los compañeros que finalizaban el turno de noche esa mañana, y por qué no, flirtear con Elena, la taquillera que le volvía loco.

Entró en el minúsculo habitáculo del andén de la Línea 6 de metro que hacía las veces de vestuario y que estaba ocupado únicamente por seis estrechas taquillas y abrió la suya.

Mientras se cambiaba, su mirada se fijó en el reflejo que le ofrecía el pequeño espejo que colgaba del interior de la desvencijada puerta metálica. Pese a que el derrame que rodeaba el iris azul claro de su ojo izquierdo aún estaba presente, el moratón que, desde la pelea con aquel maldito inconsciente que había osado profanar los tornos de su estación, rodeaba su maltrecho ojo, y que durante los primeros días tanto había llamado la atención debido a la claridad de su tez y el amarillo pajizo de sus cejas, prácticamente había desaparecido.

Pese a que Jaime no era demasiado alto ni corpulento, no dudaba un instante en enfrentarse a cualquiera que no cumpliese las normas, pues él estaba allí para que todo funcionase en orden. Como ex policía se veía en la obligación de actuar siempre, utilizando la fuerza si para ello era necesario.

Cuando salió del vestuario, vio llegar corriendo a Carlos con la cara desencajada.

-¡Corre Jaime, están robando a Julián!-  le dijo con un grito ahogado intentando moderar la voz para que nadie le escuchase. –Pedro lo tiene reducido, es mejor que vengas a ver esto.

Julián era el vendedor de Cupones de la estación y algunos días les acompañaba en su café matutino, pues vivía sólo y su única familia eran los trabajadores de la estación.

Ambos llegaron corriendo al hall de la estación donde por suerte aún no había nadie pues aún quedaba media hora para que la estación abriese sus puertas al público.

Lo que vieron allí les dejó sin aliento, pues el pobre Julián yacía en el suelo rodeado de un charco de sangre que se iba haciendo cada vez más grande, mientras Pedro bufaba sentado sobre un joven con la cara desencajada que se retorcía con los ojos desorbitados mientras la espuma sanguinolenta que salía de su boca le cubría la barbilla.

-Este malnacido le ha mordido – dijo sin aflojar su presa. -Elena ha ido corriendo a llamar al 112, pero parece estar bastante jodido. ¡Le estaba mordiendo, me cago en la puta!, ¡Este hijo de puta le estaba mordiendo!- dijo señalando al cuerpo que yacía tendido en la estación mientras el joven al que tenía atenazado se intentaba liberar violentamente.

Jaime se acercó al cuerpo de Julián mientras Carlos ayudaba a engrilletar al joven que cada vez se mostraba más agresivo.

Se agachó a tomarle el pulso en la muñeca pero no lo encontró.

Respiró hondo, se frotó la mano, pues tenía los dedos entumecidos y volvió a intentarlo.

Nada.

Asustado por la gravedad de la situación, se colocó para comenzar a realizarle la maniobra de Reanimación Cardio Pulmonar tal y como le habían enseñado en el curso de primeros auxilios al que, como todos los vigilantes de seguridad, había asistido antes de empezar a ejercer.

-¡Carlos, se nos va! ¡Ayúdame, coño!- gritó Jaime mientras colocaba el cuello y abría la boca de Julián para, tras comprobar que la lengua estaba obstruyendo las vías respiratorias, introducirle dos dedos para intentar sacársela tal y como le enseñaron en la curso de primeros auxilios.

Todo ocurrió muy rápido.

Mientras la boca de Julián se cerraba repentinamente sobre los dedos de Jaime, el joven descontrolado se retorció de la presa de Pedro y de un mordisco seccionó su yugular.

El aullido de Pedro mientras soltaba al joven y se llevaba las manos a la herida del cuello por donde se le escapaba la vida, se solapó con el grito desgarrador de Jaime al ver cómo había perdido las dos últimas falanges de ambos dedos.

Carlos se paró en seco en medio de ambos, y contempló horrorizado el dantesco escenario que tenía ante sus ojos.

El joven sin nombre fuera de sí al que hacía unos segundos Pedro parecía tener completamente controlado, se abalanzó sobre su captor mientras lanzaba dentelladas como si de un perro de presa se tratase, mientras Jaime se arrastraba de espaldas hacia él, huyendo de lo que hace unos minutos era Julián y que en esos momentos comenzaba a levantarse entre terribles convulsiones.

Pedro cayó de rodillas mientras el joven desconocido se abalanzó sobre él y con un frenesí inhumano comenzó a morderle la cara, por lo que Carlos fue corriendo a ayudarle mientras sacaba la defensa del tahalí.

El monstruo en el que se había convertido Julián, estaba cada vez más cerca. Caminaba de forma convulsa con su mirada salvaje clavada en Jaime mientras su boca expulsaba una espuma sanguinolenta similar a la del ser que estaba sobre Pedro sin inmutarse por los golpes que Carlos le estaba propinando.

Cuando todo parecía perdido, la detonación que precedió a la explosión que hizo desaparecer la cabeza de Julián detuvo el tiempo.

Sonaron otras dos detonaciones mientras exhausto Jaime se tumbó en el suelo sujetando su maltrecha mano mientras su mirada se perdía en los fluorescentes de la estación.

Una cabeza cubierta por un gorro negro y lo que parecía una máscara antigas también negra con el logotipo del CCE ocupó su campo visual, y los fríos ojos tras la máscara le miraron un instante a los ojos antes de fijarse en su mano.

Jaime suspiró y le dedicó una leve sonrisa a su salvador.

-Señor, hay dos civiles que parecen estar bien, pero parece que ha mordido al otro.- dijo su salvador. – Si señor… lo se señor… por supuesto, procederé según lo establecido. No tenemos alternativa. Cambio y cierro.

El salvador apuntó con su fusil de asalto a la cabeza de Jaime y lo último que vio fue el fogonazo que precedió a la cuarta detonación que se escuchó aquella mañana y que por desgracia serían las primeras de muchas.

viernes, 1 de junio de 2018

Alergia.


Como si de una pesadilla se tratase, con paso lento y tembloroso, el joven agente del CCE entró en la última habitación de la vivienda donde su Capitán le había enviado, la cual se encontraba totalmente a oscuras debido al apagón que acababa de producirse.

Al parecer había aparecido un nuevo caso y debían actuar con total discreción y rapidez, pues no podían permitirse el más mínimo error.

Apuntó con la linterna a la cama donde yacía inerte el cuerpo sin vida de, si la información que le habían dado era correcta, Héctor Marín, junto al que había una especie de cuaderno.

Justo en el momento en el que se agachaba a recoger lo que finalmente resultó ser un diario, se restableció el fluido eléctrico, y la habitación quedó inundada por la luz.

Tras superar el sobresalto que le produjo el repentino encendido de la lámpara de la habitación, comprobó que la última entrada del diario parecía de hacía apenas unas horas.

“5 de enero de 2017

Hoy he amanecido bañado en sudor, y digo amanecido y no despertado porque no he podido pegar ojo en toda la noche debido al deplorable estado en el que me encuentro.

Casi arrastrándome he conseguido llegar al baño donde el penoso espectáculo que me ofrecía el espejo ha hecho que un escalofrío recorriera mi espalda… bueno, realmente no estoy seguro de que haya sido causado por la imagen deformada que veía reflejada, ya que los llevaba sintiendo desde la noche anterior.

Además de la habitual sombra de las ojeras que me llevan acompañando toda la vida, había algo más, pues podía apreciarse el tenue relieve de los numerosos capilares de mis párpados y que se extienden hasta la mitad de la frente y la parte de mis mejillas que deja ver mi cada vez más escasa barba, y que apenas disimula el ceniciento color de mi piel.

Observando el derrame que adorna mis ojos, he podido comprobar cómo mis pupilas estaban exageradamente dilatadas, tapando completamente el iris, y que puede ser el motivo por el que llevo días sufriendo hipersensibilidad a la luz, lo cual hace que sienta un terrible dolor, similar al de cientos de alfileres clavándose en mis ojos cada vez que miro directamente a alguna fuente de luz.

El extraño ronroneo que lleva días acompañando mi agitada y cada vez más débil respiración, puede estar causado por la ingente cantidad de moco parduzco que llevo expulsando con cada arranque de tos, y que son cada vez más frecuentes y dolorosos, haciendo que me retuerza de dolor con los más fuertes. 

He intentado abrir el armario del baño y me ha costado una barbaridad, pues sentía como si mi brazo pesase una tonelada, aunque finalmente he conseguido coger el cepillo de dientes tras lo que a mí me ha parecido un esfuerzo titánico.   

Mientras me lavaba los dientes, he notado como se me caía una muela, y al mirar mi maltrecha boca he comprobado asustado como las encías habían adquirido un alarmante tono verdusco, y en el hueco que ha quedado tan sólo había una perla de sangre negra coagulada.

Debería desayunar algo, pues llevo prácticamente todo el fin de semana sin comer, pero la mera idea ingerir algo sólido me da nauseas, por lo que creo que voy a acercarme al médico, aunque tal y como están de colapsados por este brote tan agresivo de alergia, no estoy seguro de que puedan atenderme.


Pues al final ha habido suerte y me han atendido tras esperar menos de lo que me imaginaba.

Me ha dado un fuerte ataque de tos en la atestada sala de espera, y una amable señora me ha ofrecido un clínex para taparme la boca y dejar así de salpicar a los niños que estaban correteando por allí.

Cuando ha cesado la tos y he mirado el pañuelo, este se encontraba perlado de pequeñas gotitas de sangre. Disimuladamente lo he guardado sin poder evitar fijarme en la diadema blanca que llevaba una de las niñas, que como me temía, también estaba manchada de los pequeños puntitos carmesí.

El médico nada mas verme ha dado un paso atrás y ha comenzado a vomitar preguntas a gran velocidad y a escribir atropelladamente en su cuaderno a medida que iba respondiendo. Ni me ha tocado y me ha recomendado quedarme en casa y que no salga bajo ningún concepto. También me ha dicho que esta misma tarde mandarían a alguien del CCE para que me diesen un tratamiento adecuado.

Si no me equivoco, el CCE es el Centro de Control de Enfermedades... y yo que pensaba que aquí en España no teníamos de eso. Me encantaría buscar algo de información al respecto en Internet, pero desde el último ciberataque no han sido capaces de restablecer los servidores caidos, y el servicio de Internet está limitado al Ministerio de Defensa y las Fuerzas y cuerpos de Seguridad.

Hay que joderse... me acabo de rascar la coronilla y me he llevado un trozo de piel bastante hermoso. Héctor, esto no se arregla con Paracetamol y reposo, me temo que es más grave de lo que creía. Algo huele mal, y no lo pienso sólo por mi olor corporal, que se ha vuelto nauseabundo, no... aquí hay gato encerrado.

He vomitado y creo que tengo fiebre.

Voy a intentar dormir un poco”.


Reconoció los síntomas y al instante supo lo que tenía que hacer. Abrió la pequeña lata que llevaba consigo y vertió el queroseno inflamable sobre el cuerpo sin vida de Héctor, que estaba comenzando a despertar.

Encendió el mechero y prendió el pequeño reguero del líquido inflamable que condujo la llama hasta la cama, la cual comenzó a arder con violencia entre los gritos de lo hasta hacía un par de horas era Héctor.

Cerró la puerta tras él, y se marchó mientras las llamas devoraban la vivienda.

De nuevo habían conseguido pararlo a tiempo… ¿Hasta cuando duraría esa suerta?

domingo, 1 de abril de 2018

La semilla de Atapuerca.





Atrás quedaba un duro año académico para Carmen, quien por fin había logrado alcanzar su sueño. Tras conseguir la mejor nota su promoción, había sido premiada con la tan anhelada beca que daba acceso a participar en las excavaciones de la Fase X en la sierra de Atapuerca, junto a un nutrido grupo de experimentados paleontólogos, encabezados por el Dr. Fonts.

De camino al complejo centro de investigación, la joven recordó como siendo tan sólo una niña, quedó cautivada con las historias de Lucy y Miguelón que le contaba su abuelo, quién se encargó de plantar la semilla cuyo fruto había sido la tan trabajada Matrícula de Honor en su Trabajo de Fin de Grado en Paleontología.

Tras una breve charla de bienvenida, en la que el propio Fonts presentó a su mejor alumna al resto del equipo, se apagaron las luces de la pequeña sala de reuniones y dio comienzo una proyección en la que se detallaban los resultados de la última fase, y se adelantaban los objetivos de la Fase X, la que, según palabras del Doctor, sería la más ambiciosa de todas, pues si sus teorías eran exactas, estaban a punto de demostrar que el Homo sapiens sapiens había coexistido en la Sierra de Atapuerca con  Miguelón, el Homo heidelbergensis hallado en la Sima de los huesos, y que había sido datado con más de 600000 años de antigüedad, y echar así por tierra todas las teorías de la evolución humana existentes hasta la fecha.

Carmen conocía perfectamente esta línea de investigación, pues había devorado todos los artículos científicos en los que participaba el Doctor, y pese a que la idea le generaba gran escepticismo, no puso ninguna objeción, al igual que el resto del equipo, y se limitó a acariciar nerviosa su amuleto contra el mal de ojo en forma de puño.

-Ahora si me acompañáis, vayamos a ver al huevo, pues esta mañana me han confirmado que ya está listo.

Un murmullo generalizado de asombro fue creciendo entre los presentes y acompañó al grupo hasta la puerta acorazada que protegía el acceso al nivel inferior.

La puerta se abrió con un estruendo, y ante las miradas de asombro de los presentes se alzaba un enorme huevo blanco del tamaño de un automóvil en el centro de una gran sala diáfana, en cuya superficie se repartían de forma uniforme centenares de luces que parpadeaban de forma aleatoria.

-Como al Doctor Ignacio no le gusta que lo llame así, os presento formalmente al Proyecto X. – Anunció el Doctor señalando a la estructura que se alzaba ante ellos -Técnicamente es algo complicado de explicar, así que lo mejor será que vayamos al grano: se trata de una máquina que nos permite viajar al pasado y poder comprobar in situ cómo estaba este lugar hace seiscientos milenios.

Tras una breve pausa mientras contemplaba las caras boquiabiertas de sus colaboradores añadió – Tranquilos, ya habrá tiempo para las explicaciones. Carmen – dijo dirigiéndose a la joven que lo miraba alucinada – como mi mejor alumna, tú serás la primera en viajar conmigo en el hue…en el proyecto X.

Entre murmullos de protesta, una puerta como salida de la nada se abrió en el huevo, y Carmen, que parecía flotar, acompañó a Fonts a su interior, y tras ellos, la puerta se cerró tan rápido como se había abierto.

Las luces que rodeaban la estructura comenzaron a parpadear cada vez más rápido, hasta quedar todas ellas encendidas y durante dos segundos el huevo se volatilizó ante los presentes, para volver a aparecer cubierto de polvo y algo oxidado.

La puerta del huevo se abrió de nuevo, y de él salió el Doctor Fonts con una maléfica sonrisa en su rostro.

-Vayamos fuera y os indicaré  el punto exacto donde planté la semilla para empezar a excavar cuanto antes.- Dijo mientras saboreaba el prestigio que conseguiría gracias al hallazgo de un esqueleto femenino de Homo Sapiens con más de 600000 años de antigüedad, y acariciaba un amuleto en forma de puño que llevaba en el bolsillo.

domingo, 14 de mayo de 2017

The show must go on...




Es curioso cómo a veces la vida se encarga de bajarte de tu pedestal a base de golpes.

Es curioso cómo te recuerda de vez en cuando que ella es la que lo controla todo y que tú no eres más que un simple actor secundario de su obra de teatro, esa que tiene escrita y que está llena de giros argumentales, unas veces alegres, otras tristes, y otras, como el que tuve el dudoso honor de presenciar hace cuatro días, trágicos.

Es curioso cómo esa misma vida que tantas alegrías es capaz de darte, te saca de la rutina con una facilidad pasmosa, tal y como ocurrió el pasado miércoles.

Como cada día, llegaba a casa pasadas las cuatro y media, y mientras comía junto a Ana, charlando de cómo había ido el día, como siempre, justo cuando empezaba a dar cuenta de un postre de kéfir con piña, el cual, dicho sea de paso, no me estaba gustando nada, sonó el teléfono.

Sonó el teléfono como tantas otras veces, pero jamás había visto unos ojos como los que precedieron al alegre“¡Dime!” con el que ella siempre coge el teléfono.

Ana se levantó como un resorte, y mi cerebro no necesitó escuchar nada más, pues eso de que una imagen vale más que mil palabras es una verdad como un templo, e inmediatamente temí lo peor.

Y lo peor se cumplió.

Todos los tópicos que se puedan decir al respecto están de más, y por más vueltas que pudiera darle a lo que pasó esa tarde, seguiría sin tener sentido.

Ahora mismo tengo jugando delante de mí a mis dos sobrinas, junto a lo que un día fue mi cuñada, y que ahora es la reencarnación viva del dolor, un dolor que no soy capaz de abarcar, y ante el que no me salen las palabras.

Soy incapaz de explicarme cómo es posible que el guión que tenía preparado la vida para esa tarde, pudiese ser tan cruel.

Como cada día, él volvía a trabajar después de comer, pero esta vez se marchaba para no volver, una partida sin regreso y sin ocasión de despedirse, un adiós para siempre de los que nadie quiere ser el protagonista.

Como reza la canción de Alejandro Sanz, se nos ha quedado a todos el corazón partido.

Y es que José era otro actor secundario más de ese gran teatro que es la vida, pero también es cierto que se había convertido en el actor principal de la trama de Mamen y sus dos pequeñas, Mía y Noa, y se había convertido en actor secundario nominado al Óscar en otras muchas tramas, o en el típico secundario cómico que con sus gags o con sus chascarrillos, conseguía arrancarte una sonrisa por más amargado que uno estuviera. (Que curioso, ahora todos los problemones se han convertido en banalidades… “Nota mental, sacar tiempo para reflexionar de esto”).

Me duele escribir de él en pasado, y hoy mientras cocinaba, me he dado cuenta de lo que voy a echar de menos ese “¿Qué tenemos hoy, Panoramix?”, y su cara de asco exagerado que ponía cada vez que preparaba algo con cebolla.

Pues bien, hoy he preparado pisto con cebolla, para no perder la costumbre, si, porque reconozco que soy bastante cabrón, y más me dicen “No me gusta esto”, más de esto preparo.

Pero hoy la cebolla tenía una doble misión, y era la de poder tener una excusa para esas lágrimas que salen a reducir cuando menos las espero.


Por supuesto que, como nos cantó Freddie Mercury, el espectáculo debe continuar (“The show must go on…”), y sin lugar a dudas, el espectáculo continuará, pero ya nunca más será el mismo.

viernes, 31 de marzo de 2017

Literatura: Holocausto en Manhattan.



          
       

       Tras un tiempo parado, vuelvo a escribir una entrada en el blog, esta vez para comentar una novela que acabo de terminar, y que me ha parecido que merece la pena compartir con vosotros.


       Aún siento la presión en el estómago y el ligero escozor en los ojos fruto de las lagrimas contenidas tras leer las últimas líneas de Holocausto en Manhattan, la primera novela que leo de Bruno Nievas –pero no la última, de eso estoy seguro-, que adquirí hace casi un mes en El Corte Inglés de La Garena, casi por casualidad.

          Recuerdo que fue un día de esos que yo llamo grises, tras una semana cargada de trabajo, de esas semanas a las que llegas al fin de semana agotado, no tanto en lo físico, sino mentalmente, psicológicamente.

          Recuerdo que ese mismo martes acababa de asistir al estreno de “Inercia”, de Jesús Agudo, en el Bar La Pocha, cerca de Nuevos Ministerios, y todavía estaba impactado ante el gran trabajo que había visto.

          El corto está basado en un relato de Andrés Moreno, y pese a que me encantó, he de reconocer que me generó un torrente de sentimientos encontrados, dónde se mezclaban admiración por Andrés y Jesús, pero también envidia, envidia sana, por supuesto, pues siempre he querido escribir algo más que simples relatos, acompañados de asombro ante lo que acababa de ver, y un poquito de odio hacia mi mismo por no haber tenido la constancia suficiente para continuar con mis clases de teatro, vamos que me vino un síndrome premenstrual en toda regla, el cual, mezclado con la astenia primaveral, hizo que cayese en un pequeño bache anímico que me condujo a ir de compras ese sábado.

          Pero claro, ir de compras sin dinero es como el que tiene tos y se rasca, como suele decir nuestra guía práctica de dichos populares, y frustrado por no poder comprar nada, acabé deambulando por la sección de ofertas, concretamente una cesta donde había libros por 5,95€.

          Empecé a remover los libros, sin albergar esperanza alguna en encontrar un best-seller, pero también con ese hormigueo en el estómago, como cuando de niño jugaba con buscar tesoros escondidos en la azotea del viejo cuartel de Ribes de Freser, aquel pueblecito del Pirineo, al pié del Vall de Nuria, donde destinaron a mi padre a mediados de los 80´s.

          Y mira tú por donde que me topé con esta novela.

          La verdad es que, a demás de por el precio, casi irrisorio, la compré guiado por los buenos comentarios que había leído en las redes sociales, y porque en Kryptos, la primera novela de Blas Ruiz Grau que llegó a mis manos, ya había leído algo de Bruno Nievas, pues en este libro, cuyos beneficios van destinados íntegramente a la ONG Educo para financiar becas de comedor para los que más lo necesitan, Bruno Nievas aportaba un capítulo íntegro, y tengo que admitir que me gustó lo que leí.
   
          Y bueno, tengo que admitir que no sólo no me ha decepcionado, sino que me he llevado una grata sorpresa tras terminar hoy, entre lágrimas, de leer Holocausto en Manhattan.

          Pero no me malinterpretéis, que no se trata de un drama, pese a que hable de un drama, no se trata de una novela romántica aunque esté escrita con mucho corazón y cargada de sentimientos.

          Es una novela del holocausto, pero desde un punto de vista mucho más atractivo para aquellos lectores a los que, como a mí, les gusta la acción, pues en ella hay acción a raudales, vaya que si la hay.

          Es una novela de acción, pero desde un punto de vista mucho más atractivo para los amantes de la novela histórica, pues narra sin tapujos los horrores del holocausto judío de forma cruda y bastante realista y que hacen que el lector se sumerja en la angustia y la desesperación de los campos de concentración de la Alemania nazi.

          Haciendo uso de una narrativa sorprendente, y una gran capacidad para ir trenzando historias paralelas en dos líneas temporales distintas, sin descuidar ni un solo detalle, para regalarnos una historia sólida y sorprendente, Bruno Nievas consigue enganchar al lector desde la primera a la última página, sin que el ritmo decaiga ni un ápice.

          Es difícil hablar de esta novela sin dar detalles y sin caer en la tentación de hablar demasiado, de hablar de sus personajes, a los que llegas a coger cariño, a los que llegas a odiar, y a los que llegas a temer, por lo que me limitaré, ya no a recomendaros, sino a rogaros que lo leáis, y a dejaros el resumen que viene  a continuación.

          “Septiembre de 2010. Mike Brenner imparte una clase en la universidad sobre ondas binaurales, un tema que le preocupa por las graves adicciones que generan y que nadie parece estar detectando.

          Poco antes, una camioneta de reparto está a punto de caer al río Hudson. Su conductor logra evitar el accidente, salvando así de una muerte segura a su familia, rehenes de unos tipos que quieren asegurarse de que cumple con su misión: transportar una bomba atómica al centro de Manhattan.

          Febrero de 1944. Leon Yeser, un adolescente judío, es separado de su madre y de su hermana pequeña nada más bajar de uno de los «trenes de la muerte». Al intentar ayudarlas es brutalmente golpeado por un soldado nazi, al que mira fijamente a los ojos. Entonces, algo sucede.

          Poco después el nazi, tembloroso, llama a la puerta del bloque 10 para pedirle ayuda a la única persona que puede entender lo que acaba de sucederle: el doctor Josef Mengele.

          Un thriller de acción trepidante y ritmo vertiginoso, que te dejará sin aliento por la agilidad de su trama y las impresionantes revelaciones que contiene.


          Espero que os guste tanto como a mí, eso si, no leáis las últimas 30 páginas en sitios públicos si no queréis pasarlo mal...