Las
sienes le latían cada vez más intensamente. Había llegado el momento. Cogió un
par de aspirinas y las masticó dejando que su intenso sabor amargo le inundara
la boca, cerró los ojos unos segundos, tomó un largo trago de Vodka y dejó la botella junto al desgastado cuaderno y los dos dados, sobre la caja de cartón, que hacía las veces de mesilla. Respiró hondo,
se levantó, apagó la vela y salió a la terraza del sucio y abandonado ático
donde le había tocado pasar la noche.
El aire fresco le ayudaba a despejarse y centrarse
en su tarea. Los años no pasaban en balde, y la mala alimentación no le ayudaba
a concentrarse. Llevaba más de diez años
viviendo en la calle, y ya habían pasado mas de quince desde que tirase los dados por
primera vez.
Había llegado el momento de observar.
Bajo la tenue luz de las farolas, vio pasar a una pareja de
enamorados cogidos de la cintura. Él, vestido con un traje oscuro, iba metiendo
la mano bajo el escueto vestido rojo que apenas tapaba el cuerpo de la mujer
que lo acompañaba. Por la forma de caminar, con un ligero vaivén, parecía que
acababan de salir de una fiesta. Cada diez metros, paraban su tambaleante
caminar para besarse, hasta que se perdieron entre las desérticas calles.
Siguió observando, y esta vez su atención
recayó sobre una anciana que, con paso vacilante, había salido a pasear a su perro.
La anciana llevaba un fino jersey negro, a juego con una falda de la que salían
un par de alambres arqueados recubiertos de piel seca, y terminadas en un par
de zapatillas de andar por casa, también negras, completando el riguroso luto.
El perro olfateó algo, ladró un par de veces a un gato que pasó como un
relámpago cruzándose con ellos, y pegó un par de tirones de la correa guiando a
su dueña hacia otra calle.
Poco después, a lo lejos, apareció una figura
vestida con ropa blanca. A través del visor, vió que se trataba de una joven y
preciosa rubia haciendo runing. Llevaba unas mayas ajustadas de color blanco,
a juego con el minúsculo top que realzaban unos senos firmes que eran la culminación
de una figura esculpida a base de muchas horas de ejercicio.
Respiró hondo y su dedo índice acarició el frío metal hasta que un sonido seco perforó la noche.
La bala entró limpiamente entre dos costillas
y perforó el corazón con precisión de cirujano, para salir por la espalda en
una explosión de sangre y hueso. La chica retrocedió un par de metros por el
impacto, y su cuerpo rodó por el suelo, para quedar tendida en el suelo, con la
mirada perdida en el limbo que hay entre la vida y la muerte, hasta que sus
ojos se perdieron en la oscuridad.
En pocos minutos, los primeros sonidos de
sirena empezaron a escucharse, y las luces rojas de la ambulancia del SAMUR bañaron
la calle con su acompasada danza.
Tras certificar la muerte de la corredora, y mientras
los sanitarios aguardaban pacientemente la llegada de la policía, una chica se
acercó y comenzó a hacer fotos con su smartphone blanco, a juego con su
indumentaria. Los sanitarios se encararon con ella, pero el flash del teléfono
no paraba de dar fogonazos, una y otra vez.
Un sonido seco precedió a un nuevo fogonazo,
esta vez, proveniente de la muchacha, cuya cabeza desapareció parcialmente, tras
un estallido que empapó a la pareja del SAMUR, los cuales, completamente cubiertos de sangre y fragmentos de carne, subieron
en la ambulancia y huyeron despavoridos alejándose del lugar para intentar
ponerse a salvo.
Contempló su obra y con suma tranquilidad,
desmontó el rifle, lo guardó en la vieja funda y entró de nuevo en la
habitación para dejarlo junto al macuto que tenía junto a la puerta, preparado para marcharse. Se quedó en pie, mirando pensativo a los dados. Esos malditos dados que parecían devolverle la mirada una y otra vez, de forma
desafiante. El de colores con su cara blanca y deslumbrante mirándole de forma cegadora, y el otro con dos puntos negros que le observaban de forma acusadora. Se había jurado a si mismo cientos de veces que no volvería a jugar... casi las mismas veces que había roto esa promesa. Cogió ambos dados y cerró el puño con fuerza e hizo amago de tirarlos por la ventana, pero en lugar de eso, los volvió a tirar sobre la mesilla.
Esta vez salió el negro y un seis...

Brutal!! Me ha encantado la historia. Es la primera vez que visito tu blog pero, me parece que sere asidua a el.
ResponderEliminarMuchas gracias, ya no por el comentario tan positivo, sino por dedicar tu tiempo a leer el micro-relato. De verdad. Un saludo!
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