sábado, 9 de febrero de 2013

En el Blanco.




Las sienes le latían cada vez más intensamente. Había llegado el momento. Cogió un par de aspirinas y las masticó dejando que su intenso sabor amargo le inundara la boca, cerró los ojos unos segundos, tomó un largo trago de Vodka y dejó la botella junto al desgastado cuaderno y los dos dados, sobre la caja de cartón, que hacía las veces de mesilla.  Respiró hondo, se levantó, apagó la vela y salió a la terraza del sucio y abandonado ático donde le había tocado pasar la noche.

El aire fresco le ayudaba a despejarse y centrarse en su tarea. Los años no pasaban en balde, y la mala alimentación no le ayudaba a concentrarse. Llevaba más de diez años viviendo en la calle, y ya habían pasado mas de quince desde que tirase los dados por primera vez.

Había llegado el momento de observar.

Bajo la tenue  luz de las farolas, vio pasar a una pareja de enamorados cogidos de la cintura. Él, vestido con un traje oscuro, iba metiendo la mano bajo el escueto vestido rojo que apenas tapaba el cuerpo de la mujer que lo acompañaba. Por la forma de caminar, con un ligero vaivén, parecía que acababan de salir de una fiesta. Cada diez metros, paraban su tambaleante caminar para besarse, hasta que se perdieron entre las desérticas calles.

Siguió observando, y esta vez su atención recayó sobre una anciana que, con paso vacilante, había salido a pasear a su perro. La anciana llevaba un fino jersey negro, a juego con una falda de la que salían un par de alambres arqueados recubiertos de piel seca, y terminadas en un par de zapatillas de andar por casa, también negras, completando el riguroso luto. El perro olfateó algo, ladró un par de veces a un gato que pasó como un relámpago cruzándose con ellos, y pegó un par de tirones de la correa guiando a su dueña hacia otra calle.

Poco después, a lo lejos, apareció una figura vestida con ropa blanca. A través del visor, vió que se trataba de una joven y preciosa rubia haciendo runing. Llevaba unas mayas ajustadas de color blanco, a juego con el minúsculo top que realzaban unos senos firmes que eran la culminación de una figura esculpida a base de muchas horas de ejercicio.

Respiró hondo y su dedo índice acarició el frío metal hasta que un sonido seco perforó la noche.

La bala entró limpiamente entre dos costillas y perforó el corazón con precisión de cirujano, para salir por la espalda en una explosión de sangre y hueso. La chica retrocedió un par de metros por el impacto, y su cuerpo rodó por el suelo, para quedar tendida en el suelo, con la mirada perdida en el limbo que hay entre la vida y la muerte, hasta que sus ojos se perdieron en la oscuridad.

En pocos minutos, los primeros sonidos de sirena empezaron a escucharse, y las luces rojas de la ambulancia del SAMUR bañaron la calle con su acompasada danza.

Tras certificar la muerte de la corredora, y mientras los sanitarios aguardaban pacientemente la llegada de la policía, una chica se acercó y comenzó a hacer fotos con su smartphone blanco, a juego con su indumentaria. Los sanitarios se encararon con ella, pero el flash del teléfono no paraba de dar fogonazos, una y otra vez.

Un sonido seco precedió a un nuevo fogonazo, esta vez, proveniente de la muchacha, cuya cabeza desapareció parcialmente, tras un estallido que empapó a la pareja del SAMUR, los cuales, completamente  cubiertos de sangre y fragmentos de carne, subieron en la ambulancia y huyeron despavoridos alejándose del lugar para intentar ponerse a salvo.

Contempló su obra y con suma tranquilidad, desmontó el rifle, lo guardó en la vieja funda y entró de nuevo en la habitación para dejarlo junto al macuto que tenía junto a la puerta, preparado para marcharse. Se quedó en pie, mirando pensativo a los dados. Esos malditos dados que parecían devolverle la mirada una y otra vez, de forma desafiante. El de colores con su cara blanca y deslumbrante mirándole de forma cegadora, y el otro con dos puntos negros que le observaban de forma acusadora. Se había jurado a si mismo cientos de veces que no volvería a jugar... casi las mismas veces que había roto esa promesa. Cogió ambos dados y cerró el puño con fuerza e hizo amago de tirarlos por la ventana, pero en lugar  de eso, los volvió a tirar sobre la mesilla.

Esta vez salió el negro y un seis...

2 comentarios:

  1. Brutal!! Me ha encantado la historia. Es la primera vez que visito tu blog pero, me parece que sere asidua a el.

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  2. Muchas gracias, ya no por el comentario tan positivo, sino por dedicar tu tiempo a leer el micro-relato. De verdad. Un saludo!

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