miércoles, 27 de noviembre de 2019

El último vuelo.



Con la mirada perdida en el infinito, y ajeno a las indicaciones de seguridad que, como si de una coreografía se tratase, se encontraban interpretando en esos instantes los asistentes aéreos del vuelo IB-3553 con destino a Nueva York, Moussa se encontraba muy lejos de allí.

Aún podía escuchar los gritos de júbilo de todos sus compañeros mientras subía a lo más alto del pódium tras volar sobre aquella pista de atletismo en Dakar, y pulverizar a sus rivales en aquella gloriosa y cálida mañana de abril de hacía ya muchos años.

No pudo contener las lágrimas mientras entonaba las últimas letras del himno de su país:

“…los campos florecen de esperanza,
los corazones vibran de confianza.”

Atrás quedaron todas las dificultades que tuvo que pasar para llegar a la cima del atletismo maliense. Los poco más de cincuenta segundos que duró aquella carrera, le sirvieron para borrar de un plumazo años de acoso y agresiones por los que tuvo que pasar sólo por ser diferente.

Su corta estatura y su frágil aspecto, algo afeminado, le hicieron ser el centro de las burlas de sus compañeros prácticamente desde que tenía uso de razón.

Precisamente gracias al acoso de sus compañeros, su primer entrenador le descubrió, pues llamó su atención la rapidez con la que aquel chico, descalzo y vestido con harapos, corría perseguido por una manada de chavales armados con piedras y palos.

La presión en sus oídos le hizo volver a la realidad.

Pese a haber volado en muchas otras ocasiones, siempre lo pasaba mal durante el despegue, pues sus oídos sufrían más de lo normal los cambios de presión.

Como había hecho en sus últimos tres viajes, compró los billetes en primera clase para ir más cómodo, lo cual solía mitigar en parte ese dolor, pero tristemente comprobó que en esta ocasión no era así.

Por suerte el mal trago no duró demasiado, y el dolor cesó cuando el avión llegó a los 11.000 metros de altitud, justo cuando la señal luminosa que obligaba al uso del cinturón de seguridad se apagó, lo que hizo que Moussa se levantara, y cojeando ligeramente se dirigió al baño, pues los nervios del despegue le estaban comenzando a pasar factura.

Sentado en el frío asiento del baño, mientras disminuía el intenso dolor que sentía en la zona abdominal, contemplaba distraído la prótesis de carbono que sustituía a su pierna derecha.

Había perdido completamente la noción del tiempo cuando escuchó como alguien llamaba a la puerta de forma insistente.

Salió del baño disculpándose ante la anciana que le miraba con gesto impaciente, y volvió a su asiento.

Tras pasearse por toda la selección de películas que ofrecía la compañía aérea y no ver ninguna de su agrado, decidió que intentar dormir era la mejor opción.

Segundos después de cerrar los ojos, escuchó el carrito del cátering, lo que indicaba que había llegado la hora del almuerzo.

Pese a que no podía comer nada, al configurar su billete había seleccionado el menú para celiacos para no levantar sospechas.

Cuando el carrito continuó su camino, sacó la bolsa de papel del compartimento ubicado junto al reposabrazos, y tiró toda la comida en su interior, escondiendo la bolsa con la comida bajo su asiento.

Una vez el asistente de vuelo le hubo retirado la bandeja vacía, cogió la bolsa de papel con la comida y se dirigió al baño, donde, tras vaciar todo su contenido retrete y depositar la bolsa vacía en la papelera, se enjuagó la cara, pues hacía varios minutos que se había empezado a encontrar peor, y había empezado a sudar copiosamente.

Volvió a su sitio y se recostó en su cómodo asiento, elevando el reposapiés para quedar prácticamente tumbado.

Cerró los ojos y casi al instante se quedó dormido.

Comenzó a soñar.

El disparo que daba inicio a la carrera que cambiaría su vida para siempre, retumbó en aquel estadio senegalés como el rugido de una bestia, un estadio que en su sueño se encontraba completamente vacío.

Tardó en reaccionar y salió el penúltimo. Sin embargo en aquellos cuatrocientos metros tenía margen más que suficiente para remontar posiciones, y así lo hizo.

Afrontó los cien metros finales en tercera posición, pero el desafortunado tropiezo del corredor que iba en primera posición, le hizo avanzar un puesto.

Tenía el triunfo al alcance de la mano, tal y como ocurrió.

Pero esta vez tropezó, y tras quedar suspendido en el aire durante lo que le pareció una eternidad, todo comenzó a dar vueltas vertiginosamente y toda su vida comenzó a pasar ante sus ojos en una sucesión de imágenes borrosas que se iban superponiendo unas sobre otras cada vez más rápido.

De repente se paró en seco y volvió a ver cómo el cuerpo de su madre, que aquel día viajaba sin cinturón de seguridad, salió disparado para impactar contra la luna delantera, mientras él quedaba atrapado por las piernas en el amasijo de hierro en el que se convirtió su flamante Mercedes.

La velocidad, que hasta ese día había estado de su lado, hizo que se saliera de la carretera en aquella curva, y que todo por lo que había luchado se volatilizara en cuestión de segundos.

Despertó, todavía dentro de su sueño, en aquel precario hospital donde había pasado cuatro días inconsciente, y donde no pudieron hacer nada por salvar su pierna, la cual, junto con su brillante carrera como atleta, desapareció para siempre.

La angustia se apoderó de él, y un nudo le atenazó el estómago.

No podía respirar.

Apretó los ojos con fuerza y al abrirlos estaba allí sentado, delante aquella montaña de bolas, cada una de las cuales estaba envuelta con cinta de embalar, y un preservativo para protegerlas de los fluidos gástricos de su estómago.

Cada bola que tragaba, parecía rasgarle el estómago, y un intenso dolor diluyó el sueño y le llevó de vuelta a aquel avión.

Pese a que, como en las otras ocasiones, tal y como le indicaron, no había comido nada, esta vez el látex del preservativo que envolvía una de las noventa y cinco bolas de cocaína que llevaba ocultas en el interior de su cuerpo, había quedado muy dañada a su paso por el estómago debido a la acción del ácido clorhídrico, dejando escapar aquel veneno.

No pudo soportar los dieciocho gramos de cocaína pura que corrían por sus venas y, cuando el avión realizó su aterrizaje de emergencia en Londres, su cuerpo ya había muerto pese a que su mente todavía seguía encaramada a aquel pódium que lo cambió todo y donde sintió que volvía a ser feliz tras aquel último vuelo.

viernes, 11 de enero de 2019

Regreso a la rutina


La vuelta a la rutina tras unas vacaciones siempre es dura, y así  se sentía Agustín aquella gélida mañana, mientras arrastraba los pies rumbo al trabajo, atravesando las desérticas calles, donde los restos de confeti y serpentinas de colores que se acumulaban junto a los bordillos de las aceras eran los únicos restos que quedaban de la Navidad.

“Una Navidad más, un año menos” decía siempre.

Eran unas fechas que no le gustaban nada, de hecho las detestaba, pues no le traían buenos recuerdos, ya que desde que tenía uso de razón, durante los años en los que debería haber sentido la ilusión que todos los niños de su edad sentían ante la idea de recibir regalos en sus casas a manos de aquellos mágicos reyes que venían de oriente a lomos de sus camellos- o dromedarios según quién contase la historia- para el pequeño Agus sólo tenía un significado: tristeza.

Una gran frustración y una profunda tristeza, pues los regalos que llegaban a su casa nada tenían que ver con eso que tanto anhelaba y que siempre pedía.

Durante varios años, hasta que fue demasiado mayor como para seguir conservando la ilusión, la carta que escribía a los Reyes Magos tan sólo tenía un renglón, un único deseo imposible que nunca se cumplió, pues su madre jamás regresó ni regresaría nunca.

Cuando llegó a la glorieta de Cuatro Caminos, sintió alivio al ver que las únicas luces que parpadeaban eran las de los semáforos y los intermitentes de los vehículos, y no había rastro de la iluminación navideña que adornaba, cada vez de manera más recargada, balcones y ventanas de las viviendas que flanqueaban aquel cruce tan transitado.

Llegó al trabajo casi treinta minutos antes del comienzo de su turno, como llevaba haciendo toda la vida, pues le gustaba cambiarse sin prisa, tomarse un té mientras se ponía al día antes de comenzar su rutina diaria, y reiniciar el sistema antes de que el resto de usuarios empezasen a trabajar.

Tras la resaca de las fiestas, había pocas novedades interesantes, por lo que no tardó en terminar.

Comprobó la hora que era, y se fijó en un pequeño arañazo en el cristal que protegía la preciosa esfera de color salmón de aquel magnífico reloj suizo que sus antiguos compañeros le regalaron al cambiar de Departamento.

Acarició el arañazo y sintió una punzada de tristeza al comprobar que era bastante profundo.

Le tenía bastante aprecio a aquel recuerdo, pues cada vez que lo miraba recordaba el día en el que se dejó su antiguo puesto en el Área de proyectos, rodeado por todos sus compañeros, incluso aquellos que no solían aparecer en actos similares, para demostrarle cuánto le apreciaban.

Sus dedos se deslizaron sobre la cuarteada correa de cuero marrón, a la vez que rememoraba las cariñosas palabras que le dirigió su antiguo jefe de Departamento, agradecido por los años de dedicación ejemplar y el compañerismo demostrado.

Pese a que ahora tenía un puesto más tranquilo en aquella pequeña oficina de mantenimiento informático, junto a su jefe y su compañero, echaba de menos el frenesí y el vertiginoso ritmo que llevó hasta el día en el que le entregaron aquel reloj, que tenía grabado en su base la inscripción “Gracias por tu tienpo”.

Aquella frase, con la intencionada errata remarcada, tenía doble sentido, pues hacía alusión, no sólo al tiempo que había dedicado en cuerpo y alma a su trabajo, sino también al tienpo, aquel error tipográfico, el único que se le había pasado en diez años, y que fue motivo de regodeo entre sus compañeros.

Sonrió al revivir la anécdota, aunque en seguida se le borró la sonrisa al recordar cómo le llamó el supervisor de aquella sección, para que acudiera inmediatamente a su despacho, donde le  recriminó duramente por su falta de atención y de profesionalidad, manteniéndole de pie durante los más de cuarenta minutos que duró aquella exposición acerca de las virtudes del lenguaje, la importancia de los detalles, y donde aquel hombre, con rictus serio y tono severo, le dejó claro que un fallo tan grave no se podía repetir.

La idea de volver a entrar en aquel despacho le hacía sentir un hormigueo en el estómago, y apenas había podido dormir en toda la noche pensando en aquel inevitable reencuentro, pues el supervisor de su sección disfrutaba de unos días de vacaciones, y este le sustituiría durante una semana, precisamente la misma semana en la que su jefe también estaba de permiso y él había quedado al mando.

Comprobó que quedaban sólo cinco minutos para la hora en la que debía estar ante él y se dirigió hacia su oficina, que se encontraba tres plantas por encima de la suya.

Llamó con sus callosos nudillos a la puerta negra que daba acceso a aquel sobrio despacho, donde le esperaba tras su gran mesa de cerezo y, sin separar los ojos de la pantalla del ordenador, le invitó a pasar.

Agustín se quedó de pie ante las dos sillas de cortesía, que parecían sin estrenar, y permaneció en silencio, a la espera de recibir algún tipo de indicación, pues sabía que no debía sentarse si él no se lo indicaba, que no debía hablar hasta que él le permitiera tomar la palabra, y que no debía moverse si él no se lo pedía.

Tras unos minutos que se le antojaron una eternidad, el supervisor le lanzó una mirada severa y le espetó secamente -¿A qué esperas? ¿Te vas a pasar así toda la mañana? ¿Qué me traes?

Tragó saliva y le puso al día de los objetivos de la semana, las incidencias que habían surgido durante las últimas setenta y dos horas, y las instrucciones que le había dejado escritas su jefe antes de marcharse.

Tras finalizar, el supervisor negó con la cabeza, masculló algo entre dientes que no alcanzó a comprender, y le pidió que le enviase por correo electrónico la estadística de incidencias que se habían producido durante el año que acababa de terminar, invitándole a cerrar la puerta al salir.

– Si hay alguien esperando ahí fuera – añadió cuando estaba a punto de abrir la puerta para marcharse -le dices que no entre ni llame a la puerta hasta que yo le llame, y si no hay nadie, te esperas hasta que ese alguien aparezca, o te buscas la vida, pero no quiero que nadie, bajo ningún concepto, me moleste.

Suspiró aliviado cuando cerró la puerta tras él.

Por suerte había otros dos responsables esperando para dar novedades, por lo que les transmitió el mensaje del supervisor y se marchó.

Lo primero que hizo al llegar a su oficina fue preparar el correo para enviarle el documento que le había pedido.

Buenos días.
Adjunto documento excel con la estadística solicitada.
Un cordial saludo. 
Agustín Blázquez
Departamento de Soporte Informático
Adjuntó el fichero, asegurándose de hacerlo correctamente, y envió el mensaje.

No habían pasado más de dos minutos tras el envío, cuando el teléfono empezó a sonar.

Un escalofrío recorrió su espalda al reconocer el número de la llamada entrante en la pantalla de cristal líquido de aquel aparato que sonaba sin cesar.

El mecanismo del pánico se desencadenó en su cerebro tras descolgar la llamada y escuchar esas dos palabras antes de que el supervisor colgara el teléfono al otro lado de la línea: “Sube inmediatamente”.

Al enfilar el pasillo con todos sus sentidos alerta, preparándose para lo peor, comprobó que tres personas se habían sumado a las que estaban esperando cuando se marchó.

Pasó disculpándose entre los cinco jefes de los diferentes Departamentos, que le saludaron amigablemente, interesándose por la mala cara que llevaba, aunque él no pudo escucharles, pues tan sólo oía una y otra vez aquellas palabras.

Sube Inmediatamente

Tras sortearles como pudo, dejó atrás al grupo que estaba a una distancia prudencial del despacho, para no molestar al supervisor, llamó a la puerta y entró.

Esta vez clavó sus ojos en él nada más entrar en la estancia, y sin dejarle hablar le preguntó directamente: -¿¡Yo qué te he pedido!?

-La estadística de incidencias del año pasado.- Contestó mientras aquella habitación parecía volverse cada vez más y más pequeña, a medida que crecía el temor a haberse equivocado al adjuntar el documento, un temor que comenzó a oprimirle el pecho, pese a que había comprobado dos veces que era el documento correcto.

-¿¡Y entonces por qué me has puesto toda esa mierda en el correo!?- Dijo levantando la voz más de lo necesario.

-No…no entiendo a qué se refiere, señor Supervisor.- Contestó cada vez más nervioso.- Ju…juraría que le he adjuntado lo que me ha pedido, de hecho es imposible que me haya equivocado, lo he comprobado dos ve…

-¡Me refiero al correo, no a la mierda que le hayas adjuntado!- vociferó sin dejarle terminar. Estaba fuera de sí.- ¿¡Acaso crees que esas son formas de dirigirse a un supervisor!?

Fue entonces cuando cayó en la cuenta de lo que ocurría y apretó los puños con rabia. No había cometido ningún error, pero eso ahora daba igual.

-¿¡Te he dado yo pie alguna vez para que te tomes esas familiaridades!?- gritó con la cara roja por la ira, mientras un hilillo de saliva le caía por la comisura de la boca -¿¡Qué coño es eso de “un cordial saludo”!?

Agustín no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. Había escrito miles de correos, y jamás, nunca nadie le había recriminado por las formas.

De hecho nunca nadie le había recriminado nada, pues siempre había sido un trabajador ejemplar.
Hasta hoy.

-No puedes dirigirte así a un supervisor.- continuó bajando varios decibelios el volumen, pero sin variar un ápice el tono despectivo del mensaje.- No sólo cometes faltas de ortografía- dijo refiriéndose al ÚNICO error tipográfico que había cometido en toda su dilatada carrera, y que llevaba grabado en su reloj -sino que ahora resulta que ni siquiera sabes expresarte correctamente. – Hizo una pausa, apuntándole de manera amenazadora con el dedo índice de su mano derecha, continuó. -Agustín, no me gusta nada tu actitud. Me has decepcionado. Yo te tenía bien considerado porque me habían dado excelentes referencias de ti, pero ya veo que no me equivocaba con la primera impresión que diste, y que esas habladurías no eran más que exageraciones infundadas, pues no eres más que un comple...

No pudo terminar con la retahíla, pues cuando estaba a punto de expresar lo inútil que para él era Agustín, el respaldo de una de las sillas de cortesía que éste le arrojó, se estampó contra su rostro, haciéndole caer de espaldas.

Saltó por encima de la mesa y se puso a horcajadas sobre el cuerpo inerte del supervisor, que había quedado inconsciente tras el golpe, y cogiendo la pantalla del ordenador que había sobre la mesa, comenzó a golpearle la cabeza con ella.

Cuando el monitor quedó reducido a astillas de plástico ensangrentadas, continuó golpeándole la cara, o lo que quedaba de ella, con sus propios puños, hasta que quedó exhausto.

Entre jadeos, se levantó y empezó a pisotear el amasijo sanguinolento donde había estado el rostro del supervisor, hasta que finalmente se tranquilizó, y se recompuso la ropa.

Se marchó cerrando la puerta tras él, indicándoles a los que allí esperaban ajenos a lo que había sucedido, que no entraran en aquel despacho bajo ningún concepto hasta que fueran llamados.

viernes, 28 de diciembre de 2018

Sujeto 18.


La guirnalda de luces parpadeaba entre el espumillón, las bolas de colores y los bastones de caramelo que adornaban el abeto de plástico junto al diorama del pesebre, con los crismas navideños como testigos mudos de lo que acababa de suceder, mientras el hombre escribía de forma frenética en su libreta.

Sobre un charco de sangre descansaba el cuerpo sin vida de Carmen, que había estado tan concentrada colocando todos los adornos navideños, que ni siquiera escuchó el ruido de la puerta al abrirse, ni los pasos que se acercaban cada vez más y más a ella.
Justo cuando acababa de enchufar las luces, una mano enguantada la aprisionó, tapándole la boca para que no pudiera gritar, inmovilizándola mientras la aguja hipodérmica se hundía en su cuello, justo en la arteria carótida, donde vació el líquido amarillento que contenía el vial.

Dejó transcurrir un par de minutos, el tiempo justo para que virus se repartiera por todo el organismo de Carmen, quien comenzaba a tener los primeros espasmos, para finalmente deslizar la fría y afilada hoja por su cuello, abriendo la herida mortal por la que comenzó a manar sangre a borbotones.

Dejó caer al suelo el cuerpo de aquella mujer, que se agitaba violentamente mientras su vida se le iba escapando por la herida, y sus ojos quedaron clavados en los de aquel desconocido, que se había sentado en el sillón mientras limpiaba la navaja con un pañuelo de tela de color blanco, a la vez que la observaba pacientemente, esperando poder confirmar que su experimento había sido un éxito.

Finalmente Carmen quedó inmóvil y todo quedó en silencio, el hombre miró su reloj e hizo una serie de anotaciones en la pequeña libreta que había sacado del bolsillo de su abrigo.



 “Lunes 24 de diciembre de 2018 18:53.
Hoy he procedido a inocularle el virus al sujeto 17.
Se trata de una mujer de mediana edad, complexión delgada y aproximadamente metro setenta de estatura.
He optado por ella porque vive sola en una casa aislada del resto de la población, lo que hace que sea idónea para evitar que el suceso del experimento 16 se repita y el virus se propague por accidente.
Esta vez parece que no ha habido efectos secundarios y el cuerpo del sujeto ha soportado bien los cambios.
En tan sólo unos segundos ha empezado a convulsionar, por lo que he decidido neutralizarlo temporalmente para comprobar la capacidad de regeneración del virus.
Llevo unos minutos observando su cuerpo y ya ha comenzado el proceso.
Al principio tan sólo he podido constatar un débil gemido casi imperceptible, pero poco a poco ha ido creciendo en intensidad, hasta que se ha convertido en un gruñido.
Parece que el sujeto comienza a despertar, por lo que estaré atento a lo q"


Carmen se incorporó, y sus ojos inyectados en sangre se clavaron en su atacante, que estaba concentrado en sus anotaciones.Con un salto se puso en pie y de un rápido movimiento que pilló por sorpresa al desconocido, se abalanzó sobre él con una agilidad asombrosa.

Apenas le dio tiempo a reaccionar, y cuando lo quiso hacer, cubriéndose con la mano con la que sujetaba la libreta, ya era demasiado tarde, pues los dientes de lo que hasta hace unos instantes había sido Carmen, se cerraron en torno a su mano enguantada.

De un fuerte empujón se libró de ella, tirándola contra el árbol de Navidad, haciendo que cayera enredada en él, con lo que ganó un tiempo precioso para recomponerse.

Aterrado el hombre vio como el mordisco había atravesado el guante y le había provocado una pequeña herida por la que sangraba ligeramente.

Si no se daba prisa estaba perdido.

Sin perder un segundo, empuñó la pistola que llevaba enfundada bajo el brazo, y apuntó a la cabeza del monstruo que luchaba por liberarse del árbol que lo tenía atrapado.

El silenciador del arma hizo que el disparo quedase ahogado, haciendo que el sonido del cráneo al estallar pareciera amplificado.

Soltó la pistola y con un rápido movimiento se quitó el cinturón, haciéndose un torniquete en torno a la muñeca de la mano herida.

Tenía que evitar a toda costa que el virus alcanzase el torrente circulatorio, si es que no lo había alcanzado ya.

Se dirigió a la cocina sabiendo muy bien lo que tenía que hacer.

Al ver la vitrocerámica maldijo su suerte, pero rápidamente ideó otra estrategia para tratar de cortar la infección.

Encendió el rollo de papel de cocina que había en la encimera con su mechero y lo introdujo en el fregadero. Mientras el fuego crecía, agarró la macheta que colgaba de la pared,  y sin pensárselo dos veces de un rápido y certero movimiento se seccionó la mano justo por debajo del cinturón con el que se había hecho el torniquete.

A punto de perder el conocimiento, se cauterizó la herida con el fuego que había improvisado, y el intenso dolor que sintió le hizo gritar.

Extenuado y con el cuerpo cubierto de sudor, volvió al salón a recoger su libreta y terminó sus anotaciones.


El virus ha actuado tal y como estaba previsto. El tiempo de incubación ha superado mis expectativas y se ha acortado enormemente.
Ya está listo para pasar a la fase B.
El sujeto me ha mordido y ha atravesado el guante de seguridad.
He tomado medidas drásticas pero no estoy seguro de haberlo atajado a tiempo, por lo que estaré atento a


Sufrió un espasmo que le hizo contraer la mano, partiendo en dos el bolígrafo con el que estaba escribiendo.Estaba perdido.

Lo último de lo que fue consciente antes de sucumbir al frenesí fue que involuntariamente se había convertido en el sujeto 18.

martes, 25 de diciembre de 2018

Navidad


Aquella Navidad no habría regalos, de hecho el hueco que siempre había ocupado el viejo abeto de plástico sobre el que solía colocar las bolas de colores, las cintas de espumillón y la interminable guirnalda de luces de colores, estaba invadido por un enorme vacío, un vacío casi tan grande como el que sentía en su corazón.

Sentado en su viejo sillón mientras hojeaba el polvoriento álbum, sus retorcidos dedos iban acariciando todas y cada una de las viejas fotografías en las que habían quedado inmortalizadas las reuniones familiares, esas de las que él había renegado tantas y tantas veces, las mismas por las que ahora sería capaz de vender su alma al diablo.

Eran muchos, demasiados, los que ya no estaban, pues el paso del tiempo se había llevado para siempre a casi todos, el último su hermano, que había partido para siempre varios días atrás.

De hecho eran las primeras navidades que pasaba sólo, o al menos en las que se sentía sólo de verdad, pues ya no quedaban números en su agenda a los que llamar, y esa sensación causaba un extraño nudo en el estómago.

Lo que daría por volver a pasar una última cena con el bullicio de los niños correteando alrededor de la mesa, al compás del sonido de las copas al brindar resonando entre el bullicio de las animadas conversaciones que se iban sucediendo mientras transcurrían esas eternas sobremesas que ahora se le antojaban tan lejanas.

Se fijó en una estampa en la que todos posaban sonrientes, como si de un equipo de fútbol se tratara. 

Era una imagen bastante antigua de tonos sepia y bordes desgastados, sin embargo el recuerdo de aquella Nochebuena era tan nítido que todavía le parecía escuchar los villancicos que sonaban en la radio mientras inmortalizaban aquel momento.

Cerró los ojos con fuerza, y aferrándose a ese recuerdo dejó caer el viejo álbum de fotos mientras su corazón dejaba de latir para siempre.

Cuando reconoció el aroma al vino caliente con canela y clavo, abrió los ojos y ahí estaban todos, riendo y charlando animadamente, tal y como los recordaba.

El anciano sonrió, cogió la copa que tenía junto a él y la alzó mientras gritaba con júbilo -¡Feliz Navidad!

miércoles, 3 de octubre de 2018

El juego de Sverenson.



El bullicioso fin de jornada quedó atrás, y la calma comenzó su reinado diario, ese que debería durar hasta primera hora de la mañana siguiente.

Sin embargo el frenético sonido de un teclado llamó la atención de Carlos, quién solía ser siempre el último en salir.

Se acercó al centro de la centralita para detectar de dónde provenían aquel sonido.

Era Carmen.

-Veo que hoy no voy a ser el último.- le dijo a modo de despedida. –No olvides cerrar la puerta cuando te vayas.

-Si me esperas dos minutos, bajo contigo.- respondió sin levantar sus ojos verdes de la pantalla donde las líneas de código se iban sucediendo a una velocidad vertiginosa.-Esta maldita subrutina se me ha resistido, pero parece que por fin me he hecho con ella. No me acostumbro a este maldito lenguaje… ¡con lo sencillo que era todo antes!

Carlos dejó su bolso sobre la mesa que había junto al desordenado escritorio de la joven y se sentó a una distancia prudencial de ella, pues le gustaba mantener las distancias.

-No tengo prisa, tómate tu tiempo.- dijo mientras se fijaba en las manos que se movían de forma endiablada sobre aquel teclado.

Asintió con la cabeza mientras volvía a perderse entre las líneas de código.

Carlos nunca se había fijado en sus rasgos, de hecho no se había fijado en los rasgos de ninguno de sus compañeros, pues era tan tímido que rara vez solía mirar a los ojos de las personas con las que trataba.

Le pareció una chica bastante atractiva, aunque sabía que jamás reuniría el valor suficiente para ir más allá de una conversación de ascensor, o como ahora, de quedarse esperándola para acompañarla hasta el coche.

Nunca había estado con una chica, y estaba seguro de que nunca lo estaría.

No lo necesitaba, o al menos era lo que se repetía constantemente.

Bajó su mirada hasta que volvió a fijarse en sus manos, que no bajaban el ritmo y parecían golpear las teclas cada vez con más fiereza.

Hasta que por fin pararon.

-Creo que ya está.- Anunció con voz alegre. –Ahora deja que pase el depurador y vea si funciona… -  Dijo mientras comenzó a mover el ratón rápidamente mientras pulsaba en diferentes zonas de la pantalla.- ¡Estupendo! Me ha costado pero por fin lo he conseguido.

Apagó el ordenador y cogió su chaqueta del respaldo de su silla, colocándosela en el brazo.

-Cuando quieras.- Dijo mientras miraba su reloj.- Al final te he entretenido más tiempo del que esperaba, pero quería irme tranquila a casa, porque si no luego me paso la tarde dándole vueltas a todo.

-Si, a me pasa igual.- Contestó Carlos bajando la vista sin darse cuenta.-Yo también le doy vueltas a todo.

-¡Eh! Que estoy aquí arriba, que eso son mis tetas y no hablan.- Dijo Carmen sonriendo al ver cómo el tono de las mejillas de Carlos comenzaban a ruborizarse a gran velocidad.

-Eh…eh…eh…- comenzó a balbucear.

-¡Jajajaja! Estaba bromeando.- dijo tratando de quitarle hierro al asunto, consciente de que aquella situación era bastante violenta para su compañero. –Para compensar la espera te invito a una cerveza, y no acepto un no por respuesta. Como mucho te dejo elegir el sitio.

No conocía ningún sitio, de hecho a sus treinta y tres años ni siquiera había probado la cerveza, pero aún así se aventuró.

-¿Por qué no vamos a El 12?- dijo Carlos esperanzado en que no le preguntase por otro bar, pues era el único cuyo nombre recordaba.

-Mejor no, que desde que murió aquel pobre desgraciado está vacío.- Negó ella haciendo una mueca de rechazo.- Vamos mejor al Bar Manolo, que ponen unas tapas estupendas, y tengo bastante hambre, pues mira qué hora es y todavía no he comido.

Carlos asintió con la cabeza y levantó la mirada, encontrándose frente a los ojos de Carmen, que brillaban con tal intensidad que por un momento pudo verse reflejado en ellos.

Sintió un cosquilleo en el estómago.

Ahora fue ella la que bajó la mirada hacia su bolso, donde comenzó a guardar varias tarjetas, los pen drives y una pequeña esfera de cristal que tenía sobre una pila de papeles.

-¡Venga, vámonos!- dijo con voz alegre mientras empujaba a Carlos agarrándole de la mano.

El contacto con su piel hizo que a Carlos se le pusiera la piel de gallina.

Cerraron la puerta tras ellos y llamaron al ascensor.

Mientras bajaban sintió un irrefrenable deseo de besarla, pero su timidez no le permitió dar el paso.

Ella le miraba divertida.

También le gustaba, pero sabía que no podía permitirse el lujo de tener una relación.

Salieron a la calle y tras cerrar la puerta del edificio, que quedó totalmente vacío y en silencio, tomaron rumbo al bar.

En el exterior los últimos rayos de luz hacía un buen rato que habían dado paso a un cielo negro, sin luna, mientras la temperatura comenzaba a desplomarse. En breve comenzaría a helar.

La calle estaba prácticamente desierta, pues los trabajadores hacía tiempo que se habían marchado a sus hogares, o a algún local donde poder saciar su sed de alcohol y evadirse en buena compañía.

Era poco más de media tarde en aquel día cercano al solsticio de invierno, y en los escaparates ya parpadeaban las luces navideñas.

-¡Brrrr! ¡Joder, qué frío!-Exclamó Carmen frotándose los brazos.

-Si lo hace, si…-mintió Carlos, que en la vida había tenido tanto calor como en ese momento.

De repente todas las luces se apagaron, sumiendo la calle en una oscuridad total.

-Vaya, empezamos bien la tarde.- Dijo Carmen ligeramente inquieta.

Carlos sonrió tímidamente y trató de decir algo, cuando un silbido agudo cortó el frió aire que los envolvía.

Una expresión de asombro quedó grabada en su rostro mientras la cabeza se le separaba del resto del cuerpo y caía al suelo, dando un golpe seco.

Su cuerpo decapitado todavía en pie comenzó a convulsionar, dando dos torpes pasos hasta que cayó a un par de metros de la cabeza.

-¡Joder! – Exclamó Carmen mientras volvía corriendo sobre sus pasos.-Otra vez no.- Se dijo a sí misma mientras reventaba la cerradura de la puerta de una patada.

A su espalda escuchó un estruendo metálico seguido de un silbido, lo que hizo que se agachara justo cuando la puerta por la que acababa de entrar pasaba a escasos centímetros de su cabeza, llegando a rozar su larga cabellera morena, para acabar estrellándose contra el ascensor.

De un salto entró en el baño de mujeres mientras sacaba de su bolso la misteriosa esfera de cristal, que presentaba un tono verde brillante, lo cual no hizo otra cosa que confirmarle sus peores temores.

Era él.  

Se remangó la manga derecha, dejando al descubierto un tatuaje tribal negro con forma de brazalete, justo cuando la puerta del baño salió disparada golpeándola en la espalda.

El golpe hizo que la esfera se le escapara de las manos y salió rodando hacia uno de los cubículos.

Gateó hasta alcanzarla, justo cuando unas manos tiraron con fuerza de ella hacia atrás, arrojándola por los aires.

Una décima de segundo antes de impactar contra la pared, con un rápido movimiento, consiguió colocar la esfera en el centro del tatuaje, haciendo que emitiera un brillo cegador.

El tiempo se detuvo un instante, el suficiente para que millones de pequeñas escamas de color turquesa recubrieran todo su cuerpo, y para que un yelmo en forma de cabeza de lobo cubriera su cabeza.

En su mano derecha apareció una gran espada en cuya hoja el fuego crepitaba con violencia.

No acabó de ponerse en posición de defensa cuando un coloso de armadura roja, cuyo rostro estaba cubierto por un yelmo que representaba la cabeza de dragón, arremetió contra ella empuñando una guadaña negra como el azabache.

-Veo que por fin me has encontrado, Athralad.- Exclamó llena de ira. Acto seguido blandió la espada aguardando el ataque. –Llevo siglos esperando este momento.

-¡¡Sverenna!!- Gruñó una voz grave tras el yelmo mientras lanzaba la guadaña contra ella, que impactó contra la espada, apagando las llamas que la envolvían.

Comenzaron una danza mortal en la que aquella colección de golpes hacía saltar chispas de sus armaduras.

Justo en ese momento, un diestro giro de muñeca de la joven acabó por partir la guadaña en dos, y sin darle tiempo a reaccionar hundió la espada en el cuello de Athralad, para después, con un rápido movimiento, cercenar su cabeza.

En el mismo instante que los restos de su atacante tocaron el suelo se volatilizaron.

Todo quedó en silencio.

No se escuchaba más que la respiración agitada de Sverenna.

-¡Has estado fantástica!- Dijo de repente una voz a su espalda.

Se giró y se encontró con un niño rubio de enormes ojos verdes y una sonrisa sin dientes que destacaba en su rostro redondeado y lleno de pecas.

Sin embargo, pese a su aspecto vulnerable, los ojos de aquel niño transmitían una serenidad y una sabiduría que contrastaban con el resto de su cara.

-Majestad, no debería mostrarse de forma tan imprudente, es peligroso. – saludó Sverenna mientras hincaba una rodilla en el suelo y agachaba la cabeza en señal de respeto tras quitarse el yelmo.- Athralad era solo una avanzadilla del ejército de Sverenson. Pronto vendrán más. Debemos huir. No comprendo cómo han podido encontrarnos en esta galaxia.

-Creo que hemos subestimado a tu padre.- Respondió el monarca endureciendo la mirada mientras apretaba los puños.- Ya ha muerto demasiada gente por mi culpa. Quizás lo mejor sería entregarme.

-¡Jamás! – Negó la joven.- ¡Derramaré hasta la última gota de mi sangre para protegerle!- Añadió mientras se incorporaba.

Un silbido precedió a la flecha que impactó de lleno en su torso, atravesando la coraza de escamas y abriendo el corazón de Sverenna como si de un libro se tratara.

Todo quedó en silencio y la oscuridad fue total.

Dos palabras aparecieron delante de sus ojos.

GAME OVER.

Lleno de furia, Carlos arrojó las gafas de realidad virtual contra la pared, donde saltaron en pedazos.

-Siempre me matan en el mismo punto. Es imposible pasarse este jodido juego.

lunes, 1 de octubre de 2018

Soledad.



Sentado frente al plato de guisantes, con un vaso de vino tinto como único testigo de su soledad, Jesús intentaba comer algo sólido, pero le resultaba imposible.

Había pasado más de una semana, pero la mera idea abrir la boca y acercarse el tenedor cargado con tan sólo dos guisantes, le producía arcadas.

Tenía el estómago completamente cerrado.

Su cuerpo le seguía pidiendo alcohol.

Pese a llevar nueve días sumido en un estado de embriaguez continua, no era capaz de olvidarla.

Cuanto más borracho acababa el día, más la recordaba al día siguiente.

A medida que pasaba el tiempo, más profunda se hacía esa sensación de vacío y esa angustia que le producía la soledad.

De un sorbo se acabó el vino y se puso en pie.

Tras recuperarse del mareo inicial y cuando la cocina dejó de dar vueltas a su alrededor, cogió el plato de plástico lleno de guisantes.

Con paso errático se dirigió al oxidado fregadero y corrió la cortinilla a cuadros que escondía el cubo de basura donde arrojó los restos de su frugal cena.

Debido a su estado, no acertó y parte del contenido del plato cayó al suelo, haciendo que una jauría de guisantes saliese rodando en todas direcciones por aquel suelo de gres blanco lleno de lamparones que había conocido tiempos mejores.

Llamó su atención uno de ellos, el cual acabó su recorrido al chocar contra la pata de la desvencijada mesa de pino a cuyos pies descansaban innumerables botellas de vino vacías.

Recordó el día que compró aquella mesa, pues fue el día en el que la vio por primera vez.

Suspiró y sintió el ardor de la bilis subiéndole por el esófago.

Tuvo el tiempo justo para meter la cabeza en el fregadero y vaciar todo el contenido de su estómago sobre parte la colección de vasos y copas sucias que llevaba ya demasiados días acumulándose.

Se enjuagó la boca, y con paso tambaleante se dirigió al pequeño cuarto de estar, que estaba sólo iluminado por la tenue luz del televisor en blanco y negro que descansaba sobre un pequeño mueble  junto a la polvorienta estantería repleta de libros.

Aquel televisor que tantos años había permanecido apagado, prácticamente olvidado, llevaba encendido desde el día que ella murió, pues el sonido de aquel estúpido aparato era su única compañía.

Se sentó en el cuarteado sillón de escay, que se encontraba frente al televisor con la mirada perdida en algún punto del pasado, dejando pasar los minutos hasta que por fin se quedó dormido.

Soñó con ella.

Ambos corrían por un prado verde colmado de pequeñas flores violetas con cientos de pequeñas mariposas blancas revoloteando a su alrededor.

En el sueño trataba de acariciar su pelo, ese pelo sedoso que tanto anhelaba, pero que nunca llegaba a tocar, pues cuando parecía que las yemas de sus dedos llegaban a su destino, ella se comenzaba a alejar más y más, y a disolverse como si de una columna de humo se tratase.

Se despertó sobresaltado con el rostro cubierto de lágrimas y se puso en pie.

Los primeros rayos de luz colaban entre las lamas de la persiana iluminando los millones de motas de polvo en suspensión que parecían bailar frente a él.

Se acercó a la pequeña mesilla donde descansaba un viejo teléfono de góndola de color rojo.

Sintió una punzada de dolor cuando vio su collar junto al teléfono.

Lo cogió y se lo acercó a la nariz, aspirando profundamente para aspirar su aroma.

Olía a ella.

Lo acarició y volvió a dejarlo donde estaba.

Se sentía tan sólo.

Había pasado diecisiete años sin separarse un solo día de ella.

Diecisiete años que pasaron volando, como pasa el tiempo cuando uno se encuentra bien.

Los dos últimos años los pasaron acompañados por un invitado a quien nadie llamó, pero que se presentó un día y comenzó a devorarla por dentro hasta que al final consiguió llevársela para siempre. 

Nunca antes se había sentido tan querido, tan necesario y tan vivo, y ahora le faltaba todo aquello.

Estaba sólo.

Ya no volvería a ver esos ojos mirándole con devoción y con una lealtad que sólo quien ha tenido alguna vez un perro podría llegar a comprender.

jueves, 27 de septiembre de 2018

La tormenta (2ª parte-Final).



De repente todo quedó en silencio.

Cuando abrió los ojos no había absolutamente nada.

Todo hasta donde alcanzaba la vista era blanco e inmaculado, y no se distinguía forma alguna.

Se giró en redondo buscando algo que le orientase, un edificio, una silueta, cualquier objeto que le resultase familiar, pero no logró localizar ni tan siquiera un punto en medio de aquella blancura infinita.

Alzó la vista y todo era blanco.

Miró al suelo y lo único que vio de otro color fueron sus botas.

Ni siquiera proyectaba sombra, pues parecía que la luz que lo iluminaba todo provenía de todas partes.

Comenzó a caminar, pero sin un punto que le sirviera de referencia no sabía en qué dirección iba.  Podría estar dando vueltas en círculo sin saberlo, por lo que decidió detenerse.

Tras meditar durante unos instantes, optó por quitarse la chaqueta y dejarla para que le sirviera de referencia y comenzó a caminar sin perderla de vista.

Cuando se encontraba a una distancia prudencial, hizo lo mismo con los pantalones.

Tras quedarse completamente desnudo, y cuando estaba a punto de perder de vista la última bota que se había quitado, divisó a lo lejos un punto negro.

Salió corriendo hacia él.

Un grito desesperado salió de su garganta cuando comprobó que se trataba de la chaqueta que acababa de quitarse.

Continuó caminando y fue recogiendo el resto de prendas.

No tenía la más mínima noción del tiempo, y desorientado como se encontraba, decidió sentarse en el suelo.

Intentó quedarse dormido con la esperanza de que al despertar todo hubiese sido un mal sueño, pero no lo consiguió, pues abría los ojos a cada momento esperando volver al cubículo de nuevo.

Fruto de la rabia, golpeó el suelo con los puños, y fue entonces cuando todo cambió de color.

El blanco inmaculado que hasta hacía unos instantes reinaba por todas partes, dio paso a un color marrón rojizo.

Volvió a golpear el suelo con fuerza, pero esta vez nada ocurrió.

Comenzó de nuevo a caminar, hasta que divisó un punto en la lejanía.

A medida que se iba acercando, no pudo dar crédito a lo que veían sus ojos.

Se trataba de la misma chaqueta que llevaba puesta, en la misma posición que la había dejado la primera vez.

A medida que se acercaba a la chaqueta notó una extraña sensación, entrecerró los ojos y vio como una figura se aproximaba también a la chaqueta.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, se percató de que era uno de esos malditos clones.

El clon estaba completamente desnudo, y como había hecho él unos instantes antes, cogió la chaqueta y se la puso.

Comenzó a seguirle a una distancia prudencial, mientras el clon iba recogiendo las prendas que había dejado por el camino.

Observó durante unos instantes al clon tumbado en el suelo, y como al cabo de unos instantes golpeaba el suelo con los puños, fruto de la rabia que él mismo había sentido.

El color volvió a cambiar.

Ahora todo pasó a ser de color verde.

Iván se acercó a su clon, y ambos se observaron durante unos instantes midiendo sus fuerzas.

Al cabo de unos instantes ambos se relajaron.

Iván tomó la iniciativa e indicó a su clon que le siguiera.

Caminaron juntos hasta que encontraron de nuevo la chaqueta, y cuando un nuevo clon apareció en escena, comenzaron a seguirle.

Sin saber por qué, algo impulsaba a Iván y a sus clones a repetir el bucle una y otra vez.

Aquello era tan extraño que no supo oponerse a la extraña fuerza que le arrastraba a continuar.

Al ver cómo el último de los clones tampoco conseguía dormirse, todos golpearon el suelo con rabia a la vez, y se produjo una tremenda explosión cegadora que obligó de nuevo a Iván a cerrar los ojos con fuerza.

Al abrirlos, allí estaba de nuevo, en aquella extraña ciudad en cuarentena, completamente desnudo bajo la lluvia torrencial.

Sus clones empezaron a desmoronarse como castillos de arena a medida que el agua caía sobre ellos.

Mientras la tormenta se disolvía al igual que lo acababan de hacer sus clones, y regresaba a su habitación, bajó la vista a sus manos y vio como en una de ellas aún sostenía la bolsita de plástico que contenía la última pastilla de LSD-STORM que le quedaba, aquella droga que estaba causando furor.

En breve el efecto habría pasado, y volvería a ser un anciano postrado en su silla de ruedas.

Esta vez el viaje había sido mucho más intenso que en otras ocasiones, y a punto había estado de costarle la vida.

Paradójicamente llevaba tantos años sin sentirse tan vivo que supo lo que debía hacer.

Sus dedos temblorosos cogieron la pastilla y mientras dos lágrimas recorrían sus mejillas.

La miró y se la metió en la boca para terminar su viaje.

Cerró los ojos y una nueva tormenta se desató en su cabeza.

Una tormenta que jamás amainaría.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

La tormenta. (1ª Parte)


La lluvia comenzó a caer con más fuerza sobre la caseta prefabricada donde había encontrado refugio.

Tan sólo unos meses antes, en la televisión y en la radio no se hubiese hablado de otra cosa, y la noticia de aquel terrible tifón habría ocupado las páginas principales de todos los periódicos del país durante los días previos, pero esta vez aquello pilló completamente desprevenido a Iván, que comenzaba a tiritar aterido de frío.

Llevaba caminando un par de horas bajo la lluvia buscando un lugar donde guarecerse, pero todas las puertas con las que se fue topando habían sido soldadas y presentaban aquel maldito precinto rojo.

Se encontraba tan desesperado y al borde de la hipotermia que no le extrañó lo más mínimo que aquel cubículo de dos plantas no estuviese también sellado.

Si su mente hubiese estado algo más despejada, se le habrían encendido todas las alarmas ante la puerta entreabierta que acababa de cruzar y que cerró y aseguró con el doble cerrojo que tenía instalada.

Debido a la oscuridad, tampoco se percató del reguero de sangre reciente sobre el que había pasado cuando entró en la pequeña oficina donde comenzó a quitarse la ropa completamente empapada.

Ya habría tiempo de buscar algo con lo que vestirse. Lo importante ahora era impedir que su cuerpo se enfriase más.

El sonido de la lluvia golpeando con furia aquella estructura le impedía escuchar los gemidos que se iban acercando hacia aquel cubículo.

Completamente desnudo, estaba demasiado ocupado forzando la taquilla que encontró en el aseo como para darse cuenta de que unos misteriosos ojos le observaban.

Asombrado ante la suerte que había tenido al encontrar una muda de ropa completa, incluyendo aquel par de botas técnicas, no escuchó como aquella respiración entrecortada se iba acercando a él.

El ruido de los golpes hizo que se girase una décima de segundo antes de que aquella sombra se abalanzara sobre él.

Retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta de la taquilla mientras aquel ser se dirigía hacia él con paso errático y lento, pero con una determinación que nada podría parar.

La intensidad de los golpes en el exterior aumentaba a medida que disminuía la distancia que le separaba de aquel ser.

De manera instintiva agarró la taquilla y la hizo caer sobre aquel ser terrorífico.

Pese a no alcanzar de lleno su objetivo, la taquilla arrastró en su caída al ser y dejó libre una vía de escape que Iván aprovechó.

Tras salir de aquel aseo, se dirigió a la parte superior del cubículo a través de las escaleras, y fue entonces cuando se percató del reguero de sangre que ascendía por ellas.

Se paró en seco y puso  todos sus sentidos alerta.

Pese a la lluvia de golpes que azotaba el cubículo, lo oyó.

Al principio no era más que un suave susurro, pero a medida que ascendía por las escaleras y se iba acercando al origen de aquel sonido, comenzó a ser consciente de que se había metido, sin quererlo, en una trampa de la que le sería muy difícil salir.

Todo su cuerpo se tensó al verlo.

Muy lentamente se giró y comenzó a bajar, pero el ser con el que se encontró en el aseo le esperaba al pie de la escalera.

Estaba rodeado.

Cada vez estaban más cerca.

No tenía escapatoria.

Cuando ambas criaturas se encontraban a escasos centímetros de Iván, la puerta del cubículo cedió y una estampida de esos seres invadió el lugar.

Instintivamente Iván se agachó y cerró los ojos con fuerza esperando lo inevitable.

Todo estaba perdido.

Pero nada ocurrió.

Cuando abrió los ojos todo se encontraba iluminado por una intensa luz azulada.

Todos sus clones habían quedado paralizados.

Iván se puso en pie sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.

Comenzó a caminar entre esos seres que aparentemente eran idénticos a él, los mismos que habían arrasado el país, y quién sabe si el planeta entero, devastándolo todo a su paso.

No supo cómo empezó, ni mucho menos por qué todos eran idénticos a él, pero de lo que estaba seguro era que cada vez había más, y a tenor de lo que había podido presenciar en más de una ocasión, su capacidad de destrucción iba más allá de lo que su mente era capaz de concebir.

Cuando alcanzó la puerta, vio el origen de aquella extraña luz que lo iluminaba todo.

Dos policías le encañonaban parapetados tras un coche patrulla.

Uno de ellos parecía dirigirse a él, pero la furia de la tormenta le impidió escuchar una sóla palabra.

Iván vio de reojo como todos los seres que había dejado a sus espaldas comenzaron a moverse de nuevo.

Levantó las manos lentamente.

Justo cuando sus clones se lanzaron contra la policía y comenzó la lluvia de disparos, cerró los ojos.

martes, 25 de septiembre de 2018

Ocho escalones.


                Acompañado tan sólo por su agitada respiración y el sonido de sus pasos, Josué enfiló el último tramo de aquellas oscuras escaleras antes de llegar a la puerta del pequeño apartamento que había comprado en las afueras.

Le costaba respirar y sentía calambres en las piernas, pero se había prometido a sí mismo no volver a utilizar el ascensor desde que, hacía tan sólo dos días, se quedó encerrado durante cuatro horas hasta que consiguieron rescatarle.

Y él siempre cumplía sus promesas.

Siempre las cumplía desde la última vez que mintió.

Todavía le quedaban ocho escalones para llegar a su meta, todo un infierno en el que los viejos demonios de su pasado comenzaron a desfilar ante él haciendo que el ascenso se tornara imposible.

 Mientras miles de agujas se clavaban en sus pantorrillas al subir el primer escalón, recordó la primera vez que mintió a su madre. Aquel gatito blanco que le regalaron, y cuyos intensos ojos azules volvía a tener ante él, no se escapó como les hizo creer, sino que su cuerpo eviscerado descansaba enterrado en el jardín de aquella casa unifamiliar donde sus padres habían decidido afincarse cuando se enteraron de que esperaban a su primer hijo.

Aquella fue la primera vez que mató.

Al ascender al segundo escalón, sus tobillos emitieron un gruñido de protesta, pues sus casi ciento cincuenta kilos llevaban hasta el límite sus maltrechas articulaciones a cada paso que daba, mientras recordaba como el pequeño cuerpo de su hermanita dejaba de moverse bajo la almohada con la que había decidido hacerla dormir para siempre.

Aquella fue la última vez que mintió a su madre.

El tercer escalón le hizo aullar de dolor, pues al intentar aferrarse a la barandilla sus dedos resbalaron y clavó las espinillas en el filo del cuarto escalón. Al día siguiente tendría un buen moratón, como el que rodeaba su ojo aquel día en el que mintió a su profesora cuando esta le preguntó por el origen de aquel color violáceo, y que, lejos de haber sido causado por el golpe contra su mesilla de noche, tal y como él afirmó, fue producido por los nudillos de su padre... o lo que quedaba de su padre, ya que tras la muerte de Alba, y el posterior suicidio de su madre, se refugió en la bebida para olvidarse de todo, incluso de las funciones que, como padre, quedaron sin desempeñar.

Aquel fue el primero de muchos golpes.

Sentado en el cuarto escalón acariciándose la zona dolorida, recordó como abrazado a su tía, esta intentaba consolarle acariciándole el pelo, tratando de mitigar aquel falso dolor que mostraba por la muerte de su padre, mientras él, no tanto por el roce de los turgentes senos de aquella despampanante mujer, sino por la presencia de aquel cuerpo frío y sin vida, sufría una dolorosa erección que tuvo que aliviar con furia una vez se quedó a solas por última vez con su padre, cuya muerte fue una nueva mentira, al igual que ocurriera años atrás con su madre.

Aquella fue la última vez que se dejó abrazar por nadie.

Haciendo un esfuerzo titánico consiguió coronar el quinto escalón, y un atisbo de euforia le invadió, como la que sintió mientras la vida de su compañera de clase se escapaba entre sus dedos en aquel solitario parque donde la había llevado con la falsa promesa de hacer, bajo la complicidad de las sombras, lo que  tantas veces ella le había pedido.

Aquella fue la primera de muchas presas.

Cogió aire e impulso para alcanzar el sexto escalón, donde le visitó el recuerdo de aquella revisión médica en la que mintió a los doctores cuando le preguntaron por el tipo de dieta que seguía para haber alcanzado el descomunal peso que marcaba la báscula, mientras los cuerpos descuartizados de sus presas aguardaban en su nevera a formar parte de alguna de aquellas deliciosas recetas con las que agasajaba a sus invitados.

Aquella fue la última vez que visitó a un médico.

Ya en el séptimo escalón, donde vació todo el contenido de su estómago, rememoró el día en el que todo cambió, aquel día en el que tras haberla engañado, como a tantas otras, y justo cuando estaba a punto de culminar su ritual, igual que en todas las demás ocasiones, algo despertó en él una extraña sensación que nunca antes había vivido y que hizo que en el último momento decidiera dejarla con vida, pues ella estaba disfrutando tanto como él, y cuando deshizo sus ligaduras, le confesó que tenía sus mismas intenciones.

                Aquella fue la primera vez que se enamoró.

             Cayó desplomado sobre el octavo escalón, entre convulsiones mientras la puerta de su casa se abría y ella se acercó a él con su perversa sonrisa. Se agachó y mientras le mesó el cabello con una mano, le clavó la jeringuilla que sostenía con la otra, inyectándole una dosis letal del veneno que llevaba días debilitándole.

                Aquella fue la primera y la última vez que alguien le engañaba.

                Al dejar de respirar todo se tornó negro y sintió como si flotase atraido hacia una intensa luz que le hizo cerrar los ojos con fuerza.

                Al abrirlos de nuevo vio ante él a aquel gato blanco con sus enormes ojos azulados mirándole fijamente, al mirar sus manos comprobó que sostenía aquel cuchillo con el que empezó todo.

                Entonces lo entendió y supo lo que tenía que hacer.

                Mientras el gato ronroneaba frotándose contra él, terminó de enterrar aquel cuchillo.

                Aquella fue su segunda oportunidad.

               

domingo, 2 de septiembre de 2018

Desaparecidos.




Mientras el cigarrillo se consumía olvidado, el tiempo corría vertiginoso en aquella carrera contrarreloj.

Desesperado seguía hojeando los expedientes de aquellas misteriosas desapariciones que le tenían contra las cuerdas.

Si no lo impedía, en menos de una hora volvería a suceder.

Una tormenta de ideas arreciaba sobre su cerebro mientras el reloj corría a toda prisa en su contra.

Sus más de veinte años de experiencia en policía judicial no le habían servido de nada y ahora estaba desesperado, pero no podía resignarse.

No se lo podía permitir.

Llevaba tres meses al frente de aquellos casos, y no había conseguido nada.

De hecho la montaña que formaban las carpetas con los expedientes de cada caso no había hecho más que crecer.

Todas esas desapariciones seguían un mismo patrón: la víctima salía de casa el viernes y ya no regresaba, sin que nadie llegase a verlas, sin que pudiese confirmarse que habían llegado a salir de su domicilio, tal y como ocurrió con la primera desaparecida.

En aquella ocasión todas las sospechas recayeron sobre el marido y fue tratado como un caso más de violencia de género, pero 72 horas bastaron para demostrar que no había sido así, pues con el marido detenido y a punto de pasar a disposición judicial, apareció el cuerpo, o al menos un cuerpo que todo apuntaba a que era el de aquella pobre mujer.

En todos los casos que sucedieron después, el desenlace había sido el mismo, y en todos ellos los cuerpos que fueron apareciendo tras cada aparición no habían podido ser identificados.

El Brigada Santos dio una fuerte calada a lo que quedaba de su cigarrillo y lo aplastó con furia contra el cenicero, haciendo que varias colillas cayesen al suelo para unirse a las que allí descansaban, y que habían sido testigos mudos de los titánicos esfuerzos del agente por encontrar un resquicio de luz en aquellos extraños casos.

Las imágenes de aquellos cuerpos volvieron a su cabeza.

Habían perdido totalmente la pigmentación de la piel, y no quedaba rastro de pelo en ninguno de ellos.

Pese a que no había sido posible identificar a ninguno de los cuerpos, dada la pérdida de las impresiones digitales de las llemas de los dedos, que aparecieron completamente lisas y la imposibilidad de realizar las pruebas genéticas, pues todos los análisis que se habían realizado habían dado resultados no concluyentes debido a que no había rastro alguno de ADN, los rasgos físicos apuntaban a que aquellos cuerpos pertenecían a las personas desaparecidas.

Todos aquellos extraños cuerpos habían aparecido días después de las desapariciones completamente desnudos, en sus propias casas y en la misma posición: tumbados sobre sus propias camas, con la boca y los párpados sellados, y aquella extraña sustancia rojiza tapando el resto de orificios corporales.

Los forenses no daban crédito, pues las autopsias de todos ellos habían revelado que la sustancia rojiza que parecía sellar sus orificios corporales en realidad rellenaba por completo sus cuerpos, en los que no quedaba resto alguno de huesos, órganos o los fluidos corporales que deberían estar presentes en cualquier cuerpo humano.

Todo aquello se le estaba sobrepasando y estaba al borde del colapso.

Suspiró con resignación y cogió su arma reglamentaria y su chaqueta.

Un poco de aire fresco le vendría bien para despejarse, pues si todo iba como se temía, en unas horas habría una nueva carpeta se sumaría a la montaña que ocupaba su mesa.

Saludó al Guardia que custodiaba la puerta de aquel viejo cuartel en el que le habían dejado un pequeño cubículo donde él y su compañero, que no tardaría mucho en bajar a desayunar, trabajaban a contrarreloj, y enfiló las calles hacia ninguna parte mientras las primeras luces del amanecer aparecían en el horizonte.

Sumido en el torbellino de ideas, hipótesis y conjeturas que se arremolinaban en su cabeza, una extraña luz le cegó por completo y sintió como salía disparado hacia el cielo.

Mientras subía a una velocidad vertiginosa, las palabras que su compañero le dijo justo antes de despedirse de él la noche anterior, retumbaron en sus cabeza:

“-Esto parece cosa de extraterrestres.”

Y así fue.