domingo, 2 de septiembre de 2018

Desaparecidos.




Mientras el cigarrillo se consumía olvidado, el tiempo corría vertiginoso en aquella carrera contrarreloj.

Desesperado seguía hojeando los expedientes de aquellas misteriosas desapariciones que le tenían contra las cuerdas.

Si no lo impedía, en menos de una hora volvería a suceder.

Una tormenta de ideas arreciaba sobre su cerebro mientras el reloj corría a toda prisa en su contra.

Sus más de veinte años de experiencia en policía judicial no le habían servido de nada y ahora estaba desesperado, pero no podía resignarse.

No se lo podía permitir.

Llevaba tres meses al frente de aquellos casos, y no había conseguido nada.

De hecho la montaña que formaban las carpetas con los expedientes de cada caso no había hecho más que crecer.

Todas esas desapariciones seguían un mismo patrón: la víctima salía de casa el viernes y ya no regresaba, sin que nadie llegase a verlas, sin que pudiese confirmarse que habían llegado a salir de su domicilio, tal y como ocurrió con la primera desaparecida.

En aquella ocasión todas las sospechas recayeron sobre el marido y fue tratado como un caso más de violencia de género, pero 72 horas bastaron para demostrar que no había sido así, pues con el marido detenido y a punto de pasar a disposición judicial, apareció el cuerpo, o al menos un cuerpo que todo apuntaba a que era el de aquella pobre mujer.

En todos los casos que sucedieron después, el desenlace había sido el mismo, y en todos ellos los cuerpos que fueron apareciendo tras cada aparición no habían podido ser identificados.

El Brigada Santos dio una fuerte calada a lo que quedaba de su cigarrillo y lo aplastó con furia contra el cenicero, haciendo que varias colillas cayesen al suelo para unirse a las que allí descansaban, y que habían sido testigos mudos de los titánicos esfuerzos del agente por encontrar un resquicio de luz en aquellos extraños casos.

Las imágenes de aquellos cuerpos volvieron a su cabeza.

Habían perdido totalmente la pigmentación de la piel, y no quedaba rastro de pelo en ninguno de ellos.

Pese a que no había sido posible identificar a ninguno de los cuerpos, dada la pérdida de las impresiones digitales de las llemas de los dedos, que aparecieron completamente lisas y la imposibilidad de realizar las pruebas genéticas, pues todos los análisis que se habían realizado habían dado resultados no concluyentes debido a que no había rastro alguno de ADN, los rasgos físicos apuntaban a que aquellos cuerpos pertenecían a las personas desaparecidas.

Todos aquellos extraños cuerpos habían aparecido días después de las desapariciones completamente desnudos, en sus propias casas y en la misma posición: tumbados sobre sus propias camas, con la boca y los párpados sellados, y aquella extraña sustancia rojiza tapando el resto de orificios corporales.

Los forenses no daban crédito, pues las autopsias de todos ellos habían revelado que la sustancia rojiza que parecía sellar sus orificios corporales en realidad rellenaba por completo sus cuerpos, en los que no quedaba resto alguno de huesos, órganos o los fluidos corporales que deberían estar presentes en cualquier cuerpo humano.

Todo aquello se le estaba sobrepasando y estaba al borde del colapso.

Suspiró con resignación y cogió su arma reglamentaria y su chaqueta.

Un poco de aire fresco le vendría bien para despejarse, pues si todo iba como se temía, en unas horas habría una nueva carpeta se sumaría a la montaña que ocupaba su mesa.

Saludó al Guardia que custodiaba la puerta de aquel viejo cuartel en el que le habían dejado un pequeño cubículo donde él y su compañero, que no tardaría mucho en bajar a desayunar, trabajaban a contrarreloj, y enfiló las calles hacia ninguna parte mientras las primeras luces del amanecer aparecían en el horizonte.

Sumido en el torbellino de ideas, hipótesis y conjeturas que se arremolinaban en su cabeza, una extraña luz le cegó por completo y sintió como salía disparado hacia el cielo.

Mientras subía a una velocidad vertiginosa, las palabras que su compañero le dijo justo antes de despedirse de él la noche anterior, retumbaron en sus cabeza:

“-Esto parece cosa de extraterrestres.”

Y así fue.

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