La lluvia comenzó a caer con más fuerza sobre la caseta
prefabricada donde había encontrado refugio.
Tan sólo unos meses antes, en la televisión y en la radio no
se hubiese hablado de otra cosa, y la noticia de aquel terrible tifón habría ocupado
las páginas principales de todos los periódicos del país durante los días
previos, pero esta vez aquello pilló completamente desprevenido a Iván, que
comenzaba a tiritar aterido de frío.
Llevaba caminando un par de horas bajo la lluvia buscando un
lugar donde guarecerse, pero todas las puertas con las que se fue topando
habían sido soldadas y presentaban aquel maldito precinto rojo.
Se encontraba tan desesperado y al borde de la hipotermia
que no le extrañó lo más mínimo que aquel cubículo de dos plantas no estuviese
también sellado.
Si su mente hubiese estado algo más despejada, se le habrían
encendido todas las alarmas ante la puerta entreabierta que acababa de cruzar y
que cerró y aseguró con el doble cerrojo que tenía instalada.
Debido a la oscuridad, tampoco se percató del reguero de
sangre reciente sobre el que había pasado cuando entró en la pequeña oficina
donde comenzó a quitarse la ropa completamente empapada.
Ya habría tiempo de buscar algo con lo que vestirse. Lo
importante ahora era impedir que su cuerpo se enfriase más.
El sonido de la lluvia golpeando con furia aquella
estructura le impedía escuchar los gemidos que se iban acercando hacia aquel
cubículo.
Completamente desnudo, estaba demasiado ocupado forzando la
taquilla que encontró en el aseo como para darse cuenta de que unos misteriosos
ojos le observaban.
Asombrado ante la suerte que había tenido al encontrar una
muda de ropa completa, incluyendo aquel par de botas técnicas, no escuchó como
aquella respiración entrecortada se iba acercando a él.
El ruido de los golpes hizo que se girase una décima de
segundo antes de que aquella sombra se abalanzara sobre él.
Retrocedió hasta que su espalda chocó contra la puerta de la
taquilla mientras aquel ser se dirigía hacia él con paso errático y lento, pero
con una determinación que nada podría parar.
La intensidad de los golpes en el exterior aumentaba a
medida que disminuía la distancia que le separaba de aquel ser.
De manera instintiva agarró la taquilla y la hizo caer sobre
aquel ser terrorífico.
Pese a no alcanzar de lleno su objetivo, la taquilla
arrastró en su caída al ser y dejó libre una vía de escape que Iván aprovechó.
Tras salir de aquel aseo, se dirigió a la parte superior del
cubículo a través de las escaleras, y fue entonces cuando se percató del
reguero de sangre que ascendía por ellas.
Se paró en seco y puso
todos sus sentidos alerta.
Pese a la lluvia de golpes que azotaba el cubículo, lo oyó.
Al principio no era más que un suave susurro, pero a medida
que ascendía por las escaleras y se iba acercando al origen de aquel sonido,
comenzó a ser consciente de que se había metido, sin quererlo, en una trampa de
la que le sería muy difícil salir.
Todo su cuerpo se tensó al verlo.
Muy lentamente se giró y comenzó a bajar, pero el ser con el
que se encontró en el aseo le esperaba al pie de la escalera.
Estaba rodeado.
Cada vez estaban más cerca.
No tenía escapatoria.
Cuando ambas criaturas se encontraban a escasos centímetros
de Iván, la puerta del cubículo cedió y una estampida de esos seres invadió el
lugar.
Instintivamente Iván se agachó y cerró los ojos con fuerza
esperando lo inevitable.
Todo estaba perdido.
Pero nada ocurrió.
Cuando abrió los ojos todo se encontraba iluminado por una
intensa luz azulada.
Todos sus clones habían quedado paralizados.
Iván se puso en pie sin entender nada de lo que estaba
ocurriendo.
Comenzó a caminar entre esos seres que aparentemente eran
idénticos a él, los mismos que habían arrasado el país, y quién sabe si el
planeta entero, devastándolo todo a su paso.
No supo cómo empezó, ni mucho menos por qué todos eran
idénticos a él, pero de lo que estaba seguro era que cada vez había más, y a
tenor de lo que había podido presenciar en más de una ocasión, su capacidad de
destrucción iba más allá de lo que su mente era capaz de concebir.
Cuando alcanzó la puerta, vio el origen de aquella extraña
luz que lo iluminaba todo.
Dos policías le encañonaban parapetados tras un coche
patrulla.
Uno de ellos parecía dirigirse a él, pero la furia de la tormenta le impidió escuchar una sóla palabra.
Iván vio de reojo como todos los seres que había dejado a
sus espaldas comenzaron a moverse de nuevo.
Levantó las manos lentamente.
Justo cuando sus clones se lanzaron contra la policía y
comenzó la lluvia de disparos, cerró los ojos.

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