lunes, 16 de julio de 2018

La muerte no es el final. (Miami. 3ª parte.-Final)


-Por cierto, el paciente de la habitación 406 tiene una fiebre altísima con continuos escalofríos. El Doctor Martin no tiene demasiadas esperanzas y duda mucho que pase de esta noche. – Dijo Sally mientras se vestía.

-¡No me jodas! Es el sexto fiambre de esta semana… ¿Pero qué le pasa a la gente de esta ciudad? ¿Por qué se muere todo el mundo durante mi turno? –Se quejó Davids - ¿No será el viejo de la cara comida, verdad?... Ya se podría haber quedado en el sitio en lugar de venir aquí a molestar. ¡Otra noche sin estudiar por culpa del papeleo, como si lo estuviera viendo!

El joven afroamericano se puso en pie y comenzó a vestirse también. El turno de noche estaba a punto de comenzar, y sabía que el personal de limpieza todavía tardaría un buen rato en acudir a aquel cuarto, pero la noticia le había caído como un jarro de agua fría, y la idea de continuar allí un minuto más le incomodaba.

-Ya viste las fotografías en Internet y por como quedó aquel pobre viejo, creo que es lo mejor que podría pasarle.- respondió Sally apoyando sus manos en los hombros desnudos de Davids.-A mi lo que más me preocupa es el hambre que debía tener el que le atacó… ¡Comerse a un Vagabundo!, con la cantidad de enfermeros apetitosos que hay en esta ciudad, no lo entiendo.-Dijo mientras le propinaba un cariñoso mordisco en el cuello que consiguió que al joven se le pusiera la piel de gallina.

Apartó cuidadosamente las manos de la joven de sus hombros, y se puso en pie para ponerse la parte superior de su uniforme verde.-Lo siento, pero es tarde. El personal de limpieza podría venir en cualquier momento. Si quieres podemos vernos mañana en mi apartamento.

-Sabes que no puedo. Mi marido vuela mañana y tengo que cuidar del pequeño diablillo.-Contestó dándole un beso en los labios a modo de despedida. –Será mejor que me vaya. Hace una hora que debería estar en casa.- Dijo mientras salía de aquel cuarto en el que el olor a productos desinfectantes enmascaraba lo que allí acababa de suceder.

Davids se quedó sólo en aquel cuarto, donde las botellas de lejía y el gel desinfectante para las manos fueron mudos testigos de las dos lágrimas que rodaron por sus mejillas.

Su vida siempre había girado en torno a relaciones tóxicas, pero con esta había batido su propio record. Se había colgado completamente de aquella chica, aunque sabía que jamás abandonaría su vida de cuento de hadas por un joven enfermero sin más aspiraciones que acabar sus estudios de medicina algún día.

Sabía que tenía que borrar a aquella chica de su mente, pero era consciente de que no lo conseguiría tan fácilmente, pues lo que había empezado como una simple aventura, había calado en lo más hondo de su corazón, y se había acabado enamorando perdidamente de la jefa de cardiología.

Respiró hondo y salió de aquel pequeño cuarto de la limpieza sin saber que aquel encuentro con Sally había sido el último.

Después de fichar en el viejo reloj que había junto al ascensor, oculto de las miradas curiosas de pacientes y visitantes, se dirigió al punto de encuentro, donde el jefe de turno le dio las instrucciones tanto a él como a los otros diecinueve enfermeros que formaban parte del turno de noche.

Davids suspiró con resignación cuando el jefe le nombró como uno de los encargados de repartir las bandejas con la cena. Si normalmente la gente se quejaba con las insípidas recetas que preparaban los cocineros que trabajaban en aquel hospital, los domingos, cuando la mitad del personal de cocina tenía el día libre, las quejas se multiplicaban por cuatro, por lo que, saltándose las normas del hospital, que establecían la prohibición del uso de auriculares durante el trato con los pacientes, conectó sus auriculares a su teléfono móvil para escuchar una de sus listas de reproducción favoritas.

Una vez finalizado el reparto y la recogida de bandejas, ajeno a las protestas por el menú de aquella noche, era el momento de controlar la temperatura y las bolsas de suero a los inquilinos de la 4ª planta, donde se encontraban los pacientes procedentes de las Unidades de Gestión Clínica de cirugía maxilofacial y cirugía plástica.

Al tratarse de una planta relativamente tranquila, estaría completamente sólo, por lo que con un poco de suerte sacaría algo de tiempo para repasar un par de temas de Microbiología clínica, siempre que no se cumpliera el pronóstico de Sally.

Negó varias veces con la cabeza al sorprenderse pensando de nuevo en la jefa de cardiología que llevaba ocupando la mayor parte de sus pensamientos desde hacía semanas, y comenzó a visitar a los pacientes.

Los cinco primeros pacientes que, como la mayoría habían sufrido una rinoplastia, dormían plácidamente, por lo que tras comprobar que sus constantes vitales estaban dentro de los valores óptimos, les cambió la bolsa de suero sin despertarles.

Sin embargo al abrir la puerta de la habitación 406, el color rojo del monitor que controlaba las constantes vitales de su morador, le indicó que algo no iba bien.

Cuando comprobó que su temperatura ascendía a 42oC, fue corriendo al botiquín a coger un par de ampollas de Metamizol sódico para tratar de bajarle la temperatura.

Al revisar el estado de la vía dio un salto hacia atrás, pues la piel de alrededor, completamente blanca, pese a que el señor Roland era afroamericano.

Le inyectó directamente en la vía ambas ampollas con el antipirético, aunque sabía que de nada iban a servir.

Sally tenía razón.

Los riñones llevaban varias horas sin funcionarle, y todos los esfuerzos por recuperarlos habían sido en vano.

Por suerte el paciente estaba tan sedado que no sentiría apenas dolor.

Ya solamente quedaba esperar lo inevitable.

Davids suspiró resignado ante el escenario que se le avecinaba, donde sus expectativas de estudio eran cada vez más pequeñas, por lo que con gesto serio continuó su ronda.

Tras salir de la última habitación, donde un joven transexual se recuperaba de una rinoplastia y una reducción de mentón, se dirigió al cuarto de descanso, pero cuando pasó por delante de la habitación 406 se vio obligado a entrar para comprobar el estado del Señor Roland.

Nada más abrir la puerta, como si esperase su llegada, tras tres leves pitidos, el monitor del electrocardiograma pareció saludarle con el pitido continuo que anunciaba que el paciente había entrado en parada cardiorespiratoria.

En lugar de avisar a otro enfermero, como marcaba el protocolo, cerró la puerta tras él y se sentó en el sillón que había junto a la cama, colocándose los auriculares y seleccionando el Canon de Pachelbel de su lista de reproducción, mientras con los codos apoyados en las rodillas se relajaba contemplando la escena, y disfrutando como tantas otras veces de ver la muerte en directo.

Se sentía como un Dios cuando tenía la capacidad de decidir si una persona vivía o no. Bastaba con actuar si consideraba que la vida de alguien merecía su esfuerzo, o sentarse a esperar, como en este caso, si consideraba que debía dejarle morir.

Y esos momentos le gustaba disfrutarlos con su mejor música.

Tras un tiempo prudencial, se puso en pie y se acercó al cuerpo sin vida del vagabundo.

Comenzó a retirarle los vendajes de la cabeza mientras comenzaban los primeros acordes de la Sinfonía número 3 de  Johann Sebastian Bach.

Pese a que estaba acostumbrado a ver mutilaciones y heridas de todo tipo, no pudo contener un grito ahogado de asombro cuando comprobó el estado de las heridas que ocultaban los vendajes.

Toda su cara era un amasijo de carne sanguinolenta llena de pus, y el lugar donde debería estar su ojo derecho, era un hoyo del tamaño de una pelota de golf, mientras que el izquierdo lo ocupaba un párpado cruzado por varias decenas de pequeños puntos de sutura.

A través de sus carrillos destrozados, se podían ver varias piezas dentales, y el lugar donde debería estar su nariz, lo ocupaba una pequeño tubo de plástico que se perdía en su interior.

Mientras comenzaba a sonar “El Cascanueces” de Tchaikovsky, cogió la carpeta que había al pie de la cama y comenzó a repasar el historial del paciente antes de rellenar los formularios de defunción. 

Esa era tarea de los médicos, pero a él le gustaba rellenar una copia para luego compararlos con los que cumplimentaban ellos.

La música no le permitió escuchar los primeros estertores del cuerpo que comenzaba a revivir detrás de él.

Si no hubiese estado tan concentrado rellenando los formularios habría escuchado los gruñidos que emitía la bestia en la que se había convertido el anciano.

Apenas le dio tiempo de sentir como los brazos del anciano le atenazaban por la cabeza y como sus dientes se cerraban en torno a su cuello…

...buscando comida.

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