El ansiado timbre que anunciaba
el final de la jornada por fin sonó.
Tras tantas horas en aquel
monstruo de hormigón, el desagradable sonido fue recibido por sus oídos como
música celestial.
Dejó los auriculares sobre la
mesa y apagó el ordenador.
Su puesto era uno de los tantos
que quedaban sin cubrir durante el turno de noche, y no tenía que esperar a que
llegase ningún relevo para salir.
Se dirigió a los vestuarios para
cambiarse y, tras una larga ducha cogió su mochila y, tras comprobar que no quedaba nadie y apagar las luces, salió.
Pese a estar en la planta 36 de
aquel rascacielos, y a que normalmente tardaba en subir o bajar algo más de veinte
minutos, siempre que podía evitaba utilizar los ascensores para no tener que pasar
ni un segundo en aquellas cajas de cerillas con alguno de sus compañeros.
Sin embargo aquel día la rodilla
le estaba doliendo más de la cuenta y no le quedó más remedio que utilizar el
ascensor. Por suerte, su estrategia de estirar al máximo el tiempo dentro del
vestuario funcionó, pues cuando se abrieron las puertas del ascensor fue la
única persona que entró.
Apretó el botón de la planta baja
y se entretuvo viendo como la cuenta regresiva del cartel luminoso iba
anunciando las paradas que dejaba atrás: 36, 35, 33, 32…
Cuando el ascensor se detuvo
inesperadamente entre las plantas 14 y 13, pese a que se había acabado
acostumbrando a los continuos fallos, soltó un pequeño grito, pues el frenazo
le pilló por sorpresa.
Con cierto aire de resignación,
tras pulsar el botón de alarma y comprobar que no funcionaba, dejó su bastón
apoyado en la pared y se sentó en el suelo con la mochila en su regazo.
Por suerte llevaba un cuaderno en
su interior donde le gustaba escribir pequeñas historias.
Era consciente de sus
limitaciones a la hora de escribir, pero no cejaba en su empeño por hilvanar
buenas historias.
Cuando apenas había empezado,
notó un desagradable olor a huevos podridos.
No le dio mayor importancia y
continuó escribiendo, pero al cabo de unos minutos comenzó a sentir como su
campo de visión se iba cerrando poco a poco, mientras su cuerpo parecía flotar
como si cayera por un precipicio.
Cuando recuperó el conocimiento
le dolía la cabeza. Abrió los ojos desorientada, pero nada de lo que vio le
resultaba familiar. A través de la espesura de los árboles que había sobre
ella, se podía ver un cielo lleno de estrellas.
En seguida se percató de que
aquello no era normal, ya que la habitual contaminación lumínica de la ciudad
hubiese impedido contemplar el cielo tal y como lo estaba viendo en ese
momento.
Al intentar incorporarse,
comprobó que no podía. Estaba inmovilizada.
Comenzó a forcejear pero no
consiguió liberarse de lo que fuera que la tenía sujeta.
Notaba como algo la aprisionaba
por los tobillos, las muñecas, la cintura y el cuello, pero al no poder
levantar la cabeza no consiguió saber qué era exactamente.
De repente sintió como una
extraña fuerza tiraba de ella precisamente de esos mismos puntos, y sin que
pudiese hacer nada para evitarlo, la puso de pie.
Entonces le vio.
Junto al enorme tronco de uno de
aquellos gigantescos árboles se encontraba apoyado el payaso de cara blanca y
pelo rojo que había protagonizado sus pesadillas desde que no era más que una
niña.
Sus ojos inyectados en sangre la miraban divertidos, mientras con el mando Tozer la controlaba a su antojo haciéndola bailar y adoptar posturas inverosímiles.
Normalmente nada más aparecer él,
despertaba de aquellas pesadillas, pero esta vez no despertó.
Pese a ser consciente de que todo
era un sueño, el pánico se apoderó de ella al no poder controlar la situación.
No entendía por qué aquel payaso
seguía allí y no era capaz de despertar.
Cada vez estaba más cerca.
Cuando su nariz roja rozó la
suya, el monstruo abrió una gigantesca boca llena de dientes afilados como los
de una sierra, entre los que, rodeada de gusanos blancos, se movía su lengua viperina de color verde.
El nauseabundo aliento a huevos
podridos de sus fauces, hizo que lo comprendiera todo mientras iba siendo devorada,
pues justo en ese momento recordó que el olor a huevos podridos era una
característica que las compañías distribuidoras añadían al gas natural para
detectar escapes, por lo que supo que nunca más despertaría de aquella
aterradora muerte dulce.

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