Mientras
el joven haitiano huía despavorido ante las amenazas, comprobó satisfecho como
todo seguía en su sitio. Por suerte no llegó a ver su carrito, escondido entre
los cartones, en el guardaba todos sus recuerdos.
Ronald se
había acostumbrado a vivir esa situación casi a diario desde que comenzó su
calvario.
Llevaba toda su vida en la calle, pero desde que la caída de Lehman
Brothers dio el pistoletazo de salida a la crisis global que asolaba al primer
mundo, la supervivencia en las calles se había recrudecido, y eran cada vez más
los habitantes de los suburbios que luchaban por sobrevivir entre la inmundicia
que dejaban aquellos con más suerte y que tuvieron la oportunidad de vivir cómodamente
en aquella sociedad que estaba condenada a desaparecer.
Con
más de 65 años a sus espaldas, Ronald Poppo, al que todos llamaban
cariñosamente “el abuelo Ronnie”, era uno de los veteranos, y pese a que en la
calle todos le respetaban, cada vez más a menudo se veía obligado a recurrir a la
fuerza para evitar perder su alacena, nombre con el que él se refería al
contenedor de basura que había en la parte trasera la pequeña tienda en las
afueras de Little Haiti, uno de los barrios más humildes de Miami, y también
uno de los más peligrosos, donde Ronald había nacido, crecido, envejecido, y
donde tenía claro que moriría.
Abrió
el contenedor con la esperanza de encontrar algo para cenar aquella noche, pero
como el día anterior, estaba totalmente vacío.
Y
seguiría así hasta que Fabienne recibiese el alta médica, algo que tras los dos
disparos que recibió durante el atraco que sufrió varios días antes, se
antojaba harto difícil.
Resignado
suspiró y, a sabiendas de que no le quedaba más remedio, cogió su carrito y se
dirigió al puente de la 95 sobre la 79, una zona de nadie, donde con un poco de
suerte encontraría algo para echarse a la boca.
Pese a
llevar toda la vida viviendo en la calle, el viejo siempre había gozado de un
gran sentido del humor, y era muy querido por todos los vecinos. Sin embargo,
tras la muerte de su hijo cuatro meses atrás, fruto de un altercado con la
policía durante la celebración del año nuevo, su alegría, junto con sus ganas
de vivir, se marcharon al infierno con él.
Con
paso lento y apesadumbrado, sin darse cuenta de la gigantesca sombra que se
cernía sobre él, perdido en sus pensamientos, en los que recordaba cómo los
ojos de su hijo se apagaron para no ver llegar el año 2012, ese año que según
la profecía de los mayas, lo cambiaría todo, llegó a su destino.
Abrió
el cubo y, como si le estuviera esperando, allí estaba un plátano. Tenía la
piel completamente negra, pero Ronald sabía que el interior estaría en
perfectas condiciones, o al menos eso esperaba.
Metió
la mitad de su cuerpo en el gran cubo para intentar alcanzar aquel preciado
manjar, y cuando las yemas de sus dedos acariciaron la piel del plátano, sintió
como unas manos le agarraban de la cintura tirando de él hacia atrás, lanzándole
por los aires como si de un pelele se tratase.
Mientras
volaba hacia el suelo, el tiempo pareció detenerse, y el mundo que había
comenzado a girar ante sus ojos se
detuvo un instante ante la imagen de aquel gigantesco coloso de ébano,
completamente desnudo que le miraba con los ojos inyectados en sangre.
Fue tan
sólo una décima de segundo, pero fue consciente de que algo no iba bien en la
cabeza de aquel muchacho. Fue entonces cuando sus viejos huesos se estrellaron
contra el duro cemento y el crujido de su cadera al partirse le hizo aullar.
Fue un
terrible alarido, un grito que nació en su garganta y que estaba más alimentado
del terror que sufrió en aquel momento que de un dolor que ni tan siquiera
notó.
Sintió
como alguien se sentaba a horcajadas sobre su pecho y vio como aquel gigantesco
coloso negro acercaba su cara a la suya.
Como si
de una bestia se tratase, comenzó a olfatearle.
Ronald
cerró los ojos con fuerza y dejó que la oscuridad invadiese sus pensamientos
mientras el depredador comenzó a comer.

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