domingo, 8 de julio de 2018

Buscando comida. (Miami. 1ª Parte)

-¡Aparta tus sucias manos de ese cubo, maldito hijo de puta!- gritó el viejo vagabundo mientras se acercaba blandiendo amenazante una vara de metal.- ¡Fuera de aquí!


Mientras el joven haitiano huía despavorido ante las amenazas, comprobó satisfecho como todo seguía en su sitio. Por suerte no llegó a ver su carrito, escondido entre los cartones, en el guardaba todos sus recuerdos.

Ronald se había acostumbrado a vivir esa situación casi a diario desde que comenzó su calvario. 

Llevaba toda su vida en la calle, pero desde que la caída de Lehman Brothers dio el pistoletazo de salida a la crisis global que asolaba al primer mundo, la supervivencia en las calles se había recrudecido, y eran cada vez más los habitantes de los suburbios que luchaban por sobrevivir entre la inmundicia que dejaban aquellos con más suerte y que tuvieron la oportunidad de vivir cómodamente en aquella sociedad que estaba condenada a desaparecer.

Con más de 65 años a sus espaldas, Ronald Poppo, al que todos llamaban cariñosamente “el abuelo Ronnie”, era uno de los veteranos, y pese a que en la calle todos le respetaban, cada vez más a menudo se veía obligado a recurrir a la fuerza para evitar perder su alacena, nombre con el que él se refería al contenedor de basura que había en la parte trasera la pequeña tienda en las afueras de Little Haiti, uno de los barrios más humildes de Miami, y también uno de los más peligrosos, donde Ronald había nacido, crecido, envejecido, y donde tenía claro que moriría.

Abrió el contenedor con la esperanza de encontrar algo para cenar aquella noche, pero como el día anterior, estaba totalmente vacío.

Y seguiría así hasta que Fabienne recibiese el alta médica, algo que tras los dos disparos que recibió durante el atraco que sufrió varios días antes, se antojaba harto difícil.

Resignado suspiró y, a sabiendas de que no le quedaba más remedio, cogió su carrito y se dirigió al puente de la 95 sobre la 79, una zona de nadie, donde con un poco de suerte encontraría algo para echarse a la boca.

Pese a llevar toda la vida viviendo en la calle, el viejo siempre había gozado de un gran sentido del humor, y era muy querido por todos los vecinos. Sin embargo, tras la muerte de su hijo cuatro meses atrás, fruto de un altercado con la policía durante la celebración del año nuevo, su alegría, junto con sus ganas de vivir, se marcharon al infierno con él.

Con paso lento y apesadumbrado, sin darse cuenta de la gigantesca sombra que se cernía sobre él, perdido en sus pensamientos, en los que recordaba cómo los ojos de su hijo se apagaron para no ver llegar el año 2012, ese año que según la profecía de los mayas, lo cambiaría todo, llegó a su destino.

Abrió el cubo y, como si le estuviera esperando, allí estaba un plátano. Tenía la piel completamente negra, pero Ronald sabía que el interior estaría en perfectas condiciones, o al menos eso esperaba.

Metió la mitad de su cuerpo en el gran cubo para intentar alcanzar aquel preciado manjar, y cuando las yemas de sus dedos acariciaron la piel del plátano, sintió como unas manos le agarraban de la cintura tirando de él hacia atrás, lanzándole por los aires como si de un pelele se tratase.

Mientras volaba hacia el suelo, el tiempo pareció detenerse, y el mundo que había comenzado a girar ante sus ojos  se detuvo un instante ante la imagen de aquel gigantesco coloso de ébano, completamente desnudo que le miraba con los ojos inyectados en sangre.

Fue tan sólo una décima de segundo, pero fue consciente de que algo no iba bien en la cabeza de aquel muchacho. Fue entonces cuando sus viejos huesos se estrellaron contra el duro cemento y el crujido de su cadera al partirse le hizo aullar.

Fue un terrible alarido, un grito que nació en su garganta y que estaba más alimentado del terror que sufrió en aquel momento que de un dolor que ni tan siquiera notó.

Sintió como alguien se sentaba a horcajadas sobre su pecho y vio como aquel gigantesco coloso negro acercaba su cara a la suya.

Como si de una bestia se tratase, comenzó a olfatearle.

Ronald cerró los ojos con fuerza y dejó que la oscuridad invadiese sus pensamientos mientras el depredador comenzó a comer.         

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