El rítmico sonido del
electrocardiograma, al compás del respirador, terminó por despertarle de la horrible pesadilla que estaba sufriendo.
En ella se encontraba en el parking de un centro comercial
buscando comida, y en cada cubo de basura que abría, encontraba pequeños fetos
atestados de moscas. Eran unas moscas extrañas que le miraban fijamente con las
cuencas de los ojos vacías, sonriéndole con pequeñas bocas llenas de dientes
podridos.
Era perfectamente consciente de
que había despertado, pero algo iba mal.
No veía nada y sentía una gran
presión en la cabeza.
Trató de acercar las manos a su
rostro, pero no alcanzó a tocarlo, ya que lo único que sintió en las yemas de
sus dedos fue el tacto del aparatoso vendaje que envolvía su cabeza.
Entonces recordó algunas imágenes
sueltas de lo sucedido.
Le vino a la cabeza el terrible dolor tras la caída,
al que se sumó después el que sintió tras cada uno de los mordiscos que le iba
propinando aquel desconocido que decidió saciar su apetito con Ronald.
Se estremeció al recordar el
sonido de la carne desgarrándose y separándose de su cara tras cada bocado, y
el ruido de aquella bestia al masticar mientras respiraba ansioso antes de
asestar el siguiente mordisco.
El ruido de las sirenas del coche que se detuvo a escasos metros de ellos, no sirvió para detenerle.
Los
gritos de los agentes tampoco hicieron que parase.
Aquel desconocido siguió comiendo ajeno a las indicaciones de aquella patrulla que no daba crédito a lo que veían sus ojos.
Ni siquiera las cuatro
detonaciones que se escucharon consiguieron detenerle, pues los mordiscos no
cesaron hasta que el quinto disparo hizo que aquel desconocido cayese desplomado
sobre Ronald.
El sonido de una puerta
abriéndose le hizo volver de nuevo a la realidad.
-Bueno, bueno, parece que por fin
ha despertado.- dijo una voz alegre, intuía que de una mujer joven, que no
pasaría de la treintena. -Lleva casi un día entero durmien…¡No intente
levantarse!-Exclamó con severidad tras ver como Roland intentaba incorporarse.-
Es muy importante que no se mueva o le quedarán unas cicatrices horribles. El
doctor vendrá a verle en breve.-Añadió con una voz que volvió a dulcificarse. –Yo
sólo he venido a cambiarle el suero y los antibióticos… ya he terminado, siga
descansando.
Intentó contestar, pero los
vendajes le impidieron articular palabra alguna, y lo único que salió de su
garganta fueron gruñidos ahogados.
-Tranquilícese. Todavía no es
bueno que intente hablar, pues tiene los puntos muy recientes. En unas
horas vendrá a verle el doctor. Intente no moverse y descanse.
La inyección de Olanzapina que le
acababa de suministrar la enfermera comenzó a hacer efecto y se quedó dormido
de nuevo.
Y con el sueño volvieron los
delirios.
Estaba sólo en un extraño cine,
donde se proyectaba “La noche de los muertos vivientes”.
La escena del asedio a la casa
estaba en su máximo apogeo, cuando uno de los estrafalarios Zombies que
hicieron saltar a la fama a George A. Romero, salió de la pantalla y con paso
tembloroso y lento se dirigió hacia donde estaba sentado.
No podía moverse de la butaca, y
el monstruo estaba cada vez más cerca.
Hasta que le alcanzó.
El muerto, que había vuelto a la
vida con un apetito atroz, le agarró del brazo y tiraba con fuerza, tratando de
llevárselo a la boca.
Justo cuando los dientes de aquel
ser se clavaban sobre su piel, despertó.
Instintivamente se llevó la mano
al lugar donde le estaban mordiendo en aquel extraño sueño, y sintió el tacto
de una mano que le estaba sujetando en aquel punto.
-Siento haberle despertado.-Se
disculpó una voz grave.
Esta vez Roland calculó que se
trataba de un hombre maduro, que pasaría de los cuarenta.
Trató de contestar a aquella voz,
pero las vendas no le dejaron articular palabra, y emitió de nuevo aquella
especie de gruñidos.
-Mi nombre es Philip Martin. Soy
cirujano plástico y formo parte del equipo que le ha salvado la vida. Hemos
hecho todo lo posible para reconstruirle la cara. –El hombre hizo una pausa que
provocó un nudo en la garganta a Roland.-Ahora voy a retirarle las vendas para
comprobar el estado de sus heridas.
Entonces sintió como las hábiles
manos de aquel hombre le retiraban las vendas y los algodones que envolvían
su cabeza.
El contacto del aire con su piel
le provocó un alarido de dolor, pues sintió como si miles de cuchillas se
lavasen en su piel.
-Es normal que le duela, pues tiene todo el
tejido muscular expuesto al aire.- Dijo el médico de forma poco
convincente.-Incluso el dolor es bueno, pues indica que el tejido sigue
vivo y no ha perdido toda la
sensibilidad, aunque aún es pronto para sacar conclusiones, pues los próximos días serán cruciales en su recuperación.
La voz del médico le sonó
mecánica y artificial. Sabía que le estaba mintiendo. Sin saber por qué, tenía
la certeza de que algo no andaba bien.
-Deje que le cure y le colocaré
vendas limpias. Parece que tiene buen aspecto, y, si todo va bien, en diez días
podrá abrir de nuevo el ojo.-Anunció el cirujano.
-¿Co… cómo que el ojo?-consiguió
articular Roland.
Instintivamente se llevó las
manos a la cara, pero sus dedos se colaron por un hueco que a él le pareció enorme, por donde pudo sentir el tacto de sus propios dientes, justo donde deberían
estar sus carrillos.
-Veo que todavía no sabe
nada.-dijo el médico con tono grave.- Siento ser yo el que tenga que darle esta
noticia, pero un loco le atacó. Por suerte para usted, una patrulla de policía pasaba
por ese lugar justo en el momento del ataque, y lograron abatir a su atacante.
Tras una pausa para coger aire y
medir sus palabras, el cirujano prosiguió su relato.
-Le trajeron aquí en muy mal
estado, pues había perdido la nariz, ambos pabellones auditivos, gran parte de la
cara y el ojo izquierdo. De hecho el ojo derecho se lo tuvimos que recolocar, y
todavía no estamos seguros de si conservará la visión, aunque el equipo de
oftalmología que lo ha operado es optimista y está bastante esperanzado en
salvárselo.-El médico volvió a hacer una pausa mientras agarraba una mano del
anciano.-Es un milagro que esté vivo, ha tenido mucha suerte. Además, no se
tendrá que preocupar por los gastos médicos, pues la madre de su atacante se ha
comprometido a hacerse cargo de las facturas, así que pasará aquí el tiempo que
sea necesario hasta que se recupere.
-Al parecer -prosiguió el médico-
su atacante se encontraba bajo los efectos de una nueva droga de diseño que ha
entrado con fuerza procedente de los peores suburbios de Jamaica.
Comenzó a sentir como aquella voz se iba alejando cada vez más, hasta que se convirtió en un pitido continuado.
No pudo
escuchar el final del relato del médico en el que le contaba que fueron
necesarios cinco disparos para abatir a su joven atacante, pues la nueva dosis
de Olanzapina que le acababan de suministrar comenzó a hacer efecto, y volvió a
quedarse dormido.
Esta vez no soñó nada, pues el
virus que en esos momentos se multiplicaba exponencialmente en su cuerpo, estaba
a punto de entrar en escena.

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