Sus callosas y agarrotadas manos se aferraban a la maroma
mientras la furia del mar embravecido trataba de doblegarle.
A punto de sucumbir ante la fuerza descontrolada de las
olas, Antonio luchaba por sobrevivir.
No era la primera vez que se enfrentaba a un temporal, y
siempre había salido victorioso de ellas. Sin embargo, esta vez algo había
cambiado.
Había perdido la cuenta de las veces en las que a punto estuvo
de perder la vida en aquellas aguas.
Pese a ello siempre volvía para demostrarse a sí mismo que
era un hombre de verdad.
Mientras se aferraba a la vida con las pocas fuerzas que le
quedaban, no conseguía quitársela de la cabeza pese a que sabía que ya no
volvería a verla.
Los recuerdos de las últimas horas se mezclaban en su mente,
en forma de imágenes que habían ido perdiendo todo su color, tan lejanas que ya
no era capaz de reconocerse a sí mismo.
Con un esfuerzo titánico, comenzó a trepar de nuevo por la
cuerda.
Atenazó el borde de la barca y sin soltarse de la maroma,
tomó impulso.
A punto estuvo de conseguir su objetivo, pero la fatalidad
hizo que la madera de ese punto cediera y volvió a caer al mar.
Maldijo su suerte soltando un grito de impotencia que fue ahogado
por una inoportuna ola que llenó sus pulmones de agua.
Tras superar el ataque de tos y recobrar el aliento,
desorientado y a punto de perder el conocimiento, se tranquilizó al ser
consciente del áspero tacto de la maroma a la cual seguía aferrado con fuerza.
Volvieron a su cabeza los recuerdos de esa misma tarde cuando
ella, arrodillada y con lágrimas en los ojos, le suplicó que no saliese al mar,
seguramente porque sabía la gran tormenta que se avecinaba, a pesar de que en
aquel pequeño cubículo no había ventanas.
Pese a las lágrimas y a las súplicas, finalmente como tantas
otras veces salió a navegar.
Le debía tanto al mar que no podía faltar a su cita diaria con él.
Las frías aguas del Atlántico le regalaron aquella flor del
desierto de nombre impronunciable, que días antes arrancó de las fauces de la
muerte.
Nada más rescatarla del agua, supo que sería la mujer de su
vida.
El destino caprichoso quiso que Antonio pasase justo por ese
punto en el preciso instante en el que se agotaron las últimas fuerzas de
aquella belleza de ébano, y resignada a una muerte segura se dejaba llevar,
como habían hecho las otras 45 almas de sus acompañantes, quienes no tuvieron
tanta suerte y quedaron atrapadas para siempre en las profundidades.
Tras zambullirse en el agua para arrastrarla a la
superficie, consiguió, no sin esfuerzo, subirla de nuevo en la barca, donde
cubrió su cuerpo totalmente desnudo con una vieja manta para intentar que la
joven entrase en calor.
Y fue en ese momento cuando sus miradas se cruzaron por
primera vez.
Fue un instante efímero antes de que ella perdiese el
conocimiento, pero duró lo suficiente para que él supiese que sus destinos habían
quedado enlazados para siempre.
Aferrado a la maroma, aprovechó sus últimas fuerzas para
abrir la mano y dejarse así engullir por el mar, pues supo que era lo mejor.
El primer impulso nada más resbalar y caer al agua, tras
arrojar por la borda el cuerpo sin vida, mutilado y lleno de moratones de
aquella joven, que, como las otras, aún seguía encadenada, fue volver a la
barca.
Sin embargo, tras interpretar lo que estaba sucediendo como
una señal, su mente perturbada supo que esta vez había conseguido encontrar al
amor de su vida.
Cerró los ojos y se sumergió por última vez con la esperanza
de encontrarse con ella de nuevo, convencido de que seguirían unidos para
siempre en las profundidades del océano.
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