sábado, 2 de junio de 2018

El primer ataque.



Esos momentos previos al amanecer en los que caminaba a buen ritmo sumido en sus pensamientos y aislado del mundo a su alrededor gracias a la lista de reproducción que metódicamente preparaba cada noche antes de acostarse, eran los preferidos de Jaime para encontrarse consigo mismo.

Aprovechaba la tranquilidad que le ofrecían las desiertas calles que atravesaba camino al trabajo mientras la ciudad aún dormía, para poner en orden sus pensamientos al ritmo de Queen o The Police, o para fantasear mientras sonaba la Banda Sonora de Supermán con la posibilidad de rescatar a alguien que caía a las vías, o reducir a algún terrorista que osase intentar perturbar la paz de su estación.

Llegó a la boca del metro de Nuevos Ministerios cuando todavía faltaban tres cuartos de hora para que comenzase su jornada laboral, por lo que tenía tiempo más que de sobra para tomarse el café junto a Pedro y Carlos, los compañeros que finalizaban el turno de noche esa mañana, y por qué no, flirtear con Elena, la taquillera que le volvía loco.

Entró en el minúsculo habitáculo del andén de la Línea 6 de metro que hacía las veces de vestuario y que estaba ocupado únicamente por seis estrechas taquillas y abrió la suya.

Mientras se cambiaba, su mirada se fijó en el reflejo que le ofrecía el pequeño espejo que colgaba del interior de la desvencijada puerta metálica. Pese a que el derrame que rodeaba el iris azul claro de su ojo izquierdo aún estaba presente, el moratón que, desde la pelea con aquel maldito inconsciente que había osado profanar los tornos de su estación, rodeaba su maltrecho ojo, y que durante los primeros días tanto había llamado la atención debido a la claridad de su tez y el amarillo pajizo de sus cejas, prácticamente había desaparecido.

Pese a que Jaime no era demasiado alto ni corpulento, no dudaba un instante en enfrentarse a cualquiera que no cumpliese las normas, pues él estaba allí para que todo funcionase en orden. Como ex policía se veía en la obligación de actuar siempre, utilizando la fuerza si para ello era necesario.

Cuando salió del vestuario, vio llegar corriendo a Carlos con la cara desencajada.

-¡Corre Jaime, están robando a Julián!-  le dijo con un grito ahogado intentando moderar la voz para que nadie le escuchase. –Pedro lo tiene reducido, es mejor que vengas a ver esto.

Julián era el vendedor de Cupones de la estación y algunos días les acompañaba en su café matutino, pues vivía sólo y su única familia eran los trabajadores de la estación.

Ambos llegaron corriendo al hall de la estación donde por suerte aún no había nadie pues aún quedaba media hora para que la estación abriese sus puertas al público.

Lo que vieron allí les dejó sin aliento, pues el pobre Julián yacía en el suelo rodeado de un charco de sangre que se iba haciendo cada vez más grande, mientras Pedro bufaba sentado sobre un joven con la cara desencajada que se retorcía con los ojos desorbitados mientras la espuma sanguinolenta que salía de su boca le cubría la barbilla.

-Este malnacido le ha mordido – dijo sin aflojar su presa. -Elena ha ido corriendo a llamar al 112, pero parece estar bastante jodido. ¡Le estaba mordiendo, me cago en la puta!, ¡Este hijo de puta le estaba mordiendo!- dijo señalando al cuerpo que yacía tendido en la estación mientras el joven al que tenía atenazado se intentaba liberar violentamente.

Jaime se acercó al cuerpo de Julián mientras Carlos ayudaba a engrilletar al joven que cada vez se mostraba más agresivo.

Se agachó a tomarle el pulso en la muñeca pero no lo encontró.

Respiró hondo, se frotó la mano, pues tenía los dedos entumecidos y volvió a intentarlo.

Nada.

Asustado por la gravedad de la situación, se colocó para comenzar a realizarle la maniobra de Reanimación Cardio Pulmonar tal y como le habían enseñado en el curso de primeros auxilios al que, como todos los vigilantes de seguridad, había asistido antes de empezar a ejercer.

-¡Carlos, se nos va! ¡Ayúdame, coño!- gritó Jaime mientras colocaba el cuello y abría la boca de Julián para, tras comprobar que la lengua estaba obstruyendo las vías respiratorias, introducirle dos dedos para intentar sacársela tal y como le enseñaron en la curso de primeros auxilios.

Todo ocurrió muy rápido.

Mientras la boca de Julián se cerraba repentinamente sobre los dedos de Jaime, el joven descontrolado se retorció de la presa de Pedro y de un mordisco seccionó su yugular.

El aullido de Pedro mientras soltaba al joven y se llevaba las manos a la herida del cuello por donde se le escapaba la vida, se solapó con el grito desgarrador de Jaime al ver cómo había perdido las dos últimas falanges de ambos dedos.

Carlos se paró en seco en medio de ambos, y contempló horrorizado el dantesco escenario que tenía ante sus ojos.

El joven sin nombre fuera de sí al que hacía unos segundos Pedro parecía tener completamente controlado, se abalanzó sobre su captor mientras lanzaba dentelladas como si de un perro de presa se tratase, mientras Jaime se arrastraba de espaldas hacia él, huyendo de lo que hace unos minutos era Julián y que en esos momentos comenzaba a levantarse entre terribles convulsiones.

Pedro cayó de rodillas mientras el joven desconocido se abalanzó sobre él y con un frenesí inhumano comenzó a morderle la cara, por lo que Carlos fue corriendo a ayudarle mientras sacaba la defensa del tahalí.

El monstruo en el que se había convertido Julián, estaba cada vez más cerca. Caminaba de forma convulsa con su mirada salvaje clavada en Jaime mientras su boca expulsaba una espuma sanguinolenta similar a la del ser que estaba sobre Pedro sin inmutarse por los golpes que Carlos le estaba propinando.

Cuando todo parecía perdido, la detonación que precedió a la explosión que hizo desaparecer la cabeza de Julián detuvo el tiempo.

Sonaron otras dos detonaciones mientras exhausto Jaime se tumbó en el suelo sujetando su maltrecha mano mientras su mirada se perdía en los fluorescentes de la estación.

Una cabeza cubierta por un gorro negro y lo que parecía una máscara antigas también negra con el logotipo del CCE ocupó su campo visual, y los fríos ojos tras la máscara le miraron un instante a los ojos antes de fijarse en su mano.

Jaime suspiró y le dedicó una leve sonrisa a su salvador.

-Señor, hay dos civiles que parecen estar bien, pero parece que ha mordido al otro.- dijo su salvador. – Si señor… lo se señor… por supuesto, procederé según lo establecido. No tenemos alternativa. Cambio y cierro.

El salvador apuntó con su fusil de asalto a la cabeza de Jaime y lo último que vio fue el fogonazo que precedió a la cuarta detonación que se escuchó aquella mañana y que por desgracia serían las primeras de muchas.

viernes, 1 de junio de 2018

Alergia.


Como si de una pesadilla se tratase, con paso lento y tembloroso, el joven agente del CCE entró en la última habitación de la vivienda donde su Capitán le había enviado, la cual se encontraba totalmente a oscuras debido al apagón que acababa de producirse.

Al parecer había aparecido un nuevo caso y debían actuar con total discreción y rapidez, pues no podían permitirse el más mínimo error.

Apuntó con la linterna a la cama donde yacía inerte el cuerpo sin vida de, si la información que le habían dado era correcta, Héctor Marín, junto al que había una especie de cuaderno.

Justo en el momento en el que se agachaba a recoger lo que finalmente resultó ser un diario, se restableció el fluido eléctrico, y la habitación quedó inundada por la luz.

Tras superar el sobresalto que le produjo el repentino encendido de la lámpara de la habitación, comprobó que la última entrada del diario parecía de hacía apenas unas horas.

“5 de enero de 2017

Hoy he amanecido bañado en sudor, y digo amanecido y no despertado porque no he podido pegar ojo en toda la noche debido al deplorable estado en el que me encuentro.

Casi arrastrándome he conseguido llegar al baño donde el penoso espectáculo que me ofrecía el espejo ha hecho que un escalofrío recorriera mi espalda… bueno, realmente no estoy seguro de que haya sido causado por la imagen deformada que veía reflejada, ya que los llevaba sintiendo desde la noche anterior.

Además de la habitual sombra de las ojeras que me llevan acompañando toda la vida, había algo más, pues podía apreciarse el tenue relieve de los numerosos capilares de mis párpados y que se extienden hasta la mitad de la frente y la parte de mis mejillas que deja ver mi cada vez más escasa barba, y que apenas disimula el ceniciento color de mi piel.

Observando el derrame que adorna mis ojos, he podido comprobar cómo mis pupilas estaban exageradamente dilatadas, tapando completamente el iris, y que puede ser el motivo por el que llevo días sufriendo hipersensibilidad a la luz, lo cual hace que sienta un terrible dolor, similar al de cientos de alfileres clavándose en mis ojos cada vez que miro directamente a alguna fuente de luz.

El extraño ronroneo que lleva días acompañando mi agitada y cada vez más débil respiración, puede estar causado por la ingente cantidad de moco parduzco que llevo expulsando con cada arranque de tos, y que son cada vez más frecuentes y dolorosos, haciendo que me retuerza de dolor con los más fuertes. 

He intentado abrir el armario del baño y me ha costado una barbaridad, pues sentía como si mi brazo pesase una tonelada, aunque finalmente he conseguido coger el cepillo de dientes tras lo que a mí me ha parecido un esfuerzo titánico.   

Mientras me lavaba los dientes, he notado como se me caía una muela, y al mirar mi maltrecha boca he comprobado asustado como las encías habían adquirido un alarmante tono verdusco, y en el hueco que ha quedado tan sólo había una perla de sangre negra coagulada.

Debería desayunar algo, pues llevo prácticamente todo el fin de semana sin comer, pero la mera idea ingerir algo sólido me da nauseas, por lo que creo que voy a acercarme al médico, aunque tal y como están de colapsados por este brote tan agresivo de alergia, no estoy seguro de que puedan atenderme.


Pues al final ha habido suerte y me han atendido tras esperar menos de lo que me imaginaba.

Me ha dado un fuerte ataque de tos en la atestada sala de espera, y una amable señora me ha ofrecido un clínex para taparme la boca y dejar así de salpicar a los niños que estaban correteando por allí.

Cuando ha cesado la tos y he mirado el pañuelo, este se encontraba perlado de pequeñas gotitas de sangre. Disimuladamente lo he guardado sin poder evitar fijarme en la diadema blanca que llevaba una de las niñas, que como me temía, también estaba manchada de los pequeños puntitos carmesí.

El médico nada mas verme ha dado un paso atrás y ha comenzado a vomitar preguntas a gran velocidad y a escribir atropelladamente en su cuaderno a medida que iba respondiendo. Ni me ha tocado y me ha recomendado quedarme en casa y que no salga bajo ningún concepto. También me ha dicho que esta misma tarde mandarían a alguien del CCE para que me diesen un tratamiento adecuado.

Si no me equivoco, el CCE es el Centro de Control de Enfermedades... y yo que pensaba que aquí en España no teníamos de eso. Me encantaría buscar algo de información al respecto en Internet, pero desde el último ciberataque no han sido capaces de restablecer los servidores caidos, y el servicio de Internet está limitado al Ministerio de Defensa y las Fuerzas y cuerpos de Seguridad.

Hay que joderse... me acabo de rascar la coronilla y me he llevado un trozo de piel bastante hermoso. Héctor, esto no se arregla con Paracetamol y reposo, me temo que es más grave de lo que creía. Algo huele mal, y no lo pienso sólo por mi olor corporal, que se ha vuelto nauseabundo, no... aquí hay gato encerrado.

He vomitado y creo que tengo fiebre.

Voy a intentar dormir un poco”.


Reconoció los síntomas y al instante supo lo que tenía que hacer. Abrió la pequeña lata que llevaba consigo y vertió el queroseno inflamable sobre el cuerpo sin vida de Héctor, que estaba comenzando a despertar.

Encendió el mechero y prendió el pequeño reguero del líquido inflamable que condujo la llama hasta la cama, la cual comenzó a arder con violencia entre los gritos de lo hasta hacía un par de horas era Héctor.

Cerró la puerta tras él, y se marchó mientras las llamas devoraban la vivienda.

De nuevo habían conseguido pararlo a tiempo… ¿Hasta cuando duraría esa suerta?

domingo, 1 de abril de 2018

La semilla de Atapuerca.





Atrás quedaba un duro año académico para Carmen, quien por fin había logrado alcanzar su sueño. Tras conseguir la mejor nota su promoción, había sido premiada con la tan anhelada beca que daba acceso a participar en las excavaciones de la Fase X en la sierra de Atapuerca, junto a un nutrido grupo de experimentados paleontólogos, encabezados por el Dr. Fonts.

De camino al complejo centro de investigación, la joven recordó como siendo tan sólo una niña, quedó cautivada con las historias de Lucy y Miguelón que le contaba su abuelo, quién se encargó de plantar la semilla cuyo fruto había sido la tan trabajada Matrícula de Honor en su Trabajo de Fin de Grado en Paleontología.

Tras una breve charla de bienvenida, en la que el propio Fonts presentó a su mejor alumna al resto del equipo, se apagaron las luces de la pequeña sala de reuniones y dio comienzo una proyección en la que se detallaban los resultados de la última fase, y se adelantaban los objetivos de la Fase X, la que, según palabras del Doctor, sería la más ambiciosa de todas, pues si sus teorías eran exactas, estaban a punto de demostrar que el Homo sapiens sapiens había coexistido en la Sierra de Atapuerca con  Miguelón, el Homo heidelbergensis hallado en la Sima de los huesos, y que había sido datado con más de 600000 años de antigüedad, y echar así por tierra todas las teorías de la evolución humana existentes hasta la fecha.

Carmen conocía perfectamente esta línea de investigación, pues había devorado todos los artículos científicos en los que participaba el Doctor, y pese a que la idea le generaba gran escepticismo, no puso ninguna objeción, al igual que el resto del equipo, y se limitó a acariciar nerviosa su amuleto contra el mal de ojo en forma de puño.

-Ahora si me acompañáis, vayamos a ver al huevo, pues esta mañana me han confirmado que ya está listo.

Un murmullo generalizado de asombro fue creciendo entre los presentes y acompañó al grupo hasta la puerta acorazada que protegía el acceso al nivel inferior.

La puerta se abrió con un estruendo, y ante las miradas de asombro de los presentes se alzaba un enorme huevo blanco del tamaño de un automóvil en el centro de una gran sala diáfana, en cuya superficie se repartían de forma uniforme centenares de luces que parpadeaban de forma aleatoria.

-Como al Doctor Ignacio no le gusta que lo llame así, os presento formalmente al Proyecto X. – Anunció el Doctor señalando a la estructura que se alzaba ante ellos -Técnicamente es algo complicado de explicar, así que lo mejor será que vayamos al grano: se trata de una máquina que nos permite viajar al pasado y poder comprobar in situ cómo estaba este lugar hace seiscientos milenios.

Tras una breve pausa mientras contemplaba las caras boquiabiertas de sus colaboradores añadió – Tranquilos, ya habrá tiempo para las explicaciones. Carmen – dijo dirigiéndose a la joven que lo miraba alucinada – como mi mejor alumna, tú serás la primera en viajar conmigo en el hue…en el proyecto X.

Entre murmullos de protesta, una puerta como salida de la nada se abrió en el huevo, y Carmen, que parecía flotar, acompañó a Fonts a su interior, y tras ellos, la puerta se cerró tan rápido como se había abierto.

Las luces que rodeaban la estructura comenzaron a parpadear cada vez más rápido, hasta quedar todas ellas encendidas y durante dos segundos el huevo se volatilizó ante los presentes, para volver a aparecer cubierto de polvo y algo oxidado.

La puerta del huevo se abrió de nuevo, y de él salió el Doctor Fonts con una maléfica sonrisa en su rostro.

-Vayamos fuera y os indicaré  el punto exacto donde planté la semilla para empezar a excavar cuanto antes.- Dijo mientras saboreaba el prestigio que conseguiría gracias al hallazgo de un esqueleto femenino de Homo Sapiens con más de 600000 años de antigüedad, y acariciaba un amuleto en forma de puño que llevaba en el bolsillo.

domingo, 14 de mayo de 2017

The show must go on...




Es curioso cómo a veces la vida se encarga de bajarte de tu pedestal a base de golpes.

Es curioso cómo te recuerda de vez en cuando que ella es la que lo controla todo y que tú no eres más que un simple actor secundario de su obra de teatro, esa que tiene escrita y que está llena de giros argumentales, unas veces alegres, otras tristes, y otras, como el que tuve el dudoso honor de presenciar hace cuatro días, trágicos.

Es curioso cómo esa misma vida que tantas alegrías es capaz de darte, te saca de la rutina con una facilidad pasmosa, tal y como ocurrió el pasado miércoles.

Como cada día, llegaba a casa pasadas las cuatro y media, y mientras comía junto a Ana, charlando de cómo había ido el día, como siempre, justo cuando empezaba a dar cuenta de un postre de kéfir con piña, el cual, dicho sea de paso, no me estaba gustando nada, sonó el teléfono.

Sonó el teléfono como tantas otras veces, pero jamás había visto unos ojos como los que precedieron al alegre“¡Dime!” con el que ella siempre coge el teléfono.

Ana se levantó como un resorte, y mi cerebro no necesitó escuchar nada más, pues eso de que una imagen vale más que mil palabras es una verdad como un templo, e inmediatamente temí lo peor.

Y lo peor se cumplió.

Todos los tópicos que se puedan decir al respecto están de más, y por más vueltas que pudiera darle a lo que pasó esa tarde, seguiría sin tener sentido.

Ahora mismo tengo jugando delante de mí a mis dos sobrinas, junto a lo que un día fue mi cuñada, y que ahora es la reencarnación viva del dolor, un dolor que no soy capaz de abarcar, y ante el que no me salen las palabras.

Soy incapaz de explicarme cómo es posible que el guión que tenía preparado la vida para esa tarde, pudiese ser tan cruel.

Como cada día, él volvía a trabajar después de comer, pero esta vez se marchaba para no volver, una partida sin regreso y sin ocasión de despedirse, un adiós para siempre de los que nadie quiere ser el protagonista.

Como reza la canción de Alejandro Sanz, se nos ha quedado a todos el corazón partido.

Y es que José era otro actor secundario más de ese gran teatro que es la vida, pero también es cierto que se había convertido en el actor principal de la trama de Mamen y sus dos pequeñas, Mía y Noa, y se había convertido en actor secundario nominado al Óscar en otras muchas tramas, o en el típico secundario cómico que con sus gags o con sus chascarrillos, conseguía arrancarte una sonrisa por más amargado que uno estuviera. (Que curioso, ahora todos los problemones se han convertido en banalidades… “Nota mental, sacar tiempo para reflexionar de esto”).

Me duele escribir de él en pasado, y hoy mientras cocinaba, me he dado cuenta de lo que voy a echar de menos ese “¿Qué tenemos hoy, Panoramix?”, y su cara de asco exagerado que ponía cada vez que preparaba algo con cebolla.

Pues bien, hoy he preparado pisto con cebolla, para no perder la costumbre, si, porque reconozco que soy bastante cabrón, y más me dicen “No me gusta esto”, más de esto preparo.

Pero hoy la cebolla tenía una doble misión, y era la de poder tener una excusa para esas lágrimas que salen a reducir cuando menos las espero.


Por supuesto que, como nos cantó Freddie Mercury, el espectáculo debe continuar (“The show must go on…”), y sin lugar a dudas, el espectáculo continuará, pero ya nunca más será el mismo.

viernes, 31 de marzo de 2017

Literatura: Holocausto en Manhattan.



          
       

       Tras un tiempo parado, vuelvo a escribir una entrada en el blog, esta vez para comentar una novela que acabo de terminar, y que me ha parecido que merece la pena compartir con vosotros.


       Aún siento la presión en el estómago y el ligero escozor en los ojos fruto de las lagrimas contenidas tras leer las últimas líneas de Holocausto en Manhattan, la primera novela que leo de Bruno Nievas –pero no la última, de eso estoy seguro-, que adquirí hace casi un mes en El Corte Inglés de La Garena, casi por casualidad.

          Recuerdo que fue un día de esos que yo llamo grises, tras una semana cargada de trabajo, de esas semanas a las que llegas al fin de semana agotado, no tanto en lo físico, sino mentalmente, psicológicamente.

          Recuerdo que ese mismo martes acababa de asistir al estreno de “Inercia”, de Jesús Agudo, en el Bar La Pocha, cerca de Nuevos Ministerios, y todavía estaba impactado ante el gran trabajo que había visto.

          El corto está basado en un relato de Andrés Moreno, y pese a que me encantó, he de reconocer que me generó un torrente de sentimientos encontrados, dónde se mezclaban admiración por Andrés y Jesús, pero también envidia, envidia sana, por supuesto, pues siempre he querido escribir algo más que simples relatos, acompañados de asombro ante lo que acababa de ver, y un poquito de odio hacia mi mismo por no haber tenido la constancia suficiente para continuar con mis clases de teatro, vamos que me vino un síndrome premenstrual en toda regla, el cual, mezclado con la astenia primaveral, hizo que cayese en un pequeño bache anímico que me condujo a ir de compras ese sábado.

          Pero claro, ir de compras sin dinero es como el que tiene tos y se rasca, como suele decir nuestra guía práctica de dichos populares, y frustrado por no poder comprar nada, acabé deambulando por la sección de ofertas, concretamente una cesta donde había libros por 5,95€.

          Empecé a remover los libros, sin albergar esperanza alguna en encontrar un best-seller, pero también con ese hormigueo en el estómago, como cuando de niño jugaba con buscar tesoros escondidos en la azotea del viejo cuartel de Ribes de Freser, aquel pueblecito del Pirineo, al pié del Vall de Nuria, donde destinaron a mi padre a mediados de los 80´s.

          Y mira tú por donde que me topé con esta novela.

          La verdad es que, a demás de por el precio, casi irrisorio, la compré guiado por los buenos comentarios que había leído en las redes sociales, y porque en Kryptos, la primera novela de Blas Ruiz Grau que llegó a mis manos, ya había leído algo de Bruno Nievas, pues en este libro, cuyos beneficios van destinados íntegramente a la ONG Educo para financiar becas de comedor para los que más lo necesitan, Bruno Nievas aportaba un capítulo íntegro, y tengo que admitir que me gustó lo que leí.
   
          Y bueno, tengo que admitir que no sólo no me ha decepcionado, sino que me he llevado una grata sorpresa tras terminar hoy, entre lágrimas, de leer Holocausto en Manhattan.

          Pero no me malinterpretéis, que no se trata de un drama, pese a que hable de un drama, no se trata de una novela romántica aunque esté escrita con mucho corazón y cargada de sentimientos.

          Es una novela del holocausto, pero desde un punto de vista mucho más atractivo para aquellos lectores a los que, como a mí, les gusta la acción, pues en ella hay acción a raudales, vaya que si la hay.

          Es una novela de acción, pero desde un punto de vista mucho más atractivo para los amantes de la novela histórica, pues narra sin tapujos los horrores del holocausto judío de forma cruda y bastante realista y que hacen que el lector se sumerja en la angustia y la desesperación de los campos de concentración de la Alemania nazi.

          Haciendo uso de una narrativa sorprendente, y una gran capacidad para ir trenzando historias paralelas en dos líneas temporales distintas, sin descuidar ni un solo detalle, para regalarnos una historia sólida y sorprendente, Bruno Nievas consigue enganchar al lector desde la primera a la última página, sin que el ritmo decaiga ni un ápice.

          Es difícil hablar de esta novela sin dar detalles y sin caer en la tentación de hablar demasiado, de hablar de sus personajes, a los que llegas a coger cariño, a los que llegas a odiar, y a los que llegas a temer, por lo que me limitaré, ya no a recomendaros, sino a rogaros que lo leáis, y a dejaros el resumen que viene  a continuación.

          “Septiembre de 2010. Mike Brenner imparte una clase en la universidad sobre ondas binaurales, un tema que le preocupa por las graves adicciones que generan y que nadie parece estar detectando.

          Poco antes, una camioneta de reparto está a punto de caer al río Hudson. Su conductor logra evitar el accidente, salvando así de una muerte segura a su familia, rehenes de unos tipos que quieren asegurarse de que cumple con su misión: transportar una bomba atómica al centro de Manhattan.

          Febrero de 1944. Leon Yeser, un adolescente judío, es separado de su madre y de su hermana pequeña nada más bajar de uno de los «trenes de la muerte». Al intentar ayudarlas es brutalmente golpeado por un soldado nazi, al que mira fijamente a los ojos. Entonces, algo sucede.

          Poco después el nazi, tembloroso, llama a la puerta del bloque 10 para pedirle ayuda a la única persona que puede entender lo que acaba de sucederle: el doctor Josef Mengele.

          Un thriller de acción trepidante y ritmo vertiginoso, que te dejará sin aliento por la agilidad de su trama y las impresionantes revelaciones que contiene.”


          Espero que os guste tanto como a mí, eso si, no leáis las últimas 30 páginas en sitios públicos si no queréis pasarlo mal...

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Un café.

Este es mi segundo relato, casi terminado in extremis, para participar en el concurso de Zenda Libros, #historiasdemiedo. Espero que os guste.




          Sólo quería un café, nada más, no sabía por qué, pero NECESITABA ese café. Y todo se complicó.

          Si hubiese tomado ese maldito café en casa, no habría ocurrido nada de lo que ocurrió, pero ahí estaba, con los pies y las manos atados a la camilla, esperando a que la inyección letal hiciese justicia, o al menos que cumpliese ese concepto de justicia que tienen los Texanos, pues como le decía su profesor de Derecho Penal, la justicia no deja de ser un invento del hombre, y como tal, muchas veces es injusta.

          Tras más de cinco años en el corredor de la muerte, había agotado el miedo, ya no le quedaba. Ahora sentía alivio, pero antes había pasado por un abanico de sensaciones de lo más variopintas: desesperación, ira, resignación, desesperanza, tristeza, alegría  y miedo, mucho miedo. Pero nunca sintió miedo a la muerte, pues llevaba muchos años coqueteando con ella, hasta que esa fatídica mañana, cuando parecía que había encauzado su vida, encontró la senda que acabaría en unos segundos, cuando el cóctel mortal de tiopental sódico, bromuro de pancuronio y cloruro de potasio, que poco a poco avanzaba hacia su cuerpo, hiciese su trabajo. Sentía miedo de no saber qué había ocurrido.

          En la soledad de su celda,  perdió la cuenta de las veces que reconstruyó lo sucedido, y en todas ellas, en su mente aparecía una laguna borrosa que no lograba reconstruir.

          Se veía entrando en el bar horas antes del amanecer, con la intención de tomarse el café que necesitaba para comenzar la jornada, recordaba los ojos del camarero clavándose en los suyos, y a partir de ahí todo se volvía negro. Después, el recuerdo de su mano ensangrentada alrededor del cuchillo, mientras la otra sujetaba los ojos que segundos antes pertenecían al camarero.

          No consiguió recordar nada durante la fase de instrucción, y mucho menos durante la vista oral, pero las pruebas eran irrefutables, y su defensa nada pudo hacer, pues el alegato de trastorno mental transitorio no fue aceptado como atenuante .

          Una veintena de testigos vieron como se abalanzó sobre el hombre tras el mostrador, y de un certero movimiento le sacó los ojos.

          Ahora, mientras el líquido letal invadía su cuerpo, volvió a intentar recordar.

          El tiopental sódico hizo que perdiese el conocimiento, y nada más sumirse en su último sueño, volvió a ver esos ojos, pero esta vez los vio con vida, a través de la grabación que emitía en bucle aquel monitor de televisión de la pequeña sala en la que había pasado encerrada dos semanas antes del incidente, en esa pequeña sala donde un hombre sin rostro la había estado lavando el cerebro, grabando una y otra vez las instrucciones que debía seguir.

          Mientras el bromuro de pancuronio paralizaba su diafragma, recordó como el hombre sin rostro puso el cuchillo en su mano antes de bajarse del coche y volvió a repetirle las instrucciones: “Sácale los ojos”.

          Se vio a si misma bajando del coche y entrar en el bar. Se dirigió a la barra y miró fijamente al camarero, quien quedó prendado de su belleza. Sin darle tiempo a reaccionar, saltó sobre él cuchillo en mano y con un rápido movimiento cumplió su encargo.

          Quiso gritar, pero no pudo, y el cloruro de potasio paró su corazón.


          Volvió a sentir miedo, hasta que dejó de sentir.

domingo, 30 de octubre de 2016

¿Truco o trato?


          Soltó un suspiro mientras contemplaba las polvorientas condecoraciones que colmaban la vieja estantería de roble. Recuerdos de otro tiempo, en el que vivir no se había convertido en una condena, y en los que la tristeza que sentía en esos momentos era algo impensable.

          Una vida llena de ilusiones, proyectos y esperanza, que se fueron al traste de la manera más estúpida.

          Cerró los ojos, apretando los párpados con fuerza, como queriendo borrar ese recuerdo que le atenazaba el alma, ese martilleo constante en la conciencia que no le dejaba vivir en paz.

          Había participado en cientos de misiones, y había apretado el gatillo miles de veces, cercenando vidas sin sentir el más mínimo remordimiento, pero aquella noche fue distinto.

          Apostado en la azotea de uno de los numerosos rascacielos que poblaban Washington DC, observaba al objetivo que la CIA llevaba varios meses vigilando, a través de la mira telescópica de su rifle, esperando el momento oportuno para apretar el gatillo, tal y como llevaba haciendo toda la vida.

          Y eso fue lo que hizo, controló la respiración, bajó su ritmo cardiaco y entre dos latidos apretó el gatillo, pero algo falló.

          A través del objetivo vio como la cabeza del  objetivo seguía intacta, entre una nube de sangre y polvo de hueso que dejó a su paso aquella maldita bala.

          Inmediatamente fue consciente de lo que había ocurrido, pues clavó su mirada en los ojos sorprendidos del pequeño que se encontraba en esos momentos entre él y el objetivo.

          Unos enormes ojos negros que poco a poco se fueron alejando mientras el cuerpo al que la vida abandonaba sin remedio, caía empujado por la fuerza del impacto.

          Los caramelos que contenía la calabaza de plástico que aún sujetaba con fuerza, salieron disparados en todas direcciones.

          Se aclaró las lágrimas con el dorso de su mano libre, y volvió a suspirar.

          Nada volvió a ser lo mismo desde entonces. Su conciencia pudo con él, y se abandonó al alcohol. El alcohol hizo el resto, consiguiendo que todos le abandonasen a él.

          Pero algo más cambió, pues las visitas del pequeño Danny se fueron sucediendo a lo largo de los años, coincidiendo con la noche de Halloween.

          Esa noche no era una excepción, y él lo sabía, lo esperaba, casi lo ansiaba.

          Cuando el reloj dio las doce, apareció de nuevo la figura del pequeño vestido de Spiderman, con esos ojos negros que se clavaban en lo más profundo del alma del viejo francotirador.

          Nunca había dicho nada, y esa noche tampoco lo hizo, simplemente se quedó de pie, mirándole fijamente.

          Lejos de sentir miedo, esta vez le sostuvo la mirada.

          -Lo siento.

          Levantó la pistola, la puso en su sien y disparó.

          Fue consciente de como perdía el control de su cuerpo, mientras seguía de pie mirando esos intensos ojos negros, que le contemplaban impasibles, sin expresar ningún sentimiento.

          Como si flotase, cayó de rodillas, quedando su cabeza a la altura de la del pequeño, quién levantó la mano en la que portaba la calabaza repleta de caramelos.

          -¿Truco o trato?.

          El viejo francotirador sonrió.

          Entonces todo se volvió negro y sintió alivio.

          El pequeño Danny sonrió y desapareció como había aparecido.


miércoles, 27 de julio de 2016

Apocalipsis.



          Todo está en silencio.

          No se escucha nada y todo está quieto, inmóvil, como si la tierra estuviera conteniendo el  aliento.

          Bajo la atenta mirada de farolas y semáforos de enormes ojos apagados, las vacías calles muestran un panorama desolador.

          Todo terminó  aquel fatídico 29 de julio del año 2016, cuando el sol se apagó de repente y la luna se tiñó de sangre. Cuando los vivos murieron y cuando comenzó el fin.

          El planeta entero se sumió en el más absoluto silencio y todo quedó en una angustiosa calma, incluso el mar, que instantes antes azotó las costas con violencia, de repente paró de moverse y el viento dejó de soplar, haciendo que todas las partículas en suspensión que se mecían en sus brazos cayeran, cubriendo todo con un fantasmagórico velo.

          Los niños, que minutos antes disfrutaban de un refrescante baño en las piscinas de la ciudad, yacían flotando inertes con sus ojos apagados fijos en la negrura infinita, al igual que aquellos a los que la muerte les sorprendió en el andén de la estación, condenándolos a esperar eternamente ese tren que nunca llegaría, y que jamás les llevaría de vuelta al hogar.

          Sorprendió a todo el mundo, pues nadie se lo esperaba pese a las advertencias. Todo el mundo creía que era otra profecía alarmista más, y desconocían hasta qué punto esta era la verdadera.

          Nadie vio nada, y ninguno de ellos sintió cómo se apagaba el planeta, y para cuando quisieron darse cuenta de lo que ocurría, sólo unos pocos fueron conscientes de qué significaba ese pitido en sus oídos y la visión borrosa instantes antes de caer fulminados.

          La atmósfera se tornó venenosa y acabó con toda la vida del planeta tan rápido como había llegado. Todo animal, vegetal, hongo, bacteria, e incluso los virus, sucumbieron.

          Todo terminó.

          El mundo había muerto, quedando como un cementerio, repleto de cuerpos sin vida, de absurdas guerras sin terminar, de promesas de amor eterno despedazadas de forma prematura, y de planes desbaratados.

          Comienzan a brillar unas intensas luces en el cielo, cuando de la nada surgen unas gigantescas esferas de un rojo brillante, casi cegador.

          En cada parte del mundo ocurre lo mismo, y millones de esferas tocan el suelo de forma simultánea, seguidas de sordas explosiones que lo arrasan todo a su paso, evaporando el agua del planeta, dejando un inmenso desierto carbonizado bajo un cegador cielo blanco.

          De nuevo una gigantesca esfera aparece en el cielo, esta vez blanca, mucho más grande que las anteriores. De su interior surge una misteriosa figura vestida con un uniforme militar y una máscara de gas cubriéndole el rostro, sujetando varios aparatos de medida.

          Comienza a tomar muestras del suelo, y con un medidor comprueba el estado de la atmósfera.

          Satisfecho se quita la máscara de gas y el casco protector, y respira hondo.

          Pulsa un botón del intercomunicador que lleva puesto en su oreja izquierda, indicándole a su Comandante que los parámetros son correctos,  y que el Apocalipsis 2.0 ha sido un éxito. Recomienda iniciar el programa Planeta Tierra 3.0 sin la presencia de seres humanos, pues acortan la vida útil del programa.

          Tras unos instantes, asiente con la cabeza, se agacha y planta una semilla en el suelo, y al igual que apareció, desaparece.

martes, 26 de julio de 2016

Inspiración.



         El estruendo de los aviones al pasar, agita los cristales a mi espalda mientras vuelvo a intentar escribir. Aquí sentado en la sala VIP de la terminal internacional, cuando apenas quedan un par de horas para embarcar y parecía que la inspiración había vuelto, trato de añadir un par de páginas más a mi novela, con la frustración como única compañía

          Sumido en mis pensamientos, las personas que me rodean no son más que figuras difusas en un mundo gris.

          Alzo la vista intentando enfocar mis pensamientos y frenar el vertiginoso ir y venir de ideas, pero lo único que consigo es que vuelvan a palpitarme las sienes con ese martilleo acompasado que me ha estado acompañando durante los últimos meses, desde que ella se fue para siempre.

          El tiempo parece detenerse. Todo comienza a moverse despacio, muy despacio. Todo excepto los recuerdos que vuelven a mi como si de una pesadilla recurrente se tratase.

          Sangre, gritos, dolor…y de repente silencio.

          Todo está en silencio. Un silencio ajeno al bullicio de la sala de embarque, al sonido de los motores de los aviones, y al del acompasado taconeo de las azafatas que se aproximan por el pasillo.

          Un silencio ficticio, como un presagio de la tormenta que se aproxima tras una calma insoportable, asfixiante, estremecedora.

          Todo a mi alrededor va cada vez más despacio hasta detenerse.

          Ya no puedo más. Lleno mis pulmones de aire e intento gritar con todas mis fuerzas, pues necesito liberarme.

          Silencio.

          Todo sigue en silencio, todo parece flotar ante el paso del tiempo, que se ha detenido.

          Soy consciente de que estoy soñando y se lo que ocurrirá cuando despierte del trance.

          Así que decido despertar.

          Estoy de pie en lo más alto de la torre del centenario campanario que tantas historias ha podido observar desde su posición majestuosa. Ese campanario que ha visto a tantos nacer y a tantos morir. 
          
          Ese campanario que ahora me acerca un poco más a Ella.

          Ella brilla entre las nubes, bañando con su luz todo lo que tengo ante mis ojos, aunque ahora mismo los tenga clavados en su hipnótica belleza.

          No puedo apartar la vista. Me queman los ojos y siento como el pulso se me acelera. Mi verdadero yo, aquel que se halla oculto, sumergido en lo más profundo de este cuerpo débil, lampiño y enfermizo, resurge de nuevo.

          Siento como mi ropa se desgarra, la mandíbula se me alarga, y un vello hirsuto como alambre brota por todo mi cuerpo, cubriéndolo, ocultándolo.

          Lleno mis pulmones de aire y grito con un aullido triunfal, un aullido de júbilo desatado.

          Vuelvo a ser libre.

          Salto hacia los tejados y echo a correr mientras el viento silba sobre mi espalda. Mis débiles músculos cubiertos por la pálida y frágil piel humana, ahora poseen una fuerza sobrehumana que me permite sentir la verdadera libertad.

          Vuelvo a llenar mis pulmones de aire, pero esta vez para aullar, y la noche me devuelve un grito de terror.

          El último grito del dueño de esos pobres ojos asustados que poco a poco se apagan entre mis todopoderosas garras, mientras hundo mis fauces en su garganta.

          Su sangre ensucia mis colmillos. Su sangre limpia mi sed.

          ¡Sangre!, resuena en mi cabeza, ¡sangre!, un quejido que va y viene con fuerza, como el tronar de una campana, que me vuelve loco, e instintivamente intento tapar mis oídos para dejar de oirlo.

          ¡Sangre!..., no, no, noooooooo, intento gritar para atenuar la voz que resuena en mi cabeza, pero no lo consigo, porque mi aullido vuelve a atravesar la noche.

          Ya es demasiado tarde, y el frenesí se apodera de mi. Con mis ojos inyectados en sangre, y mi desquiciado corazón latiendo con furia, chocando contra mi pecho y golpeando sin piedad, eliminando cualquier atisbo de  la poca humanidad que aún yacía dentro de mí.

          Sangre, necesito más sangre.

          Intento saciarme con lo que queda de mi primera víctima, pero apenas siento su sabor, pues ya está corrompida y mancillada por el aire que la rodea. No me sirve, necesito más, por lo que echo de nuevo a correr salvajamente sobre la hierba del parque, casi sin apoyarme, volando en una nube de ansiedad, de violencia carnal que me pide mas...mucha mas... ¡sangre!

          A la carrera, mientras el frío aire de la noche aviva mi sed, me abalanzo sobre mi nueva e indefensa víctima, y sólo el sonido de un trueno me hace volver a fijar los ojos en la pantalla del ordenador.

           Las sienes siguen palpitándome con ese martilleo acompasado que me ha estado acompañando durante los últimos meses, desde que ella se fue para siempre... desde que me abandonó la inspiración.

           Guardo el portátil en su vieja bolsa y decido que es hora de embarcar rumbo a nuevas aventuras...

lunes, 25 de julio de 2016

Sombras.




Ruidera, España. 1975.

                Arropado en su camastro, con un nudo en la garganta y tembloroso como una solitaria hoja a merced del viento, Marcos escuchaba ansioso la historia que arrastraban las palabras de su vieja abuela Eugenia mientras la tenue e inestable luz del pequeño quinqué hacía danzar las sombras en las desconchadas paredes de la pequeña buhardilla.

                -“… y entonces, cuando el niño  abrió la puerta pensando que era su padre, el lobo malvao entró en la casa y se lo comió de un solo bocao”.

                Con un gritito ahogado, el pequeño se tapó la cabeza con las mantas y conteniendo el aliento, quedó inmóvil, dando por terminado el relato.

                La anciana estiró pesadamente la única mano que le quedaba, cogió el bastón e hizo ademán de levantarse, cuando una pequeña manita salió de su escondite y la atenazó del brazo.

                -¡Yaya, no te vayas, una más, que todavía no tengo sueño!.- Rogó con su aguda vocecilla caprichosa.

                –Como eres, Marquitos, ya es mu tarde.- Le reprendió, y  con un suspiro condescendiente, la octogenaria dejó el bastón apoyado a los pies del pequeño, y se acomodó de nuevo, acompasando los chirridos del colchón con el crujido de sus maltrechas rodillas.

                Con una sonrisa triunfal, y un brillo de júbilo en los ojos, Marcos asomó su pequeña cabeza entre las mantas y exclamó: -¡Cuéntame la del lobo!, el que te hizo ese muñón, agüela, ¡Porfa, porfa, porfa!.-

                Con ojos tristes la vieja yaya contempló el lugar donde otrora se encontraba su siniestra. Lo perdió durante la guerra, cuando un joven Sargento de la Guardia Civil se la cortó como premio por añadir demasiada sal a las lentejas que obligó a prepararle a él y a sus hombres.

                -Ese cuento ya lo has escuchao muchas  veces. Anda, Marcos, no seas pesao. Te voy a contar la historia del niño perdido.

                Con el ceño fruncido, el niño se cruzó de brazos airadamente, aceptando a regañadientes la contraoferta.

                -Cuentan los mas viejos del pueblo que una noche cualquiera hace mucho, mucho  tiempo, un niño que tenía tus mismos años más o menos, se quedó dormido mientras su yaya le contaba un cuento. Era una noche oscura y fría como hoy, y no había ni un alma por la calle, ni una miajica de ruido.  El reloj de la iglesia acababa de tocar las doce de la noche y la yaya volvió para ver si el pequeño dormía tranquilo, pero cuando llegó, el niño ya no estaba, y nunca más se supo de él.

                Mientras dos lágrimas corrían por sus mejillas, l0a vieja Eugenia miró al pequeño, que ya dormía profundamente, y sin hacer ruido, cogió su bastón y se deslizó entre las sombras que bailaban al ritmo del quinqué que había olvidado apagar.

                Sombras que se hacían cada vez más grandes.

               Sombras cada vez más oscuras.

                Sombras cada vez más definidas, y que ahora arrojaban siluetas demoniacas que danzaban sin parar por toda la buhardilla, cada vez más cerca de la cama del pequeño.

                Varias sombras se unieron en una sola, enorme y que poseía un fulgor azulado en sus ojos, de la cual surgió la silueta de una garra de aspecto huesudo, que comenzó a acercarse al pequeño Marcos.
                
                La garra acechaba el contorno del pequeño que la luz proyectaba en la pared, y abriéndose al máximo se apoyó sobre lo que parecía la cabeza del pequeño, el cual se empezaba a agitar en la cama, cada vez más violentamente.

                La garra apretaba cada vez con más fuerza mientras que una macabra sonrisa surgía del demoníaco ser, y el pequeño Marcos gemía débilmente entre sueños, a medida que la garra comenzaba a arrastrar la sombra del pequeño hacia la ventana, a la vez que el propio niño era arrastrado por la nada en la misma dirección.

                Entonces todas las sombras cesaron su danza y se diluyeron en la oscuridad.


                La vieja había apagado el quinqué y se quedó mirando al pequeño mientras maldecía para sus adentros el haber estado a punto de cometer de nuevo el mismo error que cometió hacía muchos, muchos años con su propio hijo.