Ruidera, España. 1975.
Arropado
en su camastro, con un nudo en la garganta y tembloroso como una solitaria hoja
a merced del viento, Marcos escuchaba ansioso la historia que arrastraban las
palabras de su vieja abuela Eugenia mientras la tenue e inestable luz del
pequeño quinqué hacía danzar las sombras en las desconchadas paredes de la
pequeña buhardilla.
-“… y
entonces, cuando el niño abrió la puerta
pensando que era su padre, el lobo malvao
entró en la casa y se lo comió de un solo bocao”.
Con un
gritito ahogado, el pequeño se tapó la cabeza con las mantas y conteniendo el
aliento, quedó inmóvil, dando por terminado el relato.
La
anciana estiró pesadamente la única mano que le quedaba, cogió el bastón e hizo
ademán de levantarse, cuando una pequeña manita salió de su escondite y la
atenazó del brazo.
-¡Yaya, no te vayas, una más, que todavía
no tengo sueño!.- Rogó con su aguda vocecilla caprichosa.
–Como
eres, Marquitos, ya es mu tarde.- Le
reprendió, y con un suspiro
condescendiente, la octogenaria dejó el bastón apoyado a los pies del pequeño, y
se acomodó de nuevo, acompasando los chirridos del colchón con el crujido de
sus maltrechas rodillas.
Con una
sonrisa triunfal, y un brillo de júbilo en los ojos, Marcos asomó su pequeña
cabeza entre las mantas y exclamó: -¡Cuéntame la del lobo!, el que te hizo ese
muñón, agüela, ¡Porfa, porfa, porfa!.-
Con
ojos tristes la vieja yaya contempló el lugar donde otrora se encontraba su
siniestra. Lo perdió durante la guerra, cuando un joven Sargento de la Guardia
Civil se la cortó como premio por añadir demasiada sal a las lentejas que obligó
a prepararle a él y a sus hombres.
-Ese
cuento ya lo has escuchao muchas veces. Anda, Marcos, no seas pesao. Te voy a
contar la historia del niño perdido.
Con el
ceño fruncido, el niño se cruzó de brazos airadamente, aceptando a
regañadientes la contraoferta.
-Cuentan
los mas viejos del pueblo que una noche cualquiera hace mucho, mucho tiempo, un niño que tenía tus mismos años más
o menos, se quedó dormido mientras su yaya le contaba un cuento. Era una noche
oscura y fría como hoy, y no había ni un alma por la calle, ni una miajica de ruido. El reloj de la iglesia acababa de tocar las
doce de la noche y la yaya volvió para ver si el pequeño dormía tranquilo, pero
cuando llegó, el niño ya no estaba, y nunca más se supo de él.
Mientras
dos lágrimas corrían por sus mejillas, l0a vieja Eugenia miró al pequeño, que
ya dormía profundamente, y sin hacer ruido, cogió su bastón y se deslizó entre
las sombras que bailaban al ritmo del quinqué que había olvidado apagar.
Sombras
que se hacían cada vez más grandes.
Sombras
cada vez más oscuras.
Sombras
cada vez más definidas, y que ahora arrojaban siluetas demoniacas que danzaban
sin parar por toda la buhardilla, cada vez más cerca de la cama del pequeño.
Varias
sombras se unieron en una sola, enorme y que poseía un fulgor azulado en sus ojos, de la cual surgió la silueta de una garra de
aspecto huesudo, que comenzó a acercarse al pequeño Marcos.
La garra acechaba el contorno del pequeño que la luz proyectaba en la pared, y abriéndose
al máximo se apoyó sobre lo que parecía la cabeza del pequeño, el cual se
empezaba a agitar en la cama, cada vez más violentamente.
La garra
apretaba cada vez con más fuerza mientras que una macabra sonrisa surgía del demoníaco ser, y el pequeño Marcos gemía débilmente entre sueños, a medida que la garra comenzaba a arrastrar la sombra del pequeño hacia la
ventana, a la vez que el propio niño era arrastrado por la nada en la misma
dirección.
Entonces
todas las sombras cesaron su danza y se diluyeron en la oscuridad.
La
vieja había apagado el quinqué y se quedó mirando al pequeño mientras maldecía
para sus adentros el haber estado a punto de cometer de nuevo el mismo error
que cometió hacía muchos, muchos años con su propio hijo.

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