El estruendo de los aviones al pasar, agita los cristales a
mi espalda mientras vuelvo a intentar escribir. Aquí sentado en la sala VIP de
la terminal internacional, cuando apenas quedan un par de horas para embarcar y
parecía que la inspiración había vuelto, trato de añadir un par de páginas más
a mi novela, con la frustración como única compañía
Sumido en mis pensamientos, las personas que me rodean no
son más que figuras difusas en un mundo gris.
Alzo la vista intentando enfocar mis pensamientos y frenar el vertiginoso ir y venir de ideas, pero lo único que consigo es que vuelvan a palpitarme las sienes con ese martilleo acompasado que me ha estado acompañando durante los últimos meses, desde que ella se fue para siempre.
Alzo la vista intentando enfocar mis pensamientos y frenar el vertiginoso ir y venir de ideas, pero lo único que consigo es que vuelvan a palpitarme las sienes con ese martilleo acompasado que me ha estado acompañando durante los últimos meses, desde que ella se fue para siempre.
El tiempo parece detenerse. Todo comienza a moverse
despacio, muy despacio. Todo excepto los recuerdos que vuelven a mi como si de
una pesadilla recurrente se tratase.
Sangre, gritos, dolor…y de repente silencio.
Todo está en silencio. Un silencio ajeno al bullicio de la
sala de embarque, al sonido de los motores de los aviones, y al del acompasado taconeo de
las azafatas que se aproximan por el pasillo.
Un silencio ficticio, como un presagio de la tormenta que se
aproxima tras una calma insoportable, asfixiante, estremecedora.
Todo a mi alrededor va cada vez más despacio hasta detenerse.
Ya no puedo más. Lleno mis pulmones de aire e intento gritar con
todas mis fuerzas, pues necesito liberarme.
Silencio.
Todo sigue en silencio, todo parece flotar ante el paso del
tiempo, que se ha detenido.
Soy consciente de que estoy soñando y se lo que ocurrirá
cuando despierte del trance.
Así que decido despertar.
Estoy de pie en lo más alto de la torre del centenario
campanario que tantas historias ha podido observar desde su posición
majestuosa. Ese campanario que ha visto a tantos nacer y a tantos morir.
Ese
campanario que ahora me acerca un poco más a Ella.
Ella brilla entre las nubes, bañando con su luz todo lo que
tengo ante mis ojos, aunque ahora mismo los tenga clavados en su hipnótica
belleza.
No puedo apartar la vista. Me queman los ojos y siento como
el pulso se me acelera. Mi verdadero yo, aquel que se halla oculto, sumergido
en lo más profundo de este cuerpo débil, lampiño y enfermizo, resurge de nuevo.
Siento como mi ropa se desgarra, la mandíbula se me alarga,
y un vello hirsuto como alambre brota por todo mi cuerpo, cubriéndolo,
ocultándolo.
Lleno mis pulmones de aire y grito con un aullido triunfal,
un aullido de júbilo desatado.
Vuelvo a ser libre.
Salto hacia los tejados y echo a correr mientras el viento
silba sobre mi espalda. Mis débiles músculos cubiertos por la pálida y frágil
piel humana, ahora poseen una fuerza sobrehumana que me permite sentir la
verdadera libertad.
Vuelvo a llenar mis pulmones de aire, pero esta vez para
aullar, y la noche me devuelve un grito de terror.
El último grito del dueño de esos pobres ojos asustados que
poco a poco se apagan entre mis todopoderosas garras, mientras hundo mis fauces
en su garganta.
Su sangre ensucia mis colmillos. Su sangre limpia mi sed.
¡Sangre!, resuena en mi cabeza, ¡sangre!, un quejido que va
y viene con fuerza, como el tronar de una campana, que me vuelve loco, e
instintivamente intento tapar mis oídos para dejar de oirlo.
¡Sangre!..., no, no, noooooooo, intento gritar para atenuar
la voz que resuena en mi cabeza, pero no lo consigo, porque mi aullido vuelve a
atravesar la noche.
Ya es demasiado tarde, y el frenesí se apodera de mi. Con
mis ojos inyectados en sangre, y mi desquiciado corazón latiendo con furia, chocando contra mi pecho y golpeando sin piedad, eliminando cualquier atisbo de la poca humanidad que aún yacía dentro de mí.
Sangre, necesito más sangre.
Intento saciarme con lo que queda de mi primera víctima,
pero apenas siento su sabor, pues ya está corrompida y mancillada por el aire
que la rodea. No me sirve, necesito más, por lo que echo de nuevo a correr
salvajamente sobre la hierba del parque, casi sin apoyarme, volando en una nube
de ansiedad, de violencia carnal que me pide mas...mucha mas... ¡sangre!
A la carrera, mientras el frío aire de la noche aviva mi sed, me abalanzo sobre mi nueva e indefensa víctima, y sólo el sonido de un
trueno me hace volver a fijar los ojos en la pantalla del ordenador.
Las sienes siguen palpitándome con ese martilleo acompasado que me ha estado acompañando durante los últimos meses, desde que ella se fue para siempre... desde que me abandonó la inspiración.
Guardo el portátil en su vieja bolsa
y decido que es hora de embarcar rumbo a nuevas aventuras...

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