miércoles, 2 de enero de 2013

Bajo Presión.




Un escalofrío le recorrió la espalda cuando las gélidas aguas de la Laguna del Rey entraron a través del cuello del traje de neopreno. Esa sensación, sumada al canguelo que sentía por ser su primera inmersión, consiguieron que un gracioso tembleque se apoderase de él, provocando las risas de los allí presentes.

Haciendo caso omiso a las burlas, se colocó las gafas y mordió el respirador tal y como le habían enseñado minutos antes, y siguiendo las indicaciones de su instructor de buceo, tomó rumbo a las profundidades.

No habían llegado ni a los tres metros de profundidad cuando comenzó el molesto zumbido en los oídos. Intentó compensar la presión en varias ocasiones, pero no lo consiguió, por lo que, cuando el dolor se volvió insoportable, levantando el dedo pulgar, indicándole a su acompañante que tenía que subir.

En lugar de ascender, comenzó un vertiginoso descenso a las profundidades en solitario.

El fuerte impacto contra el suelo consiguió hacer que se olvidara durante unos segundos del terrible dolor de oídos, que se había visto acentuado a medida que se sumergía.

Las miles de burbujas del respirador y los limos que había levantado al aterrizar en el fango le impedían ver mas allá de su propia nariz. Cerró los ojos e intentó tranquilizarse y volver a controlar su agitada respiración. Intentó recordar las instrucciones que le habían dado y cayó en la cuenta de que había vaciado el aire de su chaleco. Tan solo tenía que volver a insuflarle un poco de aire para volver a ascender.

Deslizó la mano por los tirantes de la bombona hacia donde debería estar la válvula, pero no encontró nada. Debía de haberse soltado mientras bajaba.

Escudriñó los ojos intentando ver mas allá de la nube de polvo y cieno que había levantado y que comenzaba a asentarse, pero no vio a nadie. Únicamente pudo ver varios cangrejos americanos emprendiendo la huida mientras parecían saludarse con sus pinzas.

Intentó moverse pero tenía parte de su cuerpo enterrado, y sus vanos intentos por liberarse, únicamente lograron que se enterrase todavía más.

Empezó a asumir que había llegado su hora cuando vio pasar ante sus ojos a un enorme ejemplar de lucio. El animal mediría alrededor de un metro. Se acercó hasta tal punto que pudo ver sus afilados dientes.

El lucio le sonrió y le dijo –“Ves como nadar es para los peces... anda no seas idiota y despierta”.


Y recuperó el conocimiento en la camilla de la ambulancia.


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La ilustración de este mini-relato es una fotografía retocada que hice durante una inmersión en las Lagunas de Ruidera, concretamente en la Laguna del Rey, en la provincia de Ciudad Real. Se trata de un paraje maravilloso donde se puede practicar el buceo en sus cristalinas aguas, y que invito a todo el mundo a visitar.

1 comentario:

  1. ... Claro: Ya me explico ahora por que no te gusta la pesca. Aunque sea la de captura y suelta.

    El consejo que te dio el lucio (despierta) lo tienes grabado y crees que le debes la vida.

    ¡oye, tal vez sea así!.

    A mí todavía no me ha hablado ningún pez.... o puede que sí y no he sabido escucharle.

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