Un escalofrío le recorrió la espalda cuando las gélidas
aguas de la Laguna del Rey entraron a través del cuello del traje de neopreno.
Esa sensación, sumada al canguelo que sentía por ser su primera inmersión,
consiguieron que un gracioso tembleque se apoderase de él, provocando las risas
de los allí presentes.
Haciendo caso omiso a las burlas, se colocó las gafas y
mordió el respirador tal y como le habían enseñado minutos antes, y siguiendo
las indicaciones de su instructor de buceo, tomó rumbo a las profundidades.
No habían llegado ni a los tres metros de profundidad cuando
comenzó el molesto zumbido en los oídos. Intentó compensar la presión en varias
ocasiones, pero no lo consiguió, por lo que, cuando el dolor se volvió
insoportable, levantando el dedo pulgar, indicándole a su acompañante que tenía
que subir.
En lugar de ascender, comenzó un vertiginoso descenso a las
profundidades en solitario.
El fuerte impacto contra el suelo consiguió hacer que se
olvidara durante unos segundos del terrible dolor de oídos, que se había visto
acentuado a medida que se sumergía.
Las miles de burbujas del respirador y los limos que había levantado al
aterrizar en el fango le impedían ver mas allá de su propia nariz. Cerró los
ojos e intentó tranquilizarse y volver a controlar su agitada respiración. Intentó
recordar las instrucciones que le habían dado y cayó en la cuenta de que había
vaciado el aire de su chaleco. Tan solo tenía que volver a insuflarle un poco
de aire para volver a ascender.
Deslizó la mano por los tirantes de la bombona hacia donde
debería estar la válvula, pero no encontró nada. Debía de haberse soltado
mientras bajaba.
Escudriñó los ojos intentando ver mas allá de la nube de
polvo y cieno que había levantado y que comenzaba a asentarse, pero no vio a nadie.
Únicamente pudo ver varios cangrejos americanos emprendiendo la huida mientras
parecían saludarse con sus pinzas.
Intentó moverse pero tenía parte de su cuerpo enterrado, y
sus vanos intentos por liberarse, únicamente lograron que se enterrase todavía
más.
Empezó a asumir que había llegado su hora cuando vio pasar
ante sus ojos a un enorme ejemplar de lucio. El animal mediría alrededor de un
metro. Se acercó hasta tal punto que pudo ver sus afilados dientes.
El lucio le sonrió y le dijo –“Ves como nadar es para los
peces... anda no seas idiota y despierta”.
Y recuperó el conocimiento en la camilla de la ambulancia.
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La ilustración de este mini-relato es una fotografía retocada que hice durante una inmersión en las Lagunas de Ruidera, concretamente en la Laguna del Rey, en la provincia de Ciudad Real. Se trata de un paraje maravilloso donde se puede practicar el buceo en sus cristalinas aguas, y que invito a todo el mundo a visitar.

... Claro: Ya me explico ahora por que no te gusta la pesca. Aunque sea la de captura y suelta.
ResponderEliminarEl consejo que te dio el lucio (despierta) lo tienes grabado y crees que le debes la vida.
¡oye, tal vez sea así!.
A mí todavía no me ha hablado ningún pez.... o puede que sí y no he sabido escucharle.