Camuflado por las sombras de la noche, prácticamente
invisible, un búho se cernía con silencioso aleteo sobre un incauto roedor,
demasiado grande para ser un ratón, y demasiado pequeño para ser una rata.
-¡Una cobaya, papa!- Gritó entusiasmado el pequeño Juan, que
como cada verano desde que tenía uso de razón, observaba desde el pequeño cobertizo los
movimientos de los animales nocturnos que vivían en la finca familiar.
Juan seguía entusiasmándose como el primer día que descubrió
que la oscuridad albergaba criaturas fascinantes, y le permitía añadir
habitantes a su mundo interior, aquel que sólo estaba limitado por su
imaginación.
-No es una cobaya... ¿No ves la cola?- Corrigió Diego.- Es
una ardilla.- Añadió, mientras el pobre animal profería un chillido agudo y
lastimero presa de las afiladas garras de la rapaz.
El chico tenía clavados los ojos en la dantesca danza de
sangre que acababa de empezar. Sus profundos ojos azules estaban hipnotizados,
y no perdían detalle de lo que estaba sucediendo, mostrando una frialdad impropia
de un niño.
Sin pestañear.
Sin inmutarse.
No era la primera vez que presenciaba una escena como esa,
pues el Buho llevaba acompañándoles en sus escapadas nocturnas desde el primer
día. Le encantaba contemplar la lucha por la supervivencia en la naturaleza.
-¿Sabes, papa? Si pudiera volver a nacer, me gustaría ser un
Búho.- Dijo Juan sin apartar la vista de la agonía de la ardilla.-Es el malo
perfecto. Rápido, invisible y siligioso. No deja huellas y es eficaz.- Sentenció.
Diego dio un respingo hacia atrás. No podía creer lo que
estaba escuchando de boca de su pequeño, quién no solo disfrutaba con la
carnicería que tenía ante sus ojos, sino que había descrito perfectamente el
modus operandi de un asesino.
-Si...sigiloso, Juan, se... se dice sigiloso.- Alcanzó a
decir mientras un escalofrío recorría su espalda. Tragó saliva y se incorporó.
–Será mejo que nos vayamos a casa.- Añadió.
-Si gi lo so. – Se repitió tratando de memorizar la palabra
correctamente.
Mientras tomaban rumbo hacia el viejo caserón que se ubicaba
en el corazón de la finca, al final del sedero de los nogales, padre e hijo no
cruzaron ni una sola palabra. Juan tratando de aprenderse de memoria la palabra
que acababa de aprender, y su padre tratando de asimilar lo que acababa de
presenciar.
Preocupado por la actitud de su hijo, Diego arropó al
pequeño Juan y le dio el beso de buenas noches.
-Sigi... sigiloso.- Dijo Juan con expresión triunfal.
-Muy bien.- Le premió su padre revolviéndole la mata de pelo
rizada que coronaba su rostro iluminado por la alegría de haber conseguido
pronunciar bien su nueva palabra.
Tras limpiarse los dientes y ponerse su viejo pijama de
verano, Diego encaró la puerta de su habitación, pero cuando las yemas de sus
dedos no habían hecho mas que rozar el pomo de la puerta, notó una corriente de
aire a su espalda que le heló la sangre. Lentamente, y con su castigado corazón
a doscientas pulsaciones, comenzó a darse la vuelta.
-Papá, ¿tu crees que mamá volverá algún día?- Preguntó Juan
con los ojos bañados en lágrimas.
-No sólo ha aprendido la palabra, sino que sabe aplicarla.-
Pensó para sus adentros. Abrazó a su hijo y mirándole a los ojos, le dijo:
–Mamá no va a volver, cariño. Mamá está en el cielo con el abuelo, pero ya
hablaremos de eso mañana.- Contestó con su voz a punto de quebrarse. -¿Quieres
dormir esta noche conmigo?- Añadió.
-No... da igual... es... es solo que la echo de menos.- Contestó
entre sollozos. –Tengo que ir a hacer pis.- Concluyó, mientras se marchaba
correteando hacia el aseo.
-Yo también la echo de menos. – Contestó Diego al pasillo
vacío.
Tras comprobar que la puerta estaba cerrada, volvió al dormitorio. Abrió la puerta y no le dio
tiempo a reaccionar y ver lo que se abalanzó sobre él.
Como un rayo, una sombra lo atacó. Sobresaltado y desorientado,
sintió un corte en el pómulo derecho, donde comenzó a manar sangre.
Un intenso dolor en el pecho hizo acto de presencia, y se
extendió por su hombro izquierdo, paralizándole el brazo.
Quiso gritar pero no pudo.
Quiso respirar, pero no le quedaban fuerzas.
Cayó fulminado al suelo.
Clavó sus ojos en los de Juan, que estaba de pie junto a la
puerta, con el pequeño búho apoyado sobre su hombro, que levantó el vuelo para posarse en la frente de Diego.
El pequeño se agachó y comenzó a comer junto al búho.

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