domingo, 19 de agosto de 2018

El bloque. (Segunda parte)




Cuando Ana quiso reaccionar, la boca de Mariluz, la devota esposa de Wenceslao, se cerraba sobre el cuello de Marcos.

Mientras alineaba el alza y el punto de mira sobre su objetivo, los dientes de aquella frágil mujer que vivía con su marido, cuyo cuerpo descansaba sobre un charco de sangre en el patio,  y sus dos hijas, que apenas unos segundos antes habían estado golpeando de forma frenética la puerta de su casa, seccionaban la carótida de Marcos.

Al apretar el gatillo, la aguja percutora golpeó el aire de la recámara vacía, y en lugar de la detonación, se escuchó el débil sonido del fracaso, por lo que el pánico se apoderó de Ana, que veía como la herida en el cuello de Marcos comenzaba a lanzar potentes chorros de sangre, mientras las piernas de Mariluz seguían atenazada a su cintura y seguía mordiéndole, esta vez en la cara.

Sus manos temblorosas tiraron de la corredera hacia atrás, y una vez la bala estuvo alojada en la recámara, instintivamente levantó el arma y disparó.

Esta vez sí hubo detonación, y el impacto de la bala contra la cabeza de su objetivo dibujó un abanico carmesí en la pared de la escalera.

El cuerpo sin vida de Mariluz, todavía con parte de la nariz de Marcos en la boca, cayó desplomado al suelo mientras él, apoyándose en el quicio de la puerta, se llevaba las manos al cuello tratando de parar la hemorragia.

Ana soltó la pistola y se acercó para ayudarle.

Apenas le dio tiempo a cogerle del hombro para incorporarle, cuando escuchó los pasos que subían a toda velocidad desde la planta inferior.

Justo cuando cerraba con fuerza tras tirar de él hacia dentro, Marisa y Carmen se abalaron sobre ellos, impactando contra la puerta, haciéndola temblar.

Giró la llave de la puerta blindada y se centró en Marcos que tenía un aspecto desolador.

A través de los dedos con los que infructuosamente se aferraba a la vida, la herida del cuello lanzaba pequeños chorros de sangre.

El lugar que ocupaba antes su nariz, había quedado huérfano, y en su lugar había una herida que también sangraba profusamente con dos pequeños orificios entre los cuales sobresalía el hueso nasal.

Rápidamente se quitó la camiseta y la enrolló haciendo una bola con ella, y se la dio a Marcos para que hiciese presión sobre la herida. Necesitaba asistencia sanitaria urgente, pero las expectativas no eran demasiado halagüeñas, pues los golpes en la puerta crecían en intensidad.

Mientras le colocaba la camiseta en el cuello y sujetaba las grandes manos de Marcos con las suyas presionando con fuerza la herida, sus miradas se encontraron.

Por primera vez vio miedo en sus ojos, unos ojos que poco a poco iban perdiendo su brillo, unos ojos que suplicaban ayuda y que estaban a punto de cerrarse para siempre.

Marcos negó con la cabeza e intentó hablar, pero un gorgoteo salió de su garganta y comenzó a toser profusamente, cayendo al suelo.

Ana intentó ayudarle a incorporarse, pero él había perdido el conocimiento, por lo que le tumbó boca arriba, y presionando la herida con una mano, trató de nuevo de llamar a emergencias con su teléfono móvil.

Seguía sin línea.

Movida por la frustración, lanzó un grito de rabia y tiró con furia el teléfono contra la puerta, lo que hizo que la intensidad de los golpes aumentase todavía más.

Marcos no se movía.

Acercó el oído a su boca para comprobar si respiraba, y al no sentir su aliento le tomó el pulso.

Su corazón se había parado, no así los golpes en la puerta, que cada vez sonaban con más fuerza.

Trató de reanimarle durante unos minutos que a ella le parecieron una eternidad.

Exhausta, y sabiendo que nada más se podía hacer, se quedó mirando sus ojos verdes, que se perdían sin vida en algún punto del infinito.

Un manantial de lágrimas comenzó a brotar, deslizándose como un torrente por sus mejillas.

Con delicadeza cerró los párpados de Marcos y le besó en la comisura de los labios.

Se sentó frente al él abrazada a sus rodillas y apretando los puños contra sus sienes.

Perdió la noción del tiempo, hasta que el fuerte impacto de parte del enfoscado de la puerta contra el suelo, la hizo ponerse en alerta.

No aguantaría mucho tiempo.

Se puso en pie y se dirigió al armario para coger algo de ropa.

Al abrir la puerta vio la cazadora de cuero negra que apenas unos días antes le había regalado Marcos, y sin dudarlo se la puso.

Maldijo al recordar que había soltado su pistola tras el enfrentamiento con Mariluz, por lo que no le quedó más remedio que coger la de Marcos, que aún tenía en la cintura.

Desabrochó su cinturón y cogió el arma con su funda.

No estaba familiarizada con una pistola tan grande como aquella, pero estaba en una situación comprometida y no le quedó más remedio que adaptarse.

Justo cuando soltaba la corredera y alojaba una bala en la recámara, un fuerte impacto hizo que parte de la pared cediera, abriéndose un hueco por donde una de sus vecinas introdujo un brazo, dando manotazos frenéticos.

Apenas quedaba tiempo.

Sin pensárselo dos veces, se dirigió a la ventana del dormitorio.

La idea era arriesgada, pero no le quedaba más remedio que intentarlo si quería tener alguna posibilidad.

Asomándose a la ventana con la intención de deslizarse hasta la planta baja, e intentar salir por allí, lo que vio la dejó sin aliento.

Wenceslao, con una gran herida en la cabeza, estaba agachado sobre algo.

-¡Mierda!-exclamó Ana.

El hombre levantó la vista y clavó sus frenéticos ojos en los de ella.

Tenía la boca cubierta de sangre.

Tiró a un lado el cuerpo sin vida del pequeño pomerania, y se levantó.

Como si de una fiera se tratase, comenzó a dar vueltas por el patio sin dejar de mirar a Ana, intentando sin éxito trepar hacia su posición.

El sonido de un nuevo cascote impactando contra el suelo del pasillo hizo reaccionar a Ana.

Levantó el arma y disparó a su vecino.

La bala impactó en el hombro, haciendo que el hombre cayese de espaldas al suelo.

Cuando Ana estaba sacando una pierna por la ventana, horrorizada vio como volvía a levantarse como si nada hubiese ocurrido.

Entró de nuevo en el dormitorio, y observó como el ser en el que se había convertido su vecino seguía caminando en círculos en ese extraño estado de frenesí, como si nada hubiese ocurrido.

Volvió a apuntar, pero sintió que el aire se movía a su espalda y se dio la vuelta mientras Marisa se abalanzaba sobre ella.

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