Cuando Ana quiso reaccionar, la
boca de Mariluz, la devota esposa de Wenceslao, se cerraba sobre el cuello de
Marcos.
Mientras alineaba el alza y el
punto de mira sobre su objetivo, los dientes de aquella frágil mujer que vivía
con su marido, cuyo cuerpo descansaba sobre un charco de sangre en el patio, y sus dos hijas, que apenas unos segundos
antes habían estado golpeando de forma frenética la puerta de su casa,
seccionaban la carótida de Marcos.
Al apretar el gatillo, la aguja
percutora golpeó el aire de la recámara vacía, y en lugar de la detonación, se
escuchó el débil sonido del fracaso, por lo que el pánico se apoderó de Ana,
que veía como la herida en el cuello de Marcos comenzaba a lanzar potentes
chorros de sangre, mientras las piernas de Mariluz seguían atenazada a su
cintura y seguía mordiéndole, esta vez en la cara.
Sus manos temblorosas tiraron de
la corredera hacia atrás, y una vez la bala estuvo alojada en la recámara,
instintivamente levantó el arma y disparó.
Esta vez sí hubo detonación, y el
impacto de la bala contra la cabeza de su objetivo dibujó un abanico carmesí en
la pared de la escalera.
El cuerpo sin vida de Mariluz, todavía
con parte de la nariz de Marcos en la boca, cayó desplomado al suelo mientras él,
apoyándose en el quicio de la puerta, se llevaba las manos al cuello tratando
de parar la hemorragia.
Ana soltó la pistola y se acercó para
ayudarle.
Apenas le dio tiempo a cogerle
del hombro para incorporarle, cuando escuchó los pasos que subían a toda
velocidad desde la planta inferior.
Justo cuando cerraba con fuerza
tras tirar de él hacia dentro, Marisa y Carmen se abalaron sobre ellos,
impactando contra la puerta, haciéndola temblar.
Giró la llave de la puerta
blindada y se centró en Marcos que tenía un aspecto desolador.
A través de los dedos con los que
infructuosamente se aferraba a la vida, la herida del cuello lanzaba pequeños
chorros de sangre.
El lugar que ocupaba antes su
nariz, había quedado huérfano, y en su lugar había una herida que también
sangraba profusamente con dos pequeños orificios entre los cuales sobresalía el
hueso nasal.
Rápidamente se quitó la camiseta
y la enrolló haciendo una bola con ella, y se la dio a Marcos para que hiciese
presión sobre la herida. Necesitaba asistencia sanitaria urgente, pero las expectativas
no eran demasiado halagüeñas, pues los golpes en la puerta crecían en intensidad.
Mientras le colocaba la camiseta en el cuello
y sujetaba las grandes manos de Marcos con las suyas presionando con fuerza la
herida, sus miradas se encontraron.
Por primera vez vio miedo en sus
ojos, unos ojos que poco a poco iban perdiendo su brillo, unos ojos que
suplicaban ayuda y que estaban a punto de cerrarse para siempre.
Marcos negó con la cabeza e
intentó hablar, pero un gorgoteo salió de su garganta y comenzó a toser
profusamente, cayendo al suelo.
Ana intentó ayudarle a
incorporarse, pero él había perdido el conocimiento, por lo que le tumbó boca arriba,
y presionando la herida con una mano, trató de nuevo de llamar a emergencias
con su teléfono móvil.
Seguía sin línea.
Movida por la frustración, lanzó un
grito de rabia y tiró con furia el teléfono contra la puerta, lo que hizo que
la intensidad de los golpes aumentase todavía más.
Marcos no se movía.
Acercó el oído a su boca para
comprobar si respiraba, y al no sentir su aliento le tomó el pulso.
Su corazón se había parado, no
así los golpes en la puerta, que cada vez sonaban con más fuerza.
Trató de reanimarle durante unos
minutos que a ella le parecieron una eternidad.
Exhausta, y sabiendo que nada más
se podía hacer, se quedó mirando sus ojos verdes, que se perdían sin vida en
algún punto del infinito.
Un manantial de lágrimas comenzó
a brotar, deslizándose como un torrente por sus mejillas.
Con delicadeza cerró los párpados
de Marcos y le besó en la comisura de los labios.
Se sentó frente al él abrazada a
sus rodillas y apretando los puños contra sus sienes.
Perdió la noción del tiempo,
hasta que el fuerte impacto de parte del enfoscado de la puerta contra el
suelo, la hizo ponerse en alerta.
No aguantaría mucho tiempo.
Se puso en pie y se dirigió al
armario para coger algo de ropa.
Al abrir la puerta vio la
cazadora de cuero negra que apenas unos días antes le había regalado Marcos, y sin
dudarlo se la puso.
Maldijo al recordar que había
soltado su pistola tras el enfrentamiento con Mariluz, por lo que no le quedó
más remedio que coger la de Marcos, que aún tenía en la cintura.
Desabrochó su cinturón y cogió el
arma con su funda.
No estaba familiarizada con una
pistola tan grande como aquella, pero estaba en una situación comprometida y no
le quedó más remedio que adaptarse.
Justo cuando soltaba la corredera
y alojaba una bala en la recámara, un fuerte impacto hizo que parte de la pared
cediera, abriéndose un hueco por donde una de sus vecinas introdujo un brazo,
dando manotazos frenéticos.
Apenas quedaba tiempo.
Sin pensárselo dos veces, se
dirigió a la ventana del dormitorio.
La idea era arriesgada, pero no
le quedaba más remedio que intentarlo si quería tener alguna posibilidad.
Asomándose a la ventana con la
intención de deslizarse hasta la planta baja, e intentar salir por allí, lo que
vio la dejó sin aliento.
Wenceslao, con una gran herida en
la cabeza, estaba agachado sobre algo.
-¡Mierda!-exclamó Ana.
El hombre levantó la vista y clavó
sus frenéticos ojos en los de ella.
Tenía la boca cubierta de sangre.
Tiró a un lado el cuerpo sin vida
del pequeño pomerania, y se levantó.
Como si de una fiera se tratase,
comenzó a dar vueltas por el patio sin dejar de mirar a Ana, intentando sin
éxito trepar hacia su posición.
El sonido de un nuevo cascote impactando
contra el suelo del pasillo hizo reaccionar a Ana.
Levantó el arma y disparó a su
vecino.
La bala impactó en el hombro,
haciendo que el hombre cayese de espaldas al suelo.
Cuando Ana estaba sacando una
pierna por la ventana, horrorizada vio como volvía a levantarse como si nada
hubiese ocurrido.
Entró de nuevo en el dormitorio,
y observó como el ser en el que se había convertido su vecino seguía caminando
en círculos en ese extraño estado de frenesí, como si nada hubiese ocurrido.
Volvió a apuntar, pero sintió que
el aire se movía a su espalda y se dio la vuelta mientras Marisa se abalanzaba
sobre ella.

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Añadir comentario...