viernes, 17 de agosto de 2018

El bloque. (Primera parte)



Mientras las finas gotas de agua golpeaban su cuerpo eliminando los restos de jabón, la radio cortó la emisión de los ochenta minutos de música ininterrumpida para emitir el parte con las últimas novedades de los extraños sucesos que llevaban dos días produciéndose en el Corredor del Henares.

Hablaban de la ola de incidentes que atemorizaba a los vecinos de la zona,  en los que el denominador común eran toxicómanos enloquecidos que atacaban a cualquiera que se cruzase en su camino. En esos momentos estaban retransmitiendo un fragmento de la rueda de prensa que el día anterior había concedido el Ministro de Sanidad con un grupo de expertos entre los que se encontraba el Catedrático en Neurobiología de la Universidad Complutense de Madrid,  quien tenía la palabra:

-Posiblemente estemos ante una nueva droga muy peligrosa que afecta al sistema nervioso central, destruyendo completamente el tejido neuronal del lóbulo frontal del cerebro, tal y como han revelado las primeras autopsias realizadas en los dos individuos que fueron abatidos por la policía durante la pasada madrugada. Esto hace que los afectados no sean capaces de razonar y queden sumidos en un estado salvaje que les hace muy peligrosos.

Tras estas palabras el presentador de la cuña de noticias recomendó a los oyentes extremar las precauciones y repitió los teléfonos de emergencias y de las fuerzas y cuerpos de seguridad.

Marcos apretó los puños y tensó la mandíbula. Aquello no le gustaba nada, y la impotencia que sentía por no poder estar en el ojo del huracán ayudando a controlar la situación le ponía de muy mal humor.

Tras más de veinte años en la Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil, donde tuvo que enfrentarse a las peores situaciones a las que un ser humano podría llegar a enfrentarse, el endurecimiento del Régimen militar de la institución acabó por pasar factura a su genio, y con motivo de un expediente sancionador acabó por abandonar la unidad.

Tras cumplir su sanción, y pedir una excedencia, intentó ganarse la vida como mercenario, viajando por todo el mundo para impartir una justicia poética en la que él creía, pero que resultó ser una de tantas mentiras con las que los hombres maquillaban la codicia.

Durante una operación en la que él creía estar luchando contra los Islamistas radicales en Sierra Leona, descubrió que su sociedad para la que trabajaba se dedicaba a robar diamantes, así que abandonó esa forma de vida y se reincorporó a la Guardia Civil, pasando destinado a puesto de Azuqueca de Henares, donde llevaba casi tres años recogiendo denuncias.

Sumido en sus recuerdos, dejó que el agua tibia recorriera su cuerpo unos minutos más, surcando las decenas de cicatrices que habían trazado un curioso mapa de recuerdos repartidos por todo su cuerpo.

No se percató de que la puerta del baño comenzó a abrirse, ni como una sombra se acercaba despacio a la ducha.

Seguía perdido en sus pensamientos cuando el cuerpo desnudo de Ana se fundió en un abrazo con el suyo y comenzó a besar sus hombros.

Se dio la vuelta buscando su boca y la atrajo hacia él sujetándola con fuerza.

Sus piernas le atenazaron a su cintura y se fundieron en un abrazo mientras sus bocas eran una sola.

Cuando estaban a punto de llegar al climax un grito desgarrador seguido del sonido de cristales rotos y un fuerte golpe rompió la magia del momento.

Todavía excitado Marcos salió de la ducha y enrollándose una toalla en la cintura se asomó a la ventana del cuarto de baño.

Dos pisos más abajo, y rodeado de pequeñas esquirlas de cristal, sobre un charco de sangre que iba creciendo de forma preocupante, el cuerpo sin vida del señor Wenceslao, el vecino del ático, convulsionaba mientras el pomerania de Gema, la dueña del patio donde el pobre desgraciado había caído, lamía ansioso la sangre.

-Mierda Ana, llama a una ambulancia.- Dijo mientras le tendía el teléfono móvil que descansaba sobre el lavabo.- Yo voy a bajando a ver si puedo hacer algo por el pobre Wences, no tardes en bajar.

Se vistió a toda prisa, y cuando estaba a punto de abrir la puerta, alguien comenzó a golpearla con frenesí.

Se paró en seco y contuvo el aliento.

Muy despacio apagó la luz del pasillo intentando hacer el menor ruido posible y abrió la mirilla para mirar lo que sea que hubiera al otro lado y que estaba dando aquellos golpes que crecían en intensidad y frecuencia.

Lo que vio le heló la sangre por completo.

Marisa y Carmen, las hijas de Wenceslao, completamente fuera de sí y con sus rostros cubiertos de sangre, estaban al otro lado de la puerta golpeándola con un frenesí inusitado.

-¡VALE YA COJONES! ¡VOY A LLAMAR A LA POLICÍA!- dijo la atronadora voz de Pablo, el vecino del segundo A.
Atraídas por los gritos, las dos hermanas salieron corriendo escaleras abajo.

-¡¿PERO QUÉ COÑO…?!- fueron las últimas palabras de Pablo, ahogadas por un grito desgarrador, que dio paso al más absoluto silencio.

Marcos retrocedió despacio, y haciendo una señal a Ana para que se no hiciese ruido, entró en el dormitorio.

Levantó la tapa del canapé y tras introducir la contraseña del armero oculto bajo la cama de matrimonio, cogió el rifle Santa Bárbara con una caja de balas y su vieja Beretta con dos cargadores.

-Es extraño.- susurró Ana desde el quicio de la puerta.- El teléfono no da señal, y no hay línea en el fijo…-dejó la frase a medias cuando vio que Marcos estaba municionando el rifle.- ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¿Estás loco?

-Lo que había tras la puerta está loco, yo no.- Contestó mientras se colgaba la pistola del cinturón.
Se puso en pie y se dirigió hacia la puerta, pero Ana le flanqueó el paso.

–Voy contigo.- Dijo cerrando cualquier posibilidad de réplica.

Marcos asintió y se quedó esperando a que Ana se vistiera y cogiera el HK USP compac, el arma reglamentaria que le había sido asignada por pertenecer al equipo de Policía Judicial de Arganda del Rey.

-Ya estoy lista.- dijo.

Marcos dejó el rifle apoyado en el marco de la puerta para abrirla con sumo cuidado, intentando hacer el mínimo ruido posible, pero cuando se asomó para comprobar si era seguro salir, una sombra se abalanzó sobre su cuello sin darle tiempo a reaccionar.

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