Mientras las finas gotas de agua
golpeaban su cuerpo eliminando los restos de jabón, la radio cortó la emisión
de los ochenta minutos de música ininterrumpida para emitir el parte con las últimas
novedades de los extraños sucesos que llevaban dos días produciéndose en el
Corredor del Henares.
Hablaban de la ola de incidentes
que atemorizaba a los vecinos de la zona, en los que el denominador común eran
toxicómanos enloquecidos que atacaban a cualquiera que se cruzase en su camino.
En esos momentos estaban retransmitiendo un fragmento de la rueda de prensa que
el día anterior había concedido el Ministro de Sanidad con un grupo de expertos
entre los que se encontraba el Catedrático en Neurobiología de la Universidad
Complutense de Madrid, quien tenía la
palabra:
-Posiblemente estemos ante una nueva droga muy peligrosa que afecta al sistema
nervioso central, destruyendo completamente el tejido neuronal del lóbulo
frontal del cerebro, tal y como han revelado las primeras autopsias realizadas
en los dos individuos que fueron abatidos por la policía durante la pasada
madrugada. Esto hace que los afectados no sean capaces de razonar y queden
sumidos en un estado salvaje que les hace muy peligrosos.
Tras estas palabras el
presentador de la cuña de noticias recomendó a los oyentes extremar las
precauciones y repitió los teléfonos de emergencias y de las fuerzas y cuerpos
de seguridad.
Marcos apretó los puños y tensó la mandíbula.
Aquello no le gustaba nada, y la impotencia que sentía por no poder estar en el
ojo del huracán ayudando a controlar la situación le ponía de muy mal humor.
Tras más de veinte años en la
Unidad Especial de Intervención de la Guardia Civil, donde tuvo que enfrentarse
a las peores situaciones a las que un ser humano podría llegar a enfrentarse,
el endurecimiento del Régimen militar de la institución acabó por pasar factura
a su genio, y con motivo de un expediente sancionador acabó por abandonar la
unidad.
Tras cumplir su sanción, y pedir
una excedencia, intentó ganarse la vida como mercenario, viajando por todo el
mundo para impartir una justicia poética en la que él creía, pero que resultó
ser una de tantas mentiras con las que los hombres maquillaban la codicia.
Durante una operación en la que
él creía estar luchando contra los Islamistas radicales en Sierra Leona,
descubrió que su sociedad para la que trabajaba se dedicaba a robar diamantes,
así que abandonó esa forma de vida y se reincorporó a la Guardia Civil, pasando
destinado a puesto de Azuqueca de Henares, donde llevaba casi tres años
recogiendo denuncias.
Sumido en sus recuerdos, dejó que
el agua tibia recorriera su cuerpo unos minutos más, surcando las decenas de
cicatrices que habían trazado un curioso mapa de recuerdos repartidos por todo
su cuerpo.
No se percató de que la puerta
del baño comenzó a abrirse, ni como una sombra se acercaba despacio a la ducha.
Seguía perdido en sus
pensamientos cuando el cuerpo desnudo de Ana se fundió en un abrazo con el suyo
y comenzó a besar sus hombros.
Se dio la vuelta buscando su boca
y la atrajo hacia él sujetándola con fuerza.
Sus piernas le atenazaron a su
cintura y se fundieron en un abrazo mientras sus bocas eran una sola.
Cuando estaban a punto de llegar
al climax un grito desgarrador seguido del sonido de cristales rotos y un fuerte
golpe rompió la magia del momento.
Todavía excitado Marcos salió de
la ducha y enrollándose una toalla en la cintura se asomó a la ventana del
cuarto de baño.
Dos pisos más abajo, y rodeado de
pequeñas esquirlas de cristal, sobre un charco de sangre que iba creciendo de
forma preocupante, el cuerpo sin vida del señor Wenceslao, el vecino del ático,
convulsionaba mientras el pomerania de Gema, la dueña del patio donde el pobre
desgraciado había caído, lamía ansioso la sangre.
-Mierda Ana, llama a una ambulancia.-
Dijo mientras le tendía el teléfono móvil que descansaba sobre el lavabo.- Yo
voy a bajando a ver si puedo hacer algo por el pobre Wences, no tardes en bajar.
Se vistió a toda prisa, y cuando
estaba a punto de abrir la puerta, alguien comenzó a golpearla con frenesí.
Se paró en seco y contuvo el
aliento.
Muy despacio apagó la luz del
pasillo intentando hacer el menor ruido posible y abrió la mirilla para mirar
lo que sea que hubiera al otro lado y que estaba dando aquellos golpes que
crecían en intensidad y frecuencia.
Lo que vio le heló la sangre por
completo.
Marisa y Carmen, las hijas de
Wenceslao, completamente fuera de sí y con sus rostros cubiertos de sangre,
estaban al otro lado de la puerta golpeándola con un frenesí inusitado.
-¡VALE YA COJONES! ¡VOY A LLAMAR
A LA POLICÍA!- dijo la atronadora voz de Pablo, el vecino del segundo A.
Atraídas por los gritos, las dos
hermanas salieron corriendo escaleras abajo.
-¡¿PERO QUÉ COÑO…?!- fueron las
últimas palabras de Pablo, ahogadas por un grito desgarrador, que dio paso al
más absoluto silencio.
Marcos retrocedió despacio, y
haciendo una señal a Ana para que se no hiciese ruido, entró en el dormitorio.
Levantó la tapa del canapé y tras
introducir la contraseña del armero oculto bajo la cama de matrimonio, cogió el
rifle Santa Bárbara con una caja de balas y su vieja Beretta con dos
cargadores.
-Es extraño.- susurró Ana desde
el quicio de la puerta.- El teléfono no da señal, y no hay línea en el
fijo…-dejó la frase a medias cuando vio que Marcos estaba municionando el
rifle.- ¿Se puede saber qué estás haciendo? ¿Estás loco?
-Lo que había tras la puerta está
loco, yo no.- Contestó mientras se colgaba la pistola del cinturón.
Se puso en pie y se dirigió hacia
la puerta, pero Ana le flanqueó el paso.
–Voy contigo.- Dijo cerrando
cualquier posibilidad de réplica.
Marcos asintió y se quedó esperando
a que Ana se vistiera y cogiera el HK USP compac, el arma reglamentaria que le
había sido asignada por pertenecer al equipo de Policía Judicial de Arganda del
Rey.
-Ya estoy lista.- dijo.
Marcos dejó el rifle apoyado en
el marco de la puerta para abrirla con sumo cuidado, intentando hacer el mínimo
ruido posible, pero cuando se asomó para comprobar si era seguro salir, una
sombra se abalanzó sobre su cuello sin darle tiempo a reaccionar.

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