lunes, 1 de octubre de 2018

Soledad.



Sentado frente al plato de guisantes, con un vaso de vino tinto como único testigo de su soledad, Jesús intentaba comer algo sólido, pero le resultaba imposible.

Había pasado más de una semana, pero la mera idea abrir la boca y acercarse el tenedor cargado con tan sólo dos guisantes, le producía arcadas.

Tenía el estómago completamente cerrado.

Su cuerpo le seguía pidiendo alcohol.

Pese a llevar nueve días sumido en un estado de embriaguez continua, no era capaz de olvidarla.

Cuanto más borracho acababa el día, más la recordaba al día siguiente.

A medida que pasaba el tiempo, más profunda se hacía esa sensación de vacío y esa angustia que le producía la soledad.

De un sorbo se acabó el vino y se puso en pie.

Tras recuperarse del mareo inicial y cuando la cocina dejó de dar vueltas a su alrededor, cogió el plato de plástico lleno de guisantes.

Con paso errático se dirigió al oxidado fregadero y corrió la cortinilla a cuadros que escondía el cubo de basura donde arrojó los restos de su frugal cena.

Debido a su estado, no acertó y parte del contenido del plato cayó al suelo, haciendo que una jauría de guisantes saliese rodando en todas direcciones por aquel suelo de gres blanco lleno de lamparones que había conocido tiempos mejores.

Llamó su atención uno de ellos, el cual acabó su recorrido al chocar contra la pata de la desvencijada mesa de pino a cuyos pies descansaban innumerables botellas de vino vacías.

Recordó el día que compró aquella mesa, pues fue el día en el que la vio por primera vez.

Suspiró y sintió el ardor de la bilis subiéndole por el esófago.

Tuvo el tiempo justo para meter la cabeza en el fregadero y vaciar todo el contenido de su estómago sobre parte la colección de vasos y copas sucias que llevaba ya demasiados días acumulándose.

Se enjuagó la boca, y con paso tambaleante se dirigió al pequeño cuarto de estar, que estaba sólo iluminado por la tenue luz del televisor en blanco y negro que descansaba sobre un pequeño mueble  junto a la polvorienta estantería repleta de libros.

Aquel televisor que tantos años había permanecido apagado, prácticamente olvidado, llevaba encendido desde el día que ella murió, pues el sonido de aquel estúpido aparato era su única compañía.

Se sentó en el cuarteado sillón de escay, que se encontraba frente al televisor con la mirada perdida en algún punto del pasado, dejando pasar los minutos hasta que por fin se quedó dormido.

Soñó con ella.

Ambos corrían por un prado verde colmado de pequeñas flores violetas con cientos de pequeñas mariposas blancas revoloteando a su alrededor.

En el sueño trataba de acariciar su pelo, ese pelo sedoso que tanto anhelaba, pero que nunca llegaba a tocar, pues cuando parecía que las yemas de sus dedos llegaban a su destino, ella se comenzaba a alejar más y más, y a disolverse como si de una columna de humo se tratase.

Se despertó sobresaltado con el rostro cubierto de lágrimas y se puso en pie.

Los primeros rayos de luz colaban entre las lamas de la persiana iluminando los millones de motas de polvo en suspensión que parecían bailar frente a él.

Se acercó a la pequeña mesilla donde descansaba un viejo teléfono de góndola de color rojo.

Sintió una punzada de dolor cuando vio su collar junto al teléfono.

Lo cogió y se lo acercó a la nariz, aspirando profundamente para aspirar su aroma.

Olía a ella.

Lo acarició y volvió a dejarlo donde estaba.

Se sentía tan sólo.

Había pasado diecisiete años sin separarse un solo día de ella.

Diecisiete años que pasaron volando, como pasa el tiempo cuando uno se encuentra bien.

Los dos últimos años los pasaron acompañados por un invitado a quien nadie llamó, pero que se presentó un día y comenzó a devorarla por dentro hasta que al final consiguió llevársela para siempre. 

Nunca antes se había sentido tan querido, tan necesario y tan vivo, y ahora le faltaba todo aquello.

Estaba sólo.

Ya no volvería a ver esos ojos mirándole con devoción y con una lealtad que sólo quien ha tenido alguna vez un perro podría llegar a comprender.

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