Hoy voy a inaugurar otra nueva sección en este blog. Se trata de
"Mis paranoias del Cercanías". Se trata de ir colgando las paranoias
que mi mente vaya pariendo y que tengan algo mas de 140 caracteres. Puede que
esta sea la primera y la última de ellas, o puede que a partir de ahora
únicamente escriba paranoias, eso nunca se sabe, porque las paranoias son como
la vida: se saben cuando empiezan pero no se saben cuando terminan. Y la vida
es lo que nos ha traído hasta aquí, bueno, mas que la vida, la
realidad.
Esta mañana
mientras iba en mi coche rumbo a la estación del Cercanías por la solitaria
carretera que transcurre entre las tierras de labor del pueblo donde vivo,
mientras emprendía la pronunciada bajada hacia la autovía, ante mis ojos tenía
una panorámica de Madrid Capital limpia y despejada. Por desgracia, debido a la
contaminación lumínica de la Capital, no se apreciaba estrella alguna en el
todavía oscuro y triste cielo.
Una enorme
marquesina de una conocida marca de vehículos se alzaba junto al semáforo en el
que me he tenido que parar unos segundos, y he vuelto a comprobar el oscuro
cielo.
Luego he llegado
al tren. Yo no suelo ir andando por la calle absorto en la pantalla de mi
teléfono móvil, por lo que veo a la gente como Zombies metidos en sus burbujas
de intimidad, en ese mundo virtual que se han creado a base de granjas, huertos
y caramelos... y una cosa ha llevado a la otra, y cuando me he sentado en el
tren, me ha dado por escribir esta paranoia a la que he titulado "Realidad
Aumentada". Espero que os guste, pero no olvidéis que no son mas que
paranoias sin ningún tipo de pretensión.
Era un alma a una realidad pegada,
una realidad enorme, una realidad
superlativa,
donde las luces de neón le impedían
la visión del resplandor de las
estrellas.
Sueños imposibles, sueños inalcanzables.
Una realidad irreal,
una realidad aumentada.
Donde nos enseñan que perderse en las
estrellas es de locos,
donde nos enseñan que encontrarse
perdido ante un teléfono es de cuerdos.
Una realidad donde lo que importa son
los recuerdos,
una realidad donde lo real no tiene
importancia,
una realidad materialista,
una realidad clasista.
Donde el hombre se hace hombre sin ser hombre,
una realidad con la humanidad aletargada,
una realidad aumentada.
Observo a los pasajeros que en
silencio me acompañan,
cada uno en su realidad,
apuntando al
infinito sus infinitas miradas,
mientras las luces de neón les impiden
contemplar las estrellas,
mientras las luces de neón no les dejan
contemplar nada,
miradas ciegas intentando
vislumbrar algo
en esta realidad aumentada.

No te conocía esta vena de vate.
ResponderEliminarDespués de 33 años y pico, sigo sin conocerte... y lo más bonito es que a uno no se le termine de conocer. Siempre ha de quedarnos algo para la sorpresa y la improvisación ¿vedad?